Beatriz González ha declarado varias veces su admiración por la crítica de arte Marta Traba y por la pintora antioqueña —recientemente fallecida— Débora Arango Pérez (jamás mencionada, creemos que con justicia, por doña Marta), tal vez queriendo orientarnos así ante sus dos vetas de trabajo: la crítica de arte y su pintura social y política.
Después de 17 años de publicado el libro Beatriz González: Una pintora de provincia (Carlos Valencia Editores, Bogotá 1988), Seguros Bolívar (que con los años ha formado un importante fondo editorial de la pintura colombiana: Alejandro Obregón, Juan Cárdenas, Lorenzo Jaramillo, Juan Antonio Roda, Carlos Rojas, Noé León, Roberto Pizano y Olga Amaral, para nombrar tal vez sólo a los más importantes) vuelve a hacérsele una nueva y completa edición de su obra, incluyendo esta vez sus últimos años de trabajo, con textos de Holland Cotter —crítico de The New York Times— Carmela María Jaramillo y María Margarita Malagón, y con 180 reproducciones a color.
Beatriz González, nacida en Bucaramanga a finales de los años 30, expuso por primera vez en forma individual en el Museo de Arte Moderno de Bogotá en 1964, una muestra no de sus inicios de pintora sino de sus dotes, de su visión y de su amor, en este caso, por la obra de Vermeer de Delft y de su Encajera, un tema tratado también por Velázquez y querido por Marta Traba. Beatriz invierte el cuadro de Vermeer y lo transforma en planos luminosos, convirtiéndolo en una serie de obras casi abstractas y con un tema diferente: la pintura. Otro tanto había hecho uno o dos años antes con La rendición de Breda, en el que igualmente el tema es la pintura, sus trazos, su textura, sus zonas de color... convirtiendo el Velázquez en su centro de análisis, como ya lo había hecho Fernando Botero, cinco años mayor que la artista.
En 1965 Beatriz González gana un segundo premio del XVII Salón Nacional de Artistas con Los suicidas del Sisga, un cuadro en sólo planos, “sencillo,” llamativo y hermoso, que ha reemplazado a los soldados de La rendición de Breda de Velázquez y a la ensimismada encajera de Vermeer por dos compatriotas enamorados que en esos años conmovieron al país con una historia que hoy el cuadro oculta: “la fotografía que una joven pareja se hizo tomar” antes de ahogarse, voluntariamente, en la laguna. Tal vez este doble “crimen pasional”, ocasionado por la iglesia católica (que declaró pecado hasta el bailar), nos hubiera enseñado algo sobre la turbulenta calma de la sexualidad colombiana y la sombría libido de la violencia si esta serie no se hubiera desvanecido en la búsqueda formal de sus temas siguientes: “propaganda de fisicoculturismo y remedios para el dolor de cabeza,” y en la adaptación libre “de obras maestras... de la pintura europea a formas vernáculas... En una, reconstruye una pintura panorámica de nenúfares de Monet sobre 20 metros de plástico para cortina de ducha.
En otra, pintó Le moulin de la Galette, el himno de Renoir al ocio de la clase media, sobre un rollo largo de papel que puso a la venta por centímetros...” Ejemplos de pintura subdesarrollada (Holland Cotter, The New York Times, prólogo al libro) en que la pintora gastará varios años, hasta que en los 80 se ocupa de los graves acontecimientos políticos y de los presidentes que los propiciaron (el “progreso” del país es privado y sucede a las malas, cuando no en forma brutal): en su pintura Señor presidente, qué honor estar con usted en este momento histórico, “el sonriente Presidente y su gabinete, flanqueados por soldados uniformados, se sientan en una mesa que tiene como adorno central un ramo de flores de color rojo sangre. [En la siguiente versión]las flores han sido reemplazadas por un torso humano calcinado” (Holland Cotter). A lo largo de sus 45 años de artista casi todos los críticos de arte colombianos se han ocupado de su obra; el primero, como siempre, fue Walter Engel; el más importante de los ausentes, Casimiro Eiger; los más entusiastas y quienes más se extendieron en su estudio y admiración, Eduardo Serrano y Marta Traba (1923-1983), quien fuera además su maestra en la Universidad de los Andes y quien escribió en 1977 un libro sobre ella (Los muebles de Beatriz González).
Esta reseña sobre su nuevo libro podría haberse comenzado con un epígrafe del pintor y dibujante Luis Caballero, donde dice: “Usted es la única gran pintora colombiana. Usted es la única pintora en Colombia que ha sido capaz de pintar colombiano.” Sin entrar a discutir si Noé León es o no un “pintor colombiano” o si Antonio Samudio pinta o no en colombiano o si así lo hizo José María Espinosa, digamos que esta frase encierra el “misterio” de la obra de Beatriz González, y que se hace aún más verdadera si la pensamos junto a su pintura más reciente, que no pudo ver Caballero —la que comienza en los años 90— cuando todo su trabajo anterior cobra un auténtico sentido, un vigoroso sentido poético y humano al lograr una simplificación muy trabajada, intentada por décadas, hasta hacer suya una expresión popular, pero emocionalmente de un gran poder expresivo, en donde el dolor y la pérdida son el espíritu de una realidad estremecedora que sabemos inaceptable y terrible. Podríamos nombrar como centro de toda esta deslumbrante pintura (la fuerza viva de los colores) un solo cuadro, porque resume el nuevo estado de su obra y el drama humano que estamos viviendo, hoy y tal vez desde siempre: Autorretrato llorando, en donde ella se pinta desnuda con el rostro hundido entre las manos, en donde el llanto lava el azul transparente de su cuerpo y el país todo atardece en una noble belleza sin consuelo.
Todo lo aprendido, todo lo sabido... como persona, como colombiana, como pintora; toda su capacidad de comprensión, de expresión y todo el alcance de su poética aprendida en la buena y en la “mala” pintura, se realiza en estos últimos 20 años de trabajo en una especie de mural colombiano, como si fuera una obra única, ¡una obra maestra! Su amor por Mantegna o por Gauguin, por Degas o por el imaginario de una pintura pueblerina, por Kollwitz o los pintores de buses, está aquí fundido para lograr un insólito poder de nombrar, de nombrar el dolor en un lenguaje que reconocemos nuestro, porque proviene de lo que hemos amado y con lo que hemos convivido.
Una gran libertad, encadenada a una tierra, a una gente, a un dolor. Ahora que sólo se habla de la incapacidad de la pintura y de sus dones obsoletos, Beatriz González nos la devuelve como un lenguaje capaz de nombrar lo innombrable, una voz intensa y esplendente, humana y hermosa, levantándose contra el horror, porque quiere redimirnos como seres humanos, no como marionetas sin inteligencia ni alma, devolviéndonos el terrible poder de sentir, con auténticos íconos de un enorme país clamorosamente vivo.
“Usted [Beatriz González] es la única gran pintora colombiana. Usted es la única pintora en Colombia que ha sido capaz de pintar colombiano.”
Luis Caballero
Fotografías de Óscar Monsalve, Cortesía de Villegas Editores
El libro de Beatriz González
A fines de año, como todos los diciembres desde hace
exactamente 30 años, Seguros Bolívar publica un libro
sobre un artista colombiano. Éste es un esfuerzo
corporativo que tiene nombres propios: sus
impulsores han sido siempre José Alejandro Cortés
e Yvonne Nicholls y lo han sabido hacer con la
discreción y la elegancia que los caracteriza.
El último libro está dedicado a nuestra gran pintora
universal, Beatriz González, quien insiste
en llamarse pintora de provincia. En la
presentación del libro, editado por Villegas
Asociados, S.A., el doctor Cortés escribió:
“Seguros Bolívar quiere exaltar y reconocer
una trayectoria y una obra de la cual todos los
colombianos —en sintonía o no con sus posiciones
y diatribas— nos sentimos muy orgullosos.” Ciudad Viva quiere empezar a rendirle homenaje a las
compañías e instituciones, como Seguros Bolívar y la
Cámara de Comercio de Bogotá, que persisten en
divulgar el arte.