A la pintora María Paz Jaramillo el baile y los colores la llevan a plasmar un sueño Los ángeles
Por Juan Gustavo Cobo Borda
En el pasado, María Paz Jaramillo trabajó el tema del baile con valiosos resultados. Esa atmósfera, tan lograda, de penumbrosa sensualidad y luces estridentes de baile popular, acentuaba lo crudo de sus personajes femeninos, lo azuloso de su fantasmagoría espectral, o incluso lo frágil de su belleza inocente, en medio de las nuevas e implacables clases sociales en ascenso. El país se había aburrido de ser pobre de solemnidad y los carteles de la droga mantenían un hirviente submundo de sicarios en moto, escoltas en camionetas blindadas y mulas suicidas que perforaban las aduanas de Estados Unidos y Europa en pos de unos verdes dólares. Sacudido, alterado, sembrado de miles de muertos, Cali, Medellín, el Eje Cafetero, la Costa, Bogotá, disfrutaban de un auge espurio, mientras aeropuertos camuflados y laboratorios clandestinos, en el Putumayo, Amazonas o Caquetá, cambiaban el perfil del país. Algo de esta conmoción se percibe en el trasfondo angustiado de esa pintura, donde muchos de los nutrientes de la cultura popular —un reinado de belleza, una actriz de televisión, un personaje de farándula, sea el señor presidente o una relacionista pública; sea el jefe guerrillero o un cantante de moda—; veían repetidas sus efigies, en óleos, grabados o esculturas.
María Paz no vacilaba en escarnecerlos, con trazos arbitrarios, colores incongruentes o lentejuelas de farsa, y allí desfilaban, en la vieja y letal conjunción con que el artista, sin querer queriendo, parece exaltar el poder. Por el contrario: su sátira es más demoledora al conocerlo de cerca, al denunciarlo riéndose a su rústica fatuidad. Al mostrar el reverso vacío de su ostentosa grandilocuencia. Recuerda a Goya y cierta corte de pacotilla, con sus válidos intrigantes y bastardos. Muchos otros intereses han reclamado el ojo alerta de María Paz Jaramillo y su paleta, hecha de furia y glamour. Los actores y actrices de cine, el turismo, la ecología, la historia misma con sus ídolos, de Bolívar y Manuelita en adelante, pero lo que subsiste, sin restricciones y desde el principio, es solo su arte, tan revelador como crítico. Arte que ahora experimenta una nueva profundizacion y una nueva metamorfosis.
Las pieles de las mujeres son en amarillo limón y la de los hombres en ocre. El color del fondo es azul oscuro y el espectáculo que brindan se puede llamar tango, salsa, cumbia, mapalé, conga o lambada. Sin excluir el merengue apretadito o el desfile glamoroso del carnaval. Es Maripaz Jaramillo de nuevo, en la Galeria Garcés, ofreciéndonos la danza de sus colores y el ritmo de esas siluetas que se contorsionan del blanco al negro, del verde al naranja. Con ellos logra una soterrada armonía. La de cuerpos que se afrontan y enfrentan, se entrelazan, acoplan y se separan en la coreografía del baile. Pero no son sólo los cuerpos, en el ya milenario rito. Son los rostros, en posturas estatuidas los que se miran y se atraen, se ofrecen y se rehusan en la coquetería inherente a esa ceremonia de seducción.
Convergen, entonces, en esta última muestra de Maripaz Jaramillo muchos de los elementos proverbiales de su sólida trayectoria artística: el color expresionista, el papel determinante de la mujer, la fuerza de la cultura popular. Pero ahora acorde con un giro de la época: ya no son las discotecas de Cali sino un programa de televisión los detonantes de su arte. En Estados Unidos, en Inglaterra, en España, en Colombia, el programa «Bailando por un sueño», ha sacado del anonimato a elásticas parejas ansiosas de exhibirse, triunfar y ganar. Ha reciclado viejas glorias, revestidas con la aureola de las causas benéficas. Ha logrado que gordas excesivas se afinen y estilicen, como la hija de la disfuncional familia Osbourne o que el torero José Ortega Cano olvide, por momentos y en otros brazos, la voz de su mujer y cantante fallecida, Rocío Jurado. Y haya permitido escuchar la malignidad sarcástica de los jurados.
Mundo mediático y globalizado, entonces, que recobra su identidad despersonalizada en estos acrílicos sobre tela, en estas esculturas de hierro grabadas con láser, donde ya no hay nombres conocidos o aspirantes a la fama, sino ademanes, gestos, posturas y quiebres, rubricados por una pintura ya sabia en su energía encauzada pero también curiosamente despojada de su veneno crítico y su sarcasmo social. Esos besos cinematográficos y esas gentilezas amaneradas nos brindan el saludable consuelo de una euforia, impostada si se quiere, pero muy real. Esa felicidad compensatoria de vivir en la pantalla, o de sentir en las ascéticas paredes de una galería de arte, la fuerza de ese «reality» en donde por fin todos alcanzamos a participar. En donde logramos intervenir, en un giro de la mirada, en la intensidad de un abrazo, en ese mundo, también esquivo para muchos, que es el arte.
Pero en este caso, no hay duda, Maripaz Jaramiilo, obtuvo su tangible sueño. La posibilidad de inventar un nuevo paso gracias al ardor de su activa inspiración.
Convergen, en la última muestra de Maripaz Jaramillo, muchos de los elementos proverbiales de su sólida trayectoria artística: el color expresionista, el papel determinante de la mujer, la fuerza de la cultura popular.
Juan Gustavo Cobo Borda
Agradecimientos a la artista y a la Galería Garcés Velázquez por todas las fotografías de la obra de María Paz Jaramillo que hicieron posible esta publicación