Jorge García y Otty Patiño Observatorio de Culturas
Fotos de Germán Izquierdo
Semana Santa en vivo, una de las festividades del barrio Egipto. Foto cortesía del diario El Tiempo .
De niño en La Candelaria
La primera vez que salí de mi barrio, de la mano de mi mamá, y llegué al centro, sentí que había dado un gran paso porque era uno de esos lugares que salen por la televisión, en donde han sucedido y siguen sucediendo las cosas de «los grandes». Ese paseo es como un premio y necesita uno estar prendido de alguien que lo quiera, lo trate con complicidad, intuya que la formación de un niño pasa por El Centro de La Ciudad y que, además, se tome la molestia de llevarlo con calma.
Todavía guardo la fotografía que nos tomaron en la Plaza de Bolívar con las palomas de siempre: yo estaba al frente del Palacio de Justicia, el de antes, quemado por la guerra; detrás de mí estaba el Capitolio, allí
Iglesia del barrio Egipto, situada en la Circunvalar con sexta.
donde se hacen las leyes (y yo me imaginaba entonces una gran imprenta donde las palabras se iban volviendo letras en bajorrelieves de acero); a mi derecha la Catedral y a mi izquierda el Palacio de Liévano, donde vive el alcalde, el que manda en Bogotá. Detrás del Capitolio, la Casa de Nariño, y no recuerdo si en ese entonces era la casa del presidente, pero sí a los soldados vestidos a la antigua, como en la Guerra de Independencia. Después subimos por una callecita y allí mi mamá me mostró el balcón por donde se voló Bolívar para que no lo mataran sus enemigos. «¿Los españoles?», le pregunté, y ella me dijo: «No, los conspiradores». Subimos hasta el Chorro de Quevedo, donde Gonzalo Jiménez fundó a Bogotá.
En ese tiempo no existían estas casas, sólo doce chozas y una iglesia, pero era muy difícil borrar la ciudad y su gente para trasladarme al año mil quinientos treinta y tantos. Entonces cerré los ojos y me lo imaginé con su gran espada y su brillante armadura, rodeado de otros conquistadores y grandes caballos sudados; al fondo las familias indígenas, asombradas con ese español que se sentía dueño del mundo. Bajamos después a la séptima y llegamos a la avenida Jiménez, por donde antes pasaba el tranvía. Todavía se ven los rieles, pero eso se acabó el 9 de Abril cuando mataron a Gaitán, una cuadra más allá, en la séptima con catorce. Estábamos parados en la esquina donde quedaba El Tiempo y, ahora lo sé, allí termina la Localidad de La Candelaria.
Los pisos, los postes, las paredes... todo ha sido decorado por los habitantes.
En La Candelaria se puede ser joven
Cuando hacíamos marchas de protesta y pasábamos por El Tiempo, tirábamos piedra y gritábamos a coro: «Allí están, esos son, los que roban la nación». Lástima que quitaran de allí El Tiempo, pero las marchas han continuado y el rito de llegar a la Plaza de Bolívar se mantiene; ésa es la democracia callejera, la de verdad, la que le mide el pulso a la libertad ciudadana, a la libertad de expresión, de movilización, de protesta. Todo eso era mitad en serio y mitad recocha, yo iba con mi novia y después de que se acababa la manifestación nos subíamos por las calles aledañas a tomar algo en las tiendas del vecindario. Todavía algunas de ellas existen, pero la mayoría fueron desplazadas por la remodelación del centro histórico; ahora hay restaurantes para todos los gustos, sobre todo los de caché, que no bajan de 25, hasta los ya escasos donde usted encuentra todavía un almuerzo de diez mil. Claro, más abajo, llegando a San Victorino, en el borde de la carrera o avenida décima, todavía puede despacharse algo de tres o cuatro mil.
Para rememorar lo que era esto antes, uno tiene que subir hasta los barrios Egipto y Belén. Allí todavía se encuentran las tiendas donde hombres y mujeres enruanados beben cerveza tieso y parejo; antes bebían la famosa chicha. También hay todavía tienditas donde venden colaciones y otras delicias, y sitios donde usted puede despacharse la mejor changua o el mejor ajiaco del mundo.
Calles de piedra.
Algunos de los estudiantes del Externado o de los Andes disfrutan de estos rincones, pero mucho nos tememos
que los urbanizadores del Plan Centro terminen destruyendo todo esto para construir moles de cemento. Y que con ello se espante todo ese sabor popular que mezcla la religiosidad de las fiestas de Reyes, y su tradicional procesión de comienzos de año, con el sabor de la fiesta juvenil de guitarra y jeans, de aguardiente y noche, de bohemia que empieza en el Chorro de Quevedo y a veces no termina nunca cuando uno tiene menos de veinticinco años, poca plata, amigos y amigas que se toman, se beben, un viernes por la noche, todo este centro mágico de Bogotá.
Un paisaje cultural inédito
En la acera sur de la avenida Jiménez entre séptima y octava, en las horas del día, siempre hay decenas de hombres entre treinta y cincuenta años, con pequeños sobres blancos, conversando entre sí. Todos tienen negocios de joyería en la periferia pero, para examinar las esmeraldas con los compradores, necesitan la plena luz del sol. Ese lugar lo llaman «la calle de los esmeralderos», y usted puede pasar por allí sin que nadie lo moleste y sin peligro alguno. Pero a mucha gente le da miedo por la leyenda de sangre que tienen esas piedras. Este paisaje es también parte de La Candelaria. La localidad de La Candelaria, comprende, entre otros, el barrio Egipto.
«Para rememorar lo que era esto, uno tiene que subir hasta los barrios Egipto y Belén. Allí todavía se encuentran las tiendas donde hombres y mujeres enruanados beben cerveza tieso y parejo...»
Local de venta de madera.
El barrio Egipto ya está enga lanado para la Navidad.
Este barquito adorna una casa en el sector más deprimido del barrio Egipto.