En 1993, en la misma Barranquilla donde los había descubierto desperdigados, cuarenta y cinco años antes, Gabriel García Márquez
relee los cuentos de José Felix Fuenmayor (1885–1966) y escribe un prologo para el libro que los reúne: La muerte en la calle (Bogotá, Alfaguara, 1994).
No es un brindis de ocasión. Es, por supuesto, una remembranza y una poética a partir de esos relatos humildes, terruñeros, donde la aparente opacidad monótona de la vida es rota por revelaciones secas. Por marginales personajes que crecen en un instante de crisis y auto descubrimiento. Son, además de ello, historias de astutos narradores que juegan con su materia, la moldean a su antojo y la muestran al derecho y al revés, como en un acto de prestidigitación. El coco (la cabeza) es un saco donde va cayendo todo lo que uno ve, oye, siente, dice el narrador de Con el doctor afuera y luego él y sus amigos sacan a toda la gente que allí se halla apelmazada, pegados unas a otros, como un hilo interminable. Son la mayoría cuentos de campo o de monte, de camino de tierra que llega a los suburbios de la ciudad, y donde el lenguaje se mira a sí mismo, en juegos de palabras, en discusiones gramaticales, en sentencias y refranes. «Mi letanía, dije yo, no es más que esta: Que de día puede uno ponerse a buscar a Dios, pero de noche puede uno hasta encontrarlo.» (P. 34).
Algunos de los cuentos son terribles, como cuando una mujer neutra, que cumple sus deberes con pasividad animal, envuelve y cose al compañero que cada sábado de borrachera la humilla y golpea, dentro de su hamaca. Allí, inmóvil, le arrojara una inmensa olla de agua hirviente. Ya están allí palabras que García Márquez usara, como la aguja de enfardelar, pero está sobre todo un trasfondo de sabiduría popular, de cultura Caribe que escucha el «habla del tambor», de carnaval y poesía, como en El último canto de Juan, con sus versos de ocho sílabas sobre Barranquilla. Cultura que asciende desde estos seres supersticiosos, pobres, con una fuerza irreversible: la de la ficción. Humillados, despedidos del trabajo, burlados por charlatanes o prepotentes, el cuento los redime con el fuerte encanto de su resistencia para perdurar, y a la vez también hace justicia a dichos opresores. Además, como lo dice García Márquez en el prólogo, refiriendose a La muerte en la calle:
Desde el título fue evidente que tenía una falla estructural insalvable: el narrador no pudo tener bastante tiempo para escribir el cuento que estaba contando. Se lo hice notar a José Félix, con la pedantería propia de un principiante intoxicado por la teoría, y él se encogió de hombros y me dio una lección feliz: «Lo escribió después de muerto.» (P.13).
En la misma línea de Julio Garmendia, Pablo Palacios o Felisberto Hernández, un narrador como José Félix Fuenmayor, discreto, perdido en su provincia, sonriente y en tono menor, bien puede ser un buen punto de partida para fundar una tradición. Así, del mismo modo que Borges rescataría a Evaristo Carriego o Macedonia Fernández, para inventarse su propio árbol genealógico, García Márquez ha establecido los contornos de su continente imaginario y reconocido lo que será su patio de atrás, las hondas raíces de su ficción, nutridas de tierra colombiana. En taumaturgia de un cochecito, de 1954, dirá Fuenmayor:
Salen las gentes a los mullidos patios que miran la calle por entre los dedos de sus cercas de estacas y, hundiéndose la totuma en la tina que entrevelan los plátanos, se echan golpes de agua lunada sobre el cuerpo desnudo. Apresuro el paso. Yo también quiero llegar pronto a mi tina y empuñar mi totuma. (P. 66).
A ese patio de atrás quería referirme en estas páginas, al aludir ya a la enumeración precisa de esos rituales exasperantes, que García Márquez aprende en Fuenmayor, como cuando un personaje consume, con parsimonia, las tres comidas pendientes, desde un desayuno, con el café frío y obstruido de natas, hasta la cena y todo ello lo hace «en orden, calmosamente.» Esa frialdad controlada, de rostro imperturbable, hará aun más explosivo el hirviente material de sus libros y el desafuero irreprimible de sus personajes excesivos en Cien años de soledad, capaces de todo, pero a la vez tan apegados a la rutina de sus escuetos hábitos.
Desafuero y sobriedad. Estoicismo y delirio: aquí radica una de las claves de su sistema narrativo, conformado a lo largo de un dilatado aprendizaje de la literatura misma y que bien vale la pena repasar. Solo que este narrador infalible, que tanto se ha preocupado por saber cómo nacen los cuentos, comenzó como aprendiz de poeta, como debe ser.