Hernán Díaz (1931-2009), retratado por Rafael Moure.
Una saturación paradójica marca el destino de los fotógrafos, empezando por la del implacable paso del tiempo y las fracciones de segundo en las que se pretende eternizarlo. En el caso de Hernán Díaz, su mirada fue un tercer ojo hiperactivo para los que necesitamos ver fotografías para descifrar el mundo. Un tercer ojo partícipe y testigo de la segunda mitad del siglo XX, intérprete, década tras década, de una sociedad desconcertante y contradictoria. Un tercer ojo inteligente, analítico, crítico, estremecido y asombrado por las efímeras visiones percibidas en el visor. Las fotografías que tomó durante su densa trayectoria, reunidas en un tiempo lineal a golpe de centésimas de segundo, apenas llegarían a sumar dos o tres minutos continuos que resumen su vida.
Dos o tres minutos que narran en una imaginaria prosa escrita con luz, su propia e íntima visión de más de cincuenta años del mundo que le tocó en suerte. Dos o tres minutos que, fraccionados en breves apariciones, son el rastro preciso y precioso que nos dejó para acceder a su apasionada versión del mundo. Pero aparte de estos breves instantes de obturación, ¿qué hizo durante el resto de sus dias? Se dedicó al trabajo secreto y silencioso que le permite al fotógrafo encontrar la clave para acceder a un mundo que sólo existe allá, al otro lado del espejo, transitando la senda solitaria que va del saber al ver, practicando la mágica y abnegada labor que, por un instante, nos permite ver lo invisible.
Este fue uno de los dones que heredó de su padre, febril aficionado a la cámara y a la penumbra actínica del laboratorio. Viéndolo transformar instantes en imágenes, repitiendo con él en la oscuridad esa rutina de ciegos, quedó deslumbrado y su curiosidad cautiva para siempre. Consolidó su vocación siendo uno de los primeros colombianos que estudió fotografía en una academia. Y todo lo que aprendió lo enseñó a Jorge y Álvaro Díaz, conformando una casa de fotógrafos —que enriquece entre nosotros la tradición de las familias dedicadas a este oficio, iniciada en Medellín a principios del siglo XX por los hermanos Horacio y Melitón Rodríguez y los hermanos Gavassa y Pacini en Bucaramanga, y continuada luego por Fernell y Guillermo Franco en Cali y los hermanos Monsalve en Bogotá, entre otros—, y luego, hablando de fotografía, revistas, libros y artes con todo aquel que se le acercó, atrapado por el eficaz anzuelo de su encanto. Pero, más que todo, fue la forma integral de ser fotógrafo su principal enseñanza y un ejemplo decisivo de dignidad y dedicación para los que surgimos en el mundo de las lentes y las sales de plata cuando él ya era parte del dream team de la cultura colombiana.
La práctica de su proyecto artístico personal la llevó al dominio de lo público, en medio de una sociedad que siempre ha menospreciado el oficio fotográfico, e hizo de su nombre un referente preciso en la historia de la fotografía colombiana. Su obra, hasta donde la conocemos, es prolífica. Y digo esto porque cada fotógrafo es por lo menos tres: el que logra publicar una parte de su trabajo y es reconocido por su estilo; el que sólo es conocido por su círculo íntimo y, por último, el que nadie conoce y yace intacto e inédito en el iceberg sumergido de su archivo. Su serie de retratos nos deja un fresco de la alta sociedad de su época; su interés en el medio ambiente se enfocó con clarividencia en la amenaza a las riquezas naturales que están a punto de perderse. Al escoger como tema límite las islas caribeñas colombianas sabía muy bien que ese era el territorio simbólico de los sueños más puros de su generación.
Su trilogía urbana, reunida en las imágenes de Cartagena, Bogotá y Nueva York, nos revelaron un país que se pasó sin darnos cuenta a vivir en las ciudades y, a su vez, nos dejó un testimonio único de esas ciudades que ya pronto desaparecerían devoradas por el consumismo y la globalización. Cartagena morena fue el libro que descorrió el velo de la que se volvería la más famosa de nuestras urbes y nos mostró el rostro de sus habitantes antes de que los expulsaran a vivir en los suburbios. Su libro Bogotá contiene la emocionante visión de una ciudad que le ha dejado ver su belleza a muy pocos y de la que sólo quedan vestigios. Sus textos, escritos con pluma y espada, nos revelan la gracia mordaz de su palabra. Y en la delicadeza de las cajas, hechas con tanta dedicación para sus preferidos, podemos adivinar la profundidad de sus íntimos afectos. Ya vendrá el momento de hacer una valoración detallada y múltiple de su legado, pero no cabe duda que allí está, latente, una imprescindible memoria de nuestra sociedad.