Una aclamada institución colombiana con 4.800 libros y 10 pies.
Presentación de Guillermo Angulo
Simón Romero contó, en extraordinaria crónia aparecida en The New York Times, la vida del profesor Luis Soriano y su estupenda e imaginativa obra llamada Biblioburro, a la que el periodista definió como «una biblioteca ambulante de 4.800 libros [empezó con 70] y 10 pies».
Mi primer contacto con Bibloburro me vino del ex bibliotecario Jorge Orlando Melo, cuando me preguntó si yo conocía la historia de un libro prestado por Biblioburro y no devuelto. Este episodio lo cuenta Alberto Manguel en su libro La biblioteca de la noche, así:
Según el bibliotecario los libros siempre se devuelven. «Sólo sé de una ocasión en que un libro no se restituyó », me dijo. «Además de los libros prácticos habituales, habíamos llevado una traducción al español de la Ilíada. Cuando llegó el momento de entregarla, los vecinos del pueblo se negaron a hacerlo. [Alegando que era la historia del pueblo.]
Biblioburro, según Romero, consiguió la mayoría de los libros gracias a Juan Gossaín, un escritor extraviado en los meandros del periodismo radial. Soriano oyó leer por radio un capítulo de la novela de Gossaín, La balada de María Abdala, quedó encantado y llamó a Juan pidiéndole una copia. Éste es el relato de lo que pasó, contado personalmente por su más importante protagonista, el excelente periodista Juan Gossaín.
Dante y Balzac viajan en burro por el Magdalena
Por Juan Gossaín
Foto cortesía del El Tiempo
Esas son las cosas que sólo ocurren durante un noticiero
de radio: alguna mañana, hace como doce
años, los encargados de responder teléfonos me dijeron
que había una llamada muy extraña.
—Es un señor que quiere pedirte un libro tuyo
—me explicaron— para meterlo en un burro.
—Ya sé que mis libros son malos —respondí—
pero no tanto.
—En serio —me regañaron—. El hombre insiste en
hablar contigo.
Lo que pasó a partir de entonces fue una verdadera
revolución de claveles: el profesor Soriano, que era el
nombre de aquel curioso personaje, dijo, para que lo
oyera todo el país, que estaba llamando desde las llanuras
perdidas de Nueva Granada, en el departamento
del Magdalena.
Dijo que en mil leguas a la redonda los muchachos
crecían a la buena de Dios, como flores silvestres. «No
hay carreteras, ni acueductos, ni luz eléctrica», agregó
el profesor. «Pero lo peor es que no hay un solo libro».
Al fondo de la llamada telefónica se oyó un rebuzno
sonoro.
—Dígale al burro que gracias por participar en esta
entrevista —embromé.
—No es burro —corrigió, muerto de risa—. Es burra
y se llama Alfa. El burro se llama Beto.
Fue entonces cuando comprendí que aquel hombre
hablaba en serio y no estaba loco. Se necesita que
uno tenga el alma pura de Don Quijote para bautizar
a dos pollinos cimarrones con las primeras letras del
alfabeto griego.
Él se explayó en el relato pormenorizado de sus
correrías por veredas y caminos, entre el barro cremoso
o bajo el sol de hierro líquido que cae en esos parajes,
con sus burros cargados con cuatro jolones repletos de
libros, llevando lo que él llamaba Biblioburro y que a mí
me pareció, más bien, que debía ser una burroteca.
Dejaba prestado de rancho en rancho unos cuantos
ejemplares y a la semana siguiente regresaba por ellos,
le brindaban un café amargo y se iba a seguirlos entregando
por ahí.
Despedí la entrevista diciéndole que para mi era un
verdadero honor que mi novela viajara a lomo de Beto
y que hoy mismo se la mandaría. Cuando terminó el
noticiero, a las diez de la mañana, bajé a mi oficina de
la sala de redacción y encontré un verdadero tumulto:
cajas de libros estaban lloviendo de todas partes, nuevos
y viejos, leídos y subrayados, enviados por colegios
o amas de casa, por familias obreras y por Felipe Ossa,
el gerente de la Librería Nacional, que, como siempre,
fue el primero.
Me puse a mirarlos. Había una hermosa edición de
La divina comedia ilustrada por Doré, nada menos, y
unas obras completas de Balzac publicadas en París
por los hermanos Garnier. Estuve a punto de quedarme
con ellas, y otras más, que nadie echaría de menos,
pero sentí tanta vergüenza que retiré mis manos pecadoras
de aquella tentación.
A la semana siguiente el profesor volvió a llamar,
desde la oficina de Telecom en el caserío de Notepases,
para agradecerles a sus benefactores.
—Lo malo —se lamentó— es que ahora nos faltan
burros.
Me acordé inmediatamente de la rumbosa canción
caribe y lancé en seguida, con su misma música, una
intensa campaña radial: «No hay burro pa’ tanto libro».
La última vez que supe del profesor Soriano me dijo que
habían llegado once burros nuevos, donados por campesinos
pobres que no tenían comida pero ya leían a
Camus, y que uno de los advenedizos estuvo a punto de
pelearse a las patadas con Beto por el amor de Alfa y que
en medio de la pelotera los versos de Julio Flórez habían
volado por el aire, hasta aterrizar en una charca.
—El problema —murmuró el profesor— es que ya
se me están acabando las letras griegas.
Maravilla de hombre, sin duda, el profesor Soriano.
Jamás le he visto la cara. Pero es uno de los mejores hallazgos
de mi vida.