Flaubert llegó a la conclusión de que la mediocridad era profundamente representativa de lo humano... que lo pequeño y lo opaco son más propios del hombre que lo grande y lo radiante... Lo vulgar... representa la experiencia humana.
Myrta Sessarego
Su aura, aunque ya extinguida, me hacía el lugar extraordinario. ¡En este salón estuvo García Lorca!
—Mira qué hermoso comedor. Todos deben ser filósofos, profesores universitarios...
Don José interrumpió bruscamente mi entusiasmada bobería:
—Sí, son profesores, pero también gente mezquina, pirañas de acuario. Llevan treinta años esperando una pensión, por la que han cometido cientos de pequeños crímenes, de tristes mezquindades. Mira aquél que almuerza solo; mírale la luz apagada de su alma, su mal disimulada calva brillando sobre ese bigotito de peluquero, de bolerista que se tiñe el pelo; mírale esas uñas tan cuidadas y esa reprimida tiranía: labios finos, contenidos, sensuales, marchitos. Si fuera gordo y gocetas sería un notario pederasta y feliz en la vieja Habana, pero es un sociólogo que lucha por no desactualizarse, porque no le pasen por encima sus colegas jóvenes. Debe haber destruido la carrera de más de uno; es un pequeño tiranuelo ejerciendo en los rincones; un hombre mediocre, y ya comienza a saberlo. Su alma se ha quemado a fuego lento en los laberintos de la academia. Nunca ha resuelto un problema real; y ha tenido que «matar» por ello. Es un cazador de pasillo. Esta gente petulante y sin alegría cree saberlo todo, y son en verdad unos infelices. Míralo sorber su sopa.
—Pero aquí también debe haber artistas; aquél parece ser un músico... —protesté.
—No; si entrara aquí algún artista, estos burócratas aduladores lo envenenarían; tal vez el arte sea lo que más odian. Y eso que ves ahí, no es un músico; quiso serlo, ser concertista, compositor, brillante, admirado, famoso: un artista; y es tan sólo un violín de tercera que tiene que morder para sobrevivir, y soportar en silencio las vanidades, los caprichos y el éxito de quienes todos los días lo pisan como a una cucaracha. Mejor vámonos de aquí. Estos déspotas solapados acaban hasta con las ganas de comer.
Y sacándome de aquel comedor universitario, entre becarios, doctores y lumbreras, don José terminó su discurso:
—No se puede confiar en esta gente; sin que los demás lo hayan notado, han dejado que se les seque el alma... y toda esperanza. Imagínate, treinta, ¡cuarenta años a la sombra! Tienen una enorme joroba espiritual, que pretenden ocultar con la toga. Mira otra vez al del bigotito, profesor Perencejo o don Nadie: tiene cara de enterrador. La palabra clave de su profesión es control, y la de la poesía AUTONOMÍA; por eso, sin conocerte, te odia. La ciencia que enseña le quebró el espíritu, y ahora lo hace con los demás; se ha desarraigado de la vida y eso es lo que pretende enseñar; y claro, lo hace con jóvenes, que no pueden defenderse.
Ha pasado mucho tiempo desde este incidente, y he visto con el paso de los años lamentables comprobaciones del discurso de don José, que fue profesor toda su vida, y he tenido que recordarlo ahora que he estado leyendo las ofensas del sabio Caldas contra la raza negra y a un importantísimo sociólogo, ya fallecido: el doctor Norbert Elias; pues, a pesar de tanta sapiencia, me ha impresionado que la “palabra clave” de su discurso científico sea precisamente la palabra que tanto disgustaba a don José: control. Pocos entienden el discurso anarquista sobre el Estado, porque lo han ligado al terrorismo y al caos, y no a una indispensable libertad, que en ellos significa responsabilidad. Han querido sepultar toda manifestación de rebeldía solitaria, pero es la única utopía que no pretende el control, sino la autonomía que madura sólo en la cultura. Hace unos años, cuando el novelista Mempo Giardinelli vino a Bogotá, le contestó al periodista que le preguntó la simpleza de Maestro, ¿qué es la cultura?, con la más llana verdad: Cultura es todo lo que va contra el Estado. Y no es un anarquista, pero sí un escritor.
Aparato síquico – aparato digestivo – aparato teórico:
Tanscribo, como coda de humor ne- gro, la definición de AZAR dada por el profesor Nobert Elias, sin duda un hombre decente y flor de la sabiduría, acaparada por la academia, “única fuen- te de conocimiento”:
“Procesos sociales no planeados y apenas controlados de un modo en el cual conceptos como racional o irracional no pueden aplicarse: son procesos multipersonales de las acciones de muchos hombres...”. Sólo le faltó añadir Y MUJERES, para ser políticamente correcto.
En una de sus últimas entrevistas, y de la cual se arrepintió, Octavio Paz —y lo nombro por ser tan querido por la universidad— dijo que la misión de este siglo era rescatar el sentido de la palabra ALMA.
Fotografía de Julián Arango Osorio
Luego vendrían los reencuentros en
la palabra. Ignacio fue quizá el primero
en escribir sobre mi primerizo libro,
mi balbuceante ópera prima Memoria
del agua. Me invitó entonces a dirigir
un galería de arte en Bogotá, Artes Galería,
donde pasé casi una década festejando
la pintura de Samudio, de Góngora,
de Rendón, de Murúa y de
muchos nuevos pintores colombianos.
Allí, en Artes Galería, de propiedad
del fallecido Eduardo Guzmán, compartí
por primera vez con ese espectáculo
humano de sensibilidad indócil llamado
Antonio Samudio, un hombre de
pincel que nunca ha dejado de ser, también,
un hombre de palabra. No de la
palabra escrita, como la de Nacho, sino
de la palabra hablada y díscola, como
la de pocos.
A Nacho, mi compadre cincuentenario,
mi hermano en la duras y en las maduras,
le debo tanto que las palabras, otra vez las palabras, me resultan precarias.
Sé que no anda bien de la salud del cuerpo
pero que anda mejor que todos nosotros
de la salud del alma. Como buen
Cronopio, no ama la Fama. Pero trabaja
de manera incansable por el reconocimiento
de los demás.
Por todo esto,
por tantos avatares de Nacho que tantos
miramos con asombro y admiración,
lanzo tres vivas, los mismos vivas
que lancé cuando Nacho hizo un
gol de chilena en la que llamábamos la
Cancha de las Mariposas, en cercanías
al paso del tren en el barrio Santa Fé,
los mismos vivas que lancé cuando el
caso y el ocaso del generalísimo, los
mismos tras la lectura de sus relatos y
sus crónicas.
No sé a quién corresponda pedirle
que conserve a Ignacio Ramírez en el
ejercicio de la palabra, si a Yavé, a Jehová,
a Buziraco, a Buda, a Zoroastro o a
Yemayá, pero para curarme en salud le
pido a todos ellos que conserven la voz
y el talento y el talante y la generosidad
de Nacho por otros cincuenta años que,
sumados, no son cien años de soledad.