Edgar Lee Masters:El poeta que puso a hablar a los muertos
Antología de Spoon River
Presentación y traducción de los poemas
por Guillermo Angulo
Dibujos de Gastone Bettelli
En la primera página de este Magazín
Juan Gustavo Cobo Borda
hizo una referencia a la Antología de
Spoon River, de Edgar Lee Masters,
de la que publicamos una presentación
y algunos de sus poemas.
El título de capital intelectual de los Estados Unidos —que hoy ostenta indisputada Nueva York— se ha venido desplazando de tiempo en tiempo: primero reinaban soberanos los de Nueva Inglaterra, con Melville, el capitán Akhab y su ballena blanca a la cabeza. Y, en solitario, la jardinera y poetisa de Amherst, Emily Dickinson, quien viajaba tranquila acompañando a la muerte en su carruaje, segura de dirigirse hacia la inmortalidad.
Pero, contemporáneamente al florecimiento de la novela realista de principios del siglo XX, en todos los Estados Unidos vino lo que se llamó el «Renacimiento » de Chicago y esta ciudad —famosa también, con Al Capone a la cabeza, por ser la cuna de la mafia— empezó a disputarle el trono cultural a Boston.
A esta nueva capital de la cultura pertenecía Edgar Lee Masters, el más desconocido de los poetas famosos de Estados Unidos, nacido el 23 de agosto de 1869 en Garnett, Kansas. Había estudiado leyes y, mientras ejercía con éxito su profesión se dedicaba a la literatura. Prolífico escritor, fue autor no sólo de 25 libros de poesía sino también de doce obras para teatro y biografías de personajes como Abraham Lincoln, Walt Whitman y Mark Twain. Todas estas obras, apabulladas por Spoon River, duermen, duermen bajo la colina.
Cuando Lee Masters leyó en 1909 los Epigramas de la antología griega, tuvo la idea de escribir una serie de epitafios en verso libre. Los empezó a publicar en 1914, bajo el seudónimo de Webster Ford, y sólo cuando aparecieron completos en 1915, con su verdadero nombre, les dio el título de Antología de Spoon River, con la que pretendía mostrar la hipocresía de la vida en los pueblitos de Estados Unidos, a través de los relatos de unos 250 personajes que duermen bajo tierra, en el cementerio situado en la colina de un pueblecito imaginario, y desde allí abogados, putas, fotógrafos, borrachos, sombrereras, músicos, enamorados, jueces, yerbateros y optómetras cuentan sus propias vidas. El poeta, movido por la simpatía o la conmiseración hacia los débiles, quería enaltecer sus vidas desde la misma muerte, sentimientos mal vistos en la época,.
La publicación del libro le restó credibilidad a su exitosa carrera de abogado; por lo que, después de separarse de su primera esposa e ir por una temporada a vivir en Europa, decidió establecerse en Nueva York. Mientras su nueva esposa, Ellen Coyne, trabajaba como enseñante, él se refugiaba a escribir en el hotel Chelsea, situado en el número 222 oeste de la calle 23 y frecuentado en distintas épocas por escritores como Mark Twain, O. Henry, Thomas Wolfe, Dylan Thomas, Arthur Miller, Arthur C. Clarke, William S. Burroughs y Allen Ginsburg.
Con poca recordación en Latinoamérica, su Antología resuena más en Europa que en los mismos Estados Unidos. En Italia, por ejemplo, durante la época del fascismo publicaron una selección de su Spoon River porque a los funcionarios del Ministerio de la Cultura Popular les fue presentada como los pensamientos de S. River, y ellos asumieron (estamos en la católica y mussoliniana Italia) que la S. no era una abreviatura de Spoon sino de san. (A menudo uno lee lo que quiere leer). O sea, los epigramas de un nuevo beato americano llamado san River. Si hubieran leído el libro completo se hubieran topado con la sorpresa de una que otra blasfemia. Yace la abeja en una gota de ámbar, atrapada en su néctar.
Su laboriosidad tejió el sepulcro. Imposible encontrar mejor destino. Anota Cesare Pavese en sus Ensayos sobre la literatura americana que: Como los muertos de Dante, que están más vivos que cuando estaban vivos, los muertos de Spoon River prolongan de manera sepulcral todo su descontento y sus pasiones. Quiso Lee Masters que después de su muerte, ocurrida el 5 de marzo de 1950 en Filadelfia, sus restos descansaran no en la imposible colina, como sus personajes del mítico Spoon River, sino en el similar cementerio de Petersburg —con Lewistow uno de los pueblitos de Illinois que se dice inspiraron su población imaginaria y en los que había transcurrido su niñez—. Se ve que los recordaba amorosamente, ya que quiso que lo enterraran precisamente en uno de ellos.
En la loza de su tumba está grabado, a manera de epitafio, este poema suyo, «Mañana es mi cumpleaños»: Buenos amigos: vamos al campo y luego de una caminata —con el perdón de ustedes— pienso hacer una siesta. No hay nada más dulce ni predestinación más bendita que dormir. Soy un sueño salido de un amable sueño. Caminemos y oigamos el canto de la alondra.
Edgar Lee Masters: Más tarde, ya en la Italia liberada y progresista de la postguerra (la Liberación no fue sólo de los estadinenses —ayudados por la mafia— sino también obra de los partisanos), la prestigiosa editorial Einaudi publicó una esmerada edición bilingüe de la obra maestra de Lee Masters, quien sin buscarlo, sin quererlo y sin saberlo, fue precursor de obras tan importantes como Pedro Páramo, de Juan Rulfo, donde también los muertos hablan. Aunque habría que decir que Dante los antecedió a los dos, pero el camino lo abrieron los autores de los Epigramas de la antología griega, uno de los cuales, traducido por José Emilio Pacheco, dice:
Yace la abeja en una gota de ámbar,
atrapada en su néctar.
Su laboriosidad tejió el sepulcro.
Imposible encontrar mejor destino.
Anota Cesare Pavese en sus Ensayos sobre la literatura
americana que:
Como los muertos de Dante, que están más vivos que
cuando estaban vivos, los muertos de Spoon River
prolongan de manera sepulcral todo su descontento
y sus pasiones.
Quiso Lee Masters que después de su muerte, ocurrida el 5 de marzo de 1950 en Filadelfia, sus restos descansaran no en la imposible colina, como sus personajes del mítico Spoon River, sino en el similar cementerio de Petersburg —con Lewistow uno de los pueblitos de Illinois que se dice inspiraron su población imaginaria y en los que había transcurrido su niñez—. Se ve que los recordaba amorosamente, ya que quiso que lo enterraran precisamente en uno de ellos. En la loza de su tumba está grabado, a manera de epitafio, este poema suyo, «Mañana es mi cumpleaños»:
Buenos amigos: vamos al campo
y luego de una caminata
—con el perdón de ustedes—
pienso hacer una siesta. No hay nada más dulce
ni predestinación más bendita que dormir.
Soy un sueño salido de un amable sueño.
Caminemos y oigamos el canto de la alondra.
La Colina
¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley,
el abúlico, el de brazo fuerte, el payaso, el borrachín, el peleador?
Todos, todos, están durmiendo en la colina
Uno se fue en una fiebre,
uno ardió en la mina,
uno lo mataron en una riña,
uno murió en la cárcel,
uno cayó de un puente mientras trabajaba para su esposa e hijos.
Todos, todos están durmiendo, durmiendo, durmiendo en la colina.
¿Dónde están Ella, Kate, Mag, Edith y Lizzie?
la de corazón tierno, la ingenua, la ruidosa, la orgullosa, la feliz?
Todas, todas, están durmiendo en la colina.
Una murió en un parto vergonzoso,
una por un amor desgraciado,
una a manos de un bruto en un burdel,
una por el orgullo despedazado mientras buscaba un ideal,
una, persiguiendo la vida en las lejanas Londres y París,
fue traída a su pequeño espacio por Ella y Kate y Mag.
Todas, todas están durmiendo, durmiendo, durmiendo en la colina.
¿Dónde están el tío Isaac y la tía Emily
y el viejo Towny Kinkaid y Sevigne Houghton
y el alcalde Walker, que llegó a hablar
con venerables hombres de la revolución?
Todos, todos, están durmiendo en la colina.
Les trajeron hijos muertos de la guerra,
hijas aplastadas por la vida
y a sus hijos huérfanos, llorando.
Todos, todos están durmiendo, durmiendo, durmiendo en la colina.
¿Dónde está el viejo violinista Jones
que cantó la vida todos sus noventa años
enfrentando la nieve a pecho desnudo,
bebiendo, peleando, sin pensar ni en la mujer ni en la familia
ni en el dinero ni en el amor ni en el cielo?
¡Oídlo! Recuerda, balbuceante, el pescado frito de antaño;
las carreras de caballos de otrora en el bosque de Clary;
lo que Abe Lincoln dijo
una vez en Springfield.
Francis Turner
No podía correr ni jugar
cuando era niño.
Ya de hombre hombre, solamente podía
sorber la copa, no beberla,
porque la fiebre escarlatina me había dejado
el corazón enfermo.
Y sin embargo, aquí yago
confortado por un secreto
que no conoce nadie, sino Mary:
hay un jardín de acacias, con catalpas
y pérgolas endulzadas con vides.
Allá, en aquella tarde de junio,
al lado de Mary,
besándola con el alma en los labios,
de repente mi alma emprendió vuelo.
Dora Williams
Cuando Reuben Pantier se fue y me dejó plantada
me fui a Springfield. Allí conocí a un alcohólico,
cuyo padre acababa de morir dejándole una gran fortuna.
Al matrimonio fue borracho y fue una vida desgraciada.
Pasó un año, y un día lo encontraron muerto.
Lo que me convirtió en millonaria. Me trasladé a Chicago.
Al poco tiempo conocí a Tyler Roundtree, un villano.
Y me fui a New York. Un magnate de cabellos grises
enloqueció por mí —una fortuna más.
Murió una noche, justo en mis brazos.
(Vi su lívido rostro durante muchos años).
Hubo casi un escándalo. Y me mudé,
esta vez a París. Ya era una mujer,
insidiosa, sutil, mundana, experta y rica.
Mi acogedor apartamento, cerca a los Champs Élysées,
se volvió el centro de toda clase de gente:
músicos, poetas, dandies, artistas, nobles.
Conversábamos en francés, alemán, italiano e inglés.
Esposé al conde Navigato, genovés.
Me fui a Roma. Él me envenenó, yo creo.
Ahora, en el Campo Santo que mira
al mar donde el joven Colón soñaba nuevos mundos,
miren lo que han grabado: «Condesa Navigato.
pide descanso eterno.»
Penniwit, el artista
Me quedé sin clientela en Spoon River
tratando de ponerle espíritu a la cámara
para aferrar el alma de la gente.
La mejor de todas mi fotos
fue la que le tomé al juez Somers, doctor en leyes.
Se sentó erguido y me hizo esperar
hasta que pudo enderezar sus ojos bizcos.
Cuando estuvieron rectos me dijo: «Listo.»
Le contesté: «deniego» y se volvió a embizcar.
Lo agarré como solía ser
cuando decía: «Me opongo.»