Otto Morales Benítez: un escritor que, de verdad, escribe
Otto Morales Benítez es el colombiano que, probablemente, ha escrito (y publicado) más libros —93 en total— “y la noche que llega.” Además de escritor, Otto es uno de los políticos más importantes de Colombia, ene-migo de sectarismos desde joven cuan-do, en compañía de un muchacho llamado Belisario Betancur hicieron, en el conservador diario El Colombiano, de Medellín, un suplemento de avanza-da que se llamó Generación, que con-gregó —y ayudó a formar— a las inteligencias de la época.
En su carrera política hacia la Presidencia de la República hubo un salto generacional —que se puede llamar traspié— y el país se privó de que Otto llegara a la primer magistratura, para la que estaba de sobra calificado, luego de subir —escalón por escalón, y sin ningún resbalón— toda la pendiente política.
Su inteligencia, el buen humor —y su risa estentórea— son su distintiva marca de fábrica. El mismo Otto, que suele burlarse de sí mismo, le dijo a un amigo:
«–Yo soy de malas. A Misael Pastrana le cayó encima un avión y quedó con una sonrisa permanente que lo llevó a la Presidencia. En cambio, mi risa sólo ha servido para asustar a los niños.»
Pero Otto no sólo escribe libros. También publican libros sobre él. Acaba de aparecer uno, de Augusto Escobar Mesa (AEM), titulado Interro-gantes sobre la identidad cultural de Colombia.
De él citamos este trozo:
A Morales Benítez le gusta que lo llamen simplemente otto, el de ríosucio. y el
ingrumá es el cerro tutelar de su población nativa.
Foto aérea cortesía
de Carlos Hoyos.
AEM.¿Qué representa, para lo logrado en el campo educativo y la cultura, el neoliberalismo actual y las políticas de privatización del Fondo Monetario Internacional? […]
OMB. Hoy deploramos el neoliberalismo contra la cultura y el pueblo. Hoy vemos amenazada la educación y, desde luego, las bibliotecas, la cultura, por ese gran disparate universal que es el neoliberalismo. Este es un movimiento muy bien orquestado a nivel internacional. Lo primero que han repartido son dos enunciados: no hay ideologías y se acabó la historia, Las consecuencias son muy simples y trágicas. Si se acabaron aquéllas, no se necesitan los partidos. Y como éstos, entre sus funciones, la principal es la de orientar la opinión pública, ya no tienen misión. La gente ignara no necesita información. No hay, por lo tanto, defensa de lo nacional y andan al desgaire los países, y así se pueden organizar transnacionales sin oposición, pueden dominar e inutilizar las economías nacionales. Si se acabó la historia, no tenemos nada para defender del pasado. Lo primero que desaparece es la identidad cultural. Muerta ésta, nos pueden invadir con productos y modalidades ideológicas que sirven a la religión del mercado. Como no existe la historia, no tenemos ningún valor para oponernos al arrasamiento que producen los poderes económicos foráneos
Maruja Vieira: Los nombres de la ausencia
Decir que Maruja Vieira pertenece a una
aristocracia del talento y la inteligencia (ella,
su hermano, su sobrina) parece una ligereza,
a menos que se sepa en profundidad de
quiénes se está hablando y se conozca la
indeleble huella que esta extraordinaria
familia ha ido dejando a su paso.
Maruja acaba de publicar un bello libro,
titulado Los nombres de la ausencia. Un
libro de elegías, del que dice el crítico
David Mejía Velilla:
En la poesía colombiana ya no son
frecuentes tanta pureza ni tanta
palabra verdadera, ni tantas breves
palabras duraderas, referidas al
misterio del amor humano, ni tanta
hondura, ni tanta precisión. Desde
los tiempos de Campanarios de lluvia hemos advertido en Maruja Vieira el
don de la elegía, expresión mayor de
la sabiduría poética. Canto que se
dirige a Dios, a los hombres y a todos
aquellos seres y cosas que, por algún
extraño prodigio de la vida, sirvieron
para encarnar nuestro trasiego,
nuestra alma.
Agradezcamos cada día ese don a
Dios que se lo dio y a Maruja Vieira,
que lo ha hecho fecundo.
Eduardo Cote Lamus
«Más que magistral, la poesía de Cote es
pertinente; es una voz viva que sigue
hablando desde el presente y para el
presente, sin que en nada se haya
atenuado su urgente contemporaneidad.
La obra poética de Cote Lamus ha perdurado
y perdurará porque expresa una ambición
arrogante, un ánimo de perfección que no
llegó a desfallecer en ningún momento
de su breve recorrido.»
Hernando Valencia Goelkel
Acabo de saber
cómo fue aquel camino
de tu entierro.
Te llevaban, Eduardo,
por los riscos,
por los ásperos montes
que llaman Santander.
De todas las pequeñas
aldeas silenciosas
venía gente a caballo.
Lloraban unos, otros
sacaron sus guitarras
y te cantaron coplas
que se mezclaban
con las lágrimas.
Llevaron a los niños
—tus ahijados—
para que te miraran,
para que vieran
cómo la muerte
se convierte en árbol.
Fueron veintiocho entierros
en los veintiocho pueblos
con campanas.
Ahora quedan tus hijos
bajo el cielo de plomo azul
de Cúcuta,
sobre la tierra dura y dulce
de la frontera de la patria.
Tus hijos y tus versos
en las manos del tiempo.
Una mujer levanta su frente
sobre el llanto,
camino hacia el futuro
con ellos, con nosotros,
para siempre.
A Alicia Baraibar
Magritte
(1897–1967)
Magritte
vivió en esta calle.
Aquí vuelan
pájaros de piedra
y las nubes
descansan en la hierba.
Llamas de música
incendian los techos.
Magritte vivió aquí
en Bruselas
con su amor
su caballete
y su perro.
Como era tan feliz
no quería cumplir setenta años.
Y decidió pintar
la imagen surrealista
de su muerte.