El libretista de televisión, Darío Armando García, ha escrito y producido ocho películas, en sólo diez años, a través de su compañía Dago García Producciones. Primero hizo dos cintas experimentales, que no fueron vistas por el público: drama criminal con personajes de las calles bogotanas (La mujer del piso alto) y tragicomedia localizada en un estrecho camerino (Posición viciada). Su primer éxito de taquilla llegó con una dama asesina del norte que se refugiaba en el sur capitalino (Es mejor ser rico que pobre) y se afianzó en 2001 con un divertimento alrededor de una muerte súbita en pleno partido de fútbol (La pena máxima). Después se vio la salida de una orquesta tropical a tierra caliente (Te busco); las ocurrencias de una familia de clase media baja que estrena medio de transporte (El carro), y un vuelco hacia la comedia teatral o fantasiosa desde el céntrico Teusaquillo (La esquina).
Al estrenar su octavo título nacional, Dago volvió a presentarnos una producción de año nuevo. Anotemos que El carro viene de ser exhibido en una sala de Manhattan, con crítica destacada del prestigioso New York Times. ¿Cuáles son las características de su cine? Toque bogotano, decididamente popular, emparentado con sectores del suroccidente; parroquianos que aman el fútbol y la rumba junto a los asaderos y otras tiendas de barrio; familias como factores determinantes de cohesión social; y racha de apuntes locales, que son carnada o gancho fácil para sus espectadores. Además de algunos actores reconocidos de la pantalla chica como Fernando Solórzano, Enrique Carriazo o Alvaro Bayona.
Mi abuelo, mi papá y yo
Esta vez, la comedia familiar y romántica ha subido de estrato, para ubicarse en una casa campestre de Chía.
Dago, quien dirige por primera vez, recurre a rasgos fácilmente identificables que hacen de una familia unida el eje donde gravitan necesidades afectivas y de lucro. Su guión, escrito con Carriazo y el fotógrafo codirector Juan Carlos Vásquez, expone historias paralelas que son narradas sucesivamente por alguno de sus protagonistas. Aquí se recrean algunos capítulos amorosos y profesionales en los que se ven embarcados tres miembros generacionales de una misma prole.
Rubén (abuelo viudo que se da una segunda pero efímera oportunidad); Eduardo (papá divorciado que sólo piensa en transmitir sus gustos musicales) y Óscar (nieto que, gracias a una vecina, conoce el flechazo del primer amor).
Tres actores desiguales: Jaime Barbini, Miguel Varoni y el primíparo Juan Fernando Sánchez. Mientras que Barbini plasma su experiencia teatral con un elaborado perfil, Varoni tiende a ser locuaz y poner demasiado énfasis en sus frases de cajón. Si los acontecimientos descritos no tienen suficiente peso dramático ni trascienden temáticamente, se debe a que sólo obedecen a rasgos amables o banales por fuera del verdadero contexto social.
Sin embargo, ciertas desmesuras son propias de un estilo, o quizás de las debilidades del autor: transistor para oír partidos de fútbol desde el ataúd en La pena máxima, carabela de La esquina, utilizada como escenario rodante, y… ahora, órgano de tubos instalado en casa. De todas maneras, cabe registrar la constante en la obra de Dago de ser un cinematografista que, como reloj suizo, estrena cada diciembre su nueva película, apostándole a un cine–industria que nunca lo ha decepcionado económicamente (en el peor de los casos siempre le ha devuelto su inversión) y que, además, tiene su público.