Carlos José Reyes:
una especie de sabio de otros tiempos
Por Sandro Romero Rey*
Soy amigo de Carlos José Reyes antes de ser amigo de Carlos José Reyes. «Era yo un niño aún…», al decir de Efraín, cuando actué, en 1971, en una pequeña pieza infantil de teatro titulada La fiesta de los muñecos, dirigida por mi primera maestra de las tablas, Ruquita Velasco.
Poco tiempo después sabría que su autor era una de las figuras emblemáticas del Nuevo Teatro Colombiano. Corría la agitada década del setenta y en Cali los ritmos del mundo de la escena se vivían alrededor del Tec, de Enrique Buenaventura, y alrededor de «la disidencia » de la Escuela de Bellas Artes. Yo me eduqué en la segunda, pero con los ojos puestos en los primeros.
El Tec era un faro, un paradigma, una lección de terquedad y persistencia. Y en su sala de la calle Séptima vivimos los grandes momentos del teatro de vanguardia latinoamericanos. Uno de esos nombres, que por allí pasó y que se fue volviendo imprescindible para un joven estudiante de teatro como yo, era el de Carlos José.
En uno de mis viajes a Bogotá, conocí la sede del Teatro El Alacrán y vi algunos de sus montajes. De esa época recuerdo títulos como El redentor o Recorrido en redondo. Y coincidió, de alguna manera, con una edición de una de sus obras de los años sesenta que contaba con un título estupendo: Los viejos baúles empolvados que nuestros padres nos prohibieron abrir, obras todas que luego serían recogidas en el volumen Dentro y fuera, publicado por la Universidad de Antioquia en 1992. Por aquellos días, la Casa de las Américas premió dos de las obras infantiles de Carlos José: El globito manual y La historia del hombre que escondió el sol y la luna, texto que pronto conocería en su hermosa edición cubana. A finales de la década del setenta, el dramaturgo Reyes se convertiría para mí en el conferencista Reyes. Recuerdo sus charlas en la sala del concejo municipal de Cali, hablando sobre la iconografía del Renacimiento. En un momento llegué a pensar que era la persona más inteligente que había conocido en mi vida. La erudición de Carlos José era inagotable y su barba y su amable seriedad lo convertían en una especie de sabio de otros tiempos que se había colado en la bulliciosa superficialidad de la capital del Valle.
Fotos cortesía de la revista El malpensante
Hasta que su nombre comenzó a aparecer en los créditos de los programas dramatizados de la televisión colombiana. Es preciso recordar que, por aquellos días, el mundo del teatro reñía con el de «la pantalla chica» y ver asomarse a alguien del universo de las tablas delante de las cámaras, era poco más que una traición. Carlos José, en compañía de otros nombres memorables de nuestros escenarios, procuraron darle otra dimensión a los dramatizados que allí se montaban. La historia de nuestro país comenzó a ser retratada a través de las imágenes en blanco y negro. No tardaría mucho tiempo en encontrar la conexión entre el mundo de Carlos José y el de mi tío, Bernardo Romero Lozano, quien de alguna manera formaba parte de «mi prehistoria» personal y de la prehistoria del mundo de la representación en Colombia.
Los que se inventaron el teatro moderno en nuestro país han sido todos unos pioneros. Carlos José Reyes ha sido el pionero de todos los pioneros. No solamente porque fue uno de los inventores de la Casa de la Cultura, no sólo porque ha sido uno de nuestros dramaturgos esenciales, no sólo por haberle dado un estatus al teatro infantil, no sólo por haber ayudado a modernizar la televisión nacional, no sólo por haber sido guionista de largometrajes esenciales en nuestro cine (otra labor de pioneros profesionales), sino porque, ante todo, ha sido un intelectual íntegro, en un continente donde los intelectuales son excepciones felices en la regla de la barbarie. Carlos José Reyes fue director ejemplar de la Biblioteca Nacional de Colombia, ha hecho antologías básicas para la historia de nuestro teatro, ha escrito biografías y ensayos cervantinos de fascinante erudición.
El reconocimiento a Carlos José Reyes por parte de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, con el Premio a la Vida y Obra, es mucho más importante de lo que ya parece. Es el reconocimiento a un gremio, es el reconocimiento a la terquedad, a la creación y a la alegría de la producción artística. Es una coyuntura para recordar que, a través del arte y la cultura, nos podemos inventar un país inmenso. Porque en Colombia se nos olvida con mucha frecuencia que todos los días, desde tempranas horas del día hasta el último aliento de la noche, nombres como el de Carlos José Reyes entregan lo mejor
de ellos mismos para que el resto de los mortales
aprendamos a ser, a la vez, felices y profundos.
* Sandro Romero Rey
Nació en 1959 en Cali, ciudad más tarde bautizada por él y sus compañeros como Caliwood, cuando la capital del Valle era la meca del cine colombiano.Hizo estudios secundarios en el Colegio San Juan Berchmans y teatrales en la Escuela Departamental de Teatro de Bellas Artes, en su ciudad natal. Luego consiguió una maestría en la Universidad de París, y desde su regreso ha estado vinculado en la realización de innumerables películas, nacionales y extranjeras, y sobre muchas de ellas ha escrito crónicas.
Hombre de múltiples talentos (aunque sus amigos dicen que se ha especializado en Carlos Mayolo, al que al menos le prologó un libro y sobre quien ha escrito numerosos textos) o en su otro gran amigo, sobre el que escribió un libro de connoliano título: Andrés Caicedo o la muerte sin sosiego. Pero su trabajo intelectual va mucho más allá.
Ha colaborado en guiones de cine (La mansión de Araucaíma); de televisión (Azúcar); obras de teatro (El purgatorio de Margarita Laverde); novelas (Oraciones para una película virgen); biografías (Mik Jagger: el rock suena, piedras lleva) e innumerables cuentos. En este último género, la hoy Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte lo premió por su obra Las ceremonias del deseo, merecedora del primer premio en el Concurso Nacional de Cuentos de 2004. IV.
Romero actualmente vive en Bogotá, y es colaborador habitual en publicaciones como la revista El Malpensante.