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El barrio de la Candelaria: entre la ciudad y la aldea
Por Germán Izquierdo Manrique
Fotografías del autor y de Mariela Agudelo
Iglesia de San Ignacio
El Camarín del Carmen
Colegio de San Bartolomé
Costado de la Catedral
Arquitectura Republicana en la Candelaria
Una Calle de la Candelaria
La niña de la columna, pintura de Ricardo Acevedo Bernal
Cortesía Museo Nacional
El Mono de la Pila
Hotel Casa de la Botica
Hay lugares en La Candelaria que tienen la tenue belleza del cuadro La niña de la columna:en un patio colonial bogotano se ve a una niña rodeada de materas de barro, en un suelo de piedras irregulares iluminado por el sol; entre paredes amarillentas, la joven se sostiene, con pies y manos, de una verde columna de madera. Cada uno de los elementos del cuadro de Ricardo Acevedo Bernal es un sello distintivo de este lugar de Bogotá, que aún conserva algunos rastros de cuando la ciudad era esa pequeña aldea de casas bajitas, construida de la misma forma que Guaduas u otras poblaciones de menor importancia.
Pero en esa aldea, y luego en esa pequeña ciudad, ha pasado de todo. En el centro de Bogotá tuvieron lugar duelos a muerte por amor. Aquí vivieron José Asunción Silva, Rafael Pombo, Antonio Nariño, Miguel Antonio Caro. Éste fue el escenario del Día de la Independencia, el 20 de julio de 1810; también el del Bogotazo y el triste episodio de la toma del Palacio de Justicia. Por la carrera séptima, antigua Calle Real, transitaron los primeros automóviles, traídos por Ernesto Duperly. En estas calles se encendieron las primeras luces eléctricas. El primer avión que aterrizó en Bogotá pasó tan cerca del suelo del centro de La Candelaria que su piloto, Knox Martin, lanzó una corona de laurel que cayó en el hombro de la estatua del libertador en la Plaza de Bolívar.
La Candelaria, de calles empedradas, casas construidas en tapia pisada, tejas de barro, balcones, grandes puertas de madera, zaguanes y piletas es el resultado del sincretismo de muchas épocas, de muchos momentos de la ciudad. Allí están los rastros de la época del virreinato, cuando la población de Bogotá era de 3.000 habitantes; también los de la pintoresca ciudad del siglo XIX poblada por caricaturas de sombrero de copa, ruana y alpargates, largos vestidos negros; la urbe de principios del siglo XX, cuando, cuenta Germán Arciniegas, «las sillas se traían de Viena, los vidrios pequeñitos eran ingleses, las alfombras francesas, las escupideras —que las había— alemanas, los espejos italianos».
Hoy en día La Candelaria es la localidad 17, la más pequeña de Bogotá. Conformada además por los barrios La Catedral, Centro Administrativo, Belén, Santa Bárbara, Las Aguas, La Concordia y Egipto, constituye el centro histórico de la ciudad. Aquí se encuentran la Casa de Nariño y el Palacio Liévano; el Teatro de Cristóbal Colón, el Museo de Arte Colonial; varias de las iglesias más valiosas de la ciudad, como la de Santa Clara, que se comenzó a construir en 1616, además de universidades, la Biblioteca Luis Ángel Arango y varios museos.
La Candelaria es la única localidad en la cual el número de habitantes ha disminuido con los años: en 1973 contaba con 35.047 habitantes, en 1985 con 30.948 y en 1993 con 27.450. El último censo indica que la población de la localidad es de 23.727.
Sin embargo la población flotante, la que día a día recorre sus calles, supera ampliamente este número. Diariamente ingresan a La Candelaria 300.000 personas, lo que equivale a un promedio de 12 personas por cada residente.
Este sector de la ciudad siempre está lleno de gente de todas partes del país, de personas que caminan de un lado a otro y toman el TransMilenio en Las Aguas o en la Jiménez; gente que vuela para terminar de hacer sus papeleos, para llegar a clase, para cumplir una cita. Todos los días, europeos y gringos recorren de arriba abajo las calles de la localidad. Entre semana, La Candelaria está llena de hombres de corbata y de estudiantes; en el fin de semana, de familias que caminan por la séptima, van a visitar algún museo, a escuchar un concierto, almorzar o pasar un día de pura contemplación.
Hace cincuenta años en este sector quedaban situados almacenes como Valdiri —que quedaba “allá, donde tu sabes;” como rezaba la publicidad. Ahí las señoras de la «sociedad» bogotana compraban sus abrigos—, varias sombrererías, la Joyería Bauer, cafés como La Cigarra o La Paz, y el Hotel Maison Doré, donde se alojaban los parlamentarios de la provincia. Todo eso ha sido remplazado por una cantidad de restaurantes para todos los gustos, por edificios, bares, museos, hoteles.
Es claro que La Candelaria es un montón de cosas, y muy poco es lo que queda de la pequeña aldea de siglos atrás. Pero aún es posible disfrutar de esa tenue belleza, la misma de Laniña de la columna, en algunas calles empedradas, en los patios de las casonas, en las iglesias, en las calles que, desde cerca de los cerros, parecen ondular.
La Candelaria es el barrio colonial bogotano más bien conservado. Es uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad.