En 1983, Carlos Martin publicó un curioso libro: Epitafio de Piedra y Cielo y otros poemas donde, usando una suerte de ritornello proveniente de Edgard Lee Masters: «Todos, todos están durmiendo en la colina», escribe epitafios para el grupo de amigos que integraron el conocido movimiento, del cual él sería el último representante: Jorge Rojas, Eduardo Carranza, Arturo Camacho Ramirez, Dario Samper, Gerardo Valencia.
Pero Carlos Martín, el benjamín del grupo —nacido en Chiquinquirá en 1914 y muerto el 13 de diciembre de 2008 en Tarragona, España— revela unos intereses y virtudes, no semejantes a las del resto de sus compañeros de generación. En primer lugar, una veta reflexiva, en el ensayo, que se preocupó por el surgimiento de la vocacion poética y su formacion en diálogo con textos claves de la poesía moderna.
Tal su libro La sombra de los dias (1952), donde las figuras de Rilke, Eliot, Cernuda, Antonio Machado, se integran a su preocupación por los misterios de la creación. Pero es quizas su válido libro, publicado en 1972 por Gredos, en España, América en Rubén Darío, el que mejor desarrolla, con fervor y erudicion, su fe en la literatura hispanoamericana como algo distinto de la española, en su caracter y proyecciones. Para él se vuelve central el concepto de mestizaje, la presencia de la naturaleza, y aquellos rasgos que caracterizarían el entonces en auge realismo mágico. Contrasta, entonces, la figura fundadora de Darío con lo que Menéndez Pidal, al hablar de la española, recalcó la sobriedad, austeridad y espontaneidad, que desembocarían en un realismo, ajeno tanto a lo artificioso como a lo maravilloso. Es entonces, con razón, cuando Martín recalca el cosmopolitismo americano como algo fecundo, que tiene raíces en lo nuestro y que, sin olvidar en ningun momento raíces indígenas, reivindica el derecho a ser ciudadano del mundo. Lo dice así Martin, al referirse a Rubén Darío: «Su unidad era Hispanoamérica. Él era el compendio de su raza. El espejo de una cultura en formacion. El vivo resumen de un mundo emergente. El era el pulso y el rumor de América». (p.26).
Este interés por Hispanoamérica como totalidad poética se debía, en cierto modo, a que desde 1961 residía en Holanda, como profesor vitalicio de la Universidad de Utrech, donde había ganado por concurso la cátedra de literatura hispanoamericana. De dicha experiencia saldría también otro de sus trabajos: Hispanoamérica, mito y surrealismo (1986), donde de Lautremont y Artaud a César Moro, Enrique Molina y Octavio Paz, traza el mapa de una poesía de
algún modo ajena al neogongorismo hispánico de sus comienzos. Sin omitir, por cierto, los aires beneficos que el surrealismo desató en narradores como Miguel Angel Asturias y Alejo Carpentier.
Todo ello se vio reflejado en su poesía, donde la seducción por la imagen y la exuberancia del lenguaje, dieron paso a una decantacion más seca, sin soslayar nunca su amorosa emotividad. Lo íntimo, lo social y lo onírico se fueron conjugando, finalmente, en una poesia de signo elegíaco y de carácter contenido, cuya ética predica la aceptación del paso del tiempo, y el final eclipse humano, en la permanente resurreción del verso. Así, en su libro de 1991, Hacia el último asombro, podrá decir:
Igual todo será cuando haya muerto, la vida seguirá como antes era, volverá tras invierno, primavera, esa es la realidad y está en lo cierto.
El ensayista, el poeta y, claro está, el pedagogo que como rector del Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá tuvo el más ilustre de los alumnos, quien siempre ha reconocido la deuda contraída. Se trata de Gabriel García Márquez, quien en una entrevista dijo que dos de los libros recomendados por Carlos Martin, La experiencia literaria de Alfonso Reyes y La vida maravillosa de los libros, de Jorge Zalamea, habían sido decisivos en su voación literaria.
El libro El arte de leer a García Márquez (Norma, 2007) tiene como epilogo una carta precisamente de Carlos Martín dirigida a J.G. Cobo Borda, donde aclara que García Márquez al citar a Daniel Arango, quien decía haber encontrado en la vitrina de un almacén un endecasilabo perfecto: «Realización total de la existencia», se había equivocado pues en realidad se trataba de un verso del propio Martín para concluir un poema con estas líneas:
Y es parte de la tarde
ese otro anuncio del almacén vecino
que se posa en mi alma
cuando crece la sombra:
«Liquidación total de la existencia».
| Todos están durmiendo en la colina
Segunda parte ¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley,
el abúlico, el forzudo, el bufón, el borracho, el peleador?
Todos, todos están durmiendo en la colina. Edgar Lee Masters
¿En dónde están el aviador Ferreira,
Tomás Vargas Osorio, Antonio Llanos,
Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus,
Gilberto Alzate, Aurelio Arturo
Y Camacho Ramírez?
¿Y nosotros, que estamos y no estamos:
Carranza, Jorge Rojas y Gerardo Valencia,
Darío Samper, Carlos Martín
y alguno más, desconocido, inédito?
Todos, todos están durmiendo en la colina.
Muertos, muertos están los que salían
a la terraza de la madrugada
o a la ventana del océano
a mirar las estrellas o la lluvia,
a esperar lo indecible, un ciego aroma,
unas manos clamantes, extendidas
desde la música o el llanto,
algunas cosas ignoradas, albas
insospechadas, nubes del otoño,
los vagones cargados de fantasmas,
los pájaros del mar o los del viento
que sostienen el cielo con sus alas,
los recuerdos, los rostros, las miradas
que tienen el color de los atardeceres.
Todos, todos están durmiendo en la colina.
De Epitafio de Piedra y Cielo y otros poemas, de Carlos Martín.