Fernando «El Chuli» Martínez
El hacedor de Espacios
La arquitectura es a la construcción
lo que la poesía a las bellas letras:
el entusiasmo dramático del oficio.
Claude-Nicolas Ledoux
Por Alberto Zalamea
Portada del libro sobre Fernando Martínez Sanabria
Hay sociedades en las que, por voluntad propia o por necesidad de sus contemporáneos, ciertas personalidades se ven obligadas a asumir el papel protagónico de guías. Una de ellas en Colombia, en la mitad del siglo XX, fue el arquitecto Fernando Martínez Sanabria.
Hombres-leyenda, desconocidos en buena parte por sus mismos admiradores, se convierten paso a paso en mitos simbólicos de la inteligencia nacional. Mito o leyenda, lo cierto es que la presencia del arquitecto Fernando Martínez Sanabria en Colombia transformó en buena parte el paisaje urbano de este país, le otorgó la dignidad a materiales autóctonos, como el ladrillo, que hoy proliferan por todo el territorio y creó un estilo, e incluso una escuela, basados en la investigación creativa y en la renovación permanente.
Martínez Sanabria, en quien se conjugaban sangre española e irlandesa, fue el personaje inolvidable de muchos centenares de sus coterráneos que en el siglo XX descubrieron en él uno de los más genuinos colombianos posibles. Es febrero de 1938 y el muelle de Puerto Colombia, cerca deBarranquilla, en el mar Caribe, recibe un pequeño grupo de emigrantes. Llegan recomendados por el presidente de la República, don Eduardo Santos, un liberal republicano, y los espera un enviado del Gobernador. Es la familia española Martínez-Dorrién, empujada hasta aquí por el proceloso océano de la guerra mundial. Jefe de la tribu es «don Fernando»; eje de la familia Doña Isabel, la más hermosa de cuantas damas españolas han sido vistas hasta ahora en el muelle, y a su lado los dos hijos del matrimonio; Fernando y Eugenio.
En las llamadas Bocas de Ceniza, el pequeño grupo es bautizado por el río de la Magdalena, ingreso obligado al mundo del trópico. Atrás quedan los puertos civilizados, adiós a Cherburgo, adiós a Cádiz, adiós a las Baleares. Los cuatro emigrantes comienzan a padecer el pegajoso calor tropical. Solo los conforta el saber que el presidente del país los espera con los brazos abiertos. La guerra civil española está ya perdida y los sanguinarios junkers alemanes, convierten en sus blancos favoritos las aldeas vascas. Comenzar otra vida será difícil pero no imposible. El talante de don Fernando padre, «el gordo» como comienzan a llamarlo sus subordinados, superará todos los obstáculos.
Dibujos de Fernando Martínez Sanabria
Desembarcado literalmente en la Bogotá de finales de los años treinta, desarrolló toda su carrera de arquitecto en la Universidad Nacional, su alma mater ideológica, donde educó desde entonces a las futuras generaciones de arquitectos que durante años lo siguieron y aclamaron con pasión. Y apasionada fue ciertamente su vida y su quehacer. Ganador de todas las becas imaginables y de todos los concursos urbanísticos a los que se presentaba, con el saltuario equipo de sus amigos o colaboradores, Guillermo Avendaño, Rogelio Salmona, Guillermo Bermúdez, Hernán Vieco, Germán Samper, Francisco Pizano y tantos otros que jalonan la historia de «la nueva arquitectura» nacional; el «mono» Martínez, como lo llamaban sus alumnos, fue siempre el epicentro de las batallas culturales de aquellos tiempos. Solicitado en 1949 por Le Corbusier para trabajar en la elaboración del Plan Regulador de Bogotá, a sus 24 años «Chuli» —así llamado— no llegó sino hasta Nueva York donde lo esperaban los arquitectos Sert y Wiener, encargados de atenderlo durante una breve escala. Pero allí, en la famosa manzana, nuestro héroe no resistió diez días. Necesitaba a Colombia.
Aquel trauma no lo entendieron quienes lo esperaban en París sino años después cuando reconocieron el amor y el conocimiento crítico de Fernando por Colombia. Curiosamente, uno de los hombres más cultos del país nunca volvió a salir de las fronteras colombianas. Aquí aprendió, aquí enseñó, aquí vivió, en un encierro voluntario y total. «Con lo de aquí me basta y sobra», decía.
Del taller de Martínez surgieron proyectos básicos de la nueva arquitectura colombiana. Le entusiasmaba participar en los concursos. No solo urbanísticos y arquitectónicos. Intervino incluso con un relato sobre las guerras, en el Premio Renaudot para escritores no franceses. Y fueron suyos los proyectos para la Caja
Agraria de Barranquilla, el del Colegio Emilio Cifuentes, Bavaria, la renovación de la Plaza
de Bolívar y la sede del gobierno distrital, y para tantos otros de nuestra historia,
entre ellos la primera Bienal de Cali, la Facultad de Economía. Finalmente,
la Sociedad Colombiana de Arquitectos crea con su nombre el Premio anual de Diseño.
Su agonía fue igual a la del Quijote. Se negó al hospital. Murió lúcidamente en los
brazos de sus amigos y en su casa. Su ausencia —murió el 26 de diciembre
de 1991 no ha podido subsanarse. La vitalidad de su profunda
enseñanza cultural y humana es irremplazable.
¿Qué dijo el Chuli, qué opina, qué propone?, interrogantes
que hoy respondería con la misma franqueza y valor que
lo convirtieran en un personaje inusitado, siempre en
batalla contra la cursilería rampante, heredero, al fin y
al cabo, de la triple intransigencia: irlandesa, española y colombiana
[El arquitecto] Fernando «El Chulie» Martínez: heredero, al fin y al cabo,de la triple intransigencia: irlandesa, española y colombiana.
Alberto Zalamea
Este libro fue publicado por la Secretaría y Deporte y el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural.
Editado por MV. Molinos Editores
Casa Wilkie, 1962, Bogotá
Edificio Caja Agraria, 1961, Barranquilla
Ante la imposibilidad de individuar a los autores de las fotografías, publicamos los nombre de los fotógrafos que habitualmente trabajaron con el arquitecto Martínez Sanabria. Néstor Africano, Paul Beer, J. Futagawa, Fotografía Industrial, Paolo Gasparini, Hernán Díaz, Ludwing Glaeser, Sady González, Ignacio Gómez, L.F.R., Carlos Niño Murcia, Germán Téllez, Rodolfo Velásquez, Wells-day, William Zapata