En el Museo Nacional de Colombia, una gran exposición en honor de la escultora Feliza Bursztyn
«Feliza Bursztyn: Elogio de la chatarra»
Por Germán Izquierdo Manrique
El Museo Nacional de Colombia le rinde homenaje una de las escultoras más vanguardistas del país con la muestra Feliza Bursztyn, elogio de la chatarra que se exhibirá hasta el 28 de febrero. La exposición es patrocinada, entre otros, por la Alcaldía Mayor de Bogotá, por La Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte, y una de sus entidades adscritas, el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural.
Todo es cuestión de inspiración (algo muy serio) y de soldadura». Después de dibujar sobre papel las formas que había pintado en su imaginación, Feliza Bursztyn aplastaba, martillada, soldaba el metal. Lo convertía en una escultura. El de Bursztyn era, a la vez, un trabajo artístico y de latonería. En una foto tomada en su taller, aparece sentada en una butaca soldando una curvada placa metálica. Lleva una máscara de soldadura, gruesos guantes de obrero y un collar de perlas en el cuello. Corrían los años sesenta cuando decidió que la materia prima de su arte sería la chatarra. En una entrevista concedida a El Tiempo en 1964:
Enrique Santos: Este proceso de modelar chatarra es lo menos delicado imaginable, retorcer y aplastar, latas, hierro, tornillos... Feliza Bursztyn:
Pero eso, en sí, es el arte: convertir una cosa en otra. Como Miguel Ángel, al convertir una piedra en una estatua. La transformación total de la materia, en el fondo, es eso.
Feliza Busztyn nació en Bogotá en 1933. Primero estudió pintura en el Art Students League de Nueva York y, con el escultor cubista ruso Ossip Zadkine, en la Academie de la Grande Chaumière de París. Luego trabajó con el artista francés César Baldaccini, quien usaba materiales como poliuretano, metal desechado y piezas de máquinas. Baldaccini ejerció una gran influencia en la obra de Bursztyn.
Fue hacia 1961 cuando Felisa empezó a trabajar con metales, pero al principio no tenía dinero ni para comprar chatarra. En la casa de Rogelio Salmona la artista encontró un cuarto repleto de latas de Nescafé. Éstas fueron el sustrato de su primera exposición, que se exhibió en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.
Los curadores de la actual exposición en el Museo Nacional, Camilo Leyva, Manuela Ochoa y Juan Carlos Osorio —quienes trabajaron con la coordinación de la Curaduría de Arte e Historia del Museo Nacional— afirman que «La obra de Feliza, muchas veces cuestionada por la experimentación con los materiales y el cambio de sentido en la representación, abrió la puerta a nuevas perspectivas en el ámbito escultórico colombiano y puede considerarse un caso irrepetible en nuestro arte moderno».
En julio de 1981 unos militares disfrazados de civil allanaron su casa. Revolcaron todo torpemente, buscando la espada de Bolívar (que no era chatarra), robada por el M-19. Detuvieron a la artista, le vendaron los ojos, la interrogaron. Según Gabriel García Márquez, «le preguntaron si conocía a algún escritor, y contestó que sí: a Hernando Valencia Goelkel. Le preguntaron si no conocía a otros, y contestó que sí, pero que no los mencionaba porque eran muy malos escritores.
Tres días después de su absurda detención un juez la acusó de tener un arma ilegal, una vieja Beretta que no funcionaba y que Feliza no había tocado nunca. Dos días después pidió asilo en México. Con el alma partida, salió de Colombia para siempre. Estuvo un tiempo en México y luego se marchó a París. El día de su muerte salió a comer con García Márquez , Mercedes Barcha y Enrique Santos. Gabo narra poéticamente el momento de su muerte:
Feliza, sentada a mi izquierda, no había acabado de leer la carta para ordenar la cena, cuando inclinó la cabeza sobre la mesa, muy despacio, sin un suspiro, sin una palabra ni una expresión de dolor, y murió en el instante. Se murió sin saber siquiera por qué, ni qué era lo que había hecho para morirse así, ni cuáles eran las dos palabras sencillas que hubiera podido decir para no haberse muerto tan lejos de su casa.
La exposición del Museo Nacional, que se enmarca en el Programa de Homenajes Nacionales, rememora a uno de los artistas más controversiales de su época. La obra de Bursztyn, vanguardista, poética, libertaria, no es conocida en su real dimensión. El nombre de la artista no aparece en Wikipedia, una mayoría ni siquiera ha escuchado su nombre. Esta exposición le abrirá a muchos los ojos, iluminará los hierros, la chatarra estética de Bursztyn, la artista soldadora.
De Gabriel García Márquez, un fragmento de Los 166 días de Feliza
[…] En El Tiempo] apareció una nota firmada con unas iniciales que coinciden con las del director del periódico, Hernando Santos, y en la cual se hacían dos preguntas sobre Feliza Bursztyn: «¿Por qué tuvo que irse? ¿Por qué fue víctima de un exilio incomprensible al cual hubiera podido escapar con dos sencillas palabra? Pero la nota no dice cuáles fueron esas palabras mágicas que acaso hubieran prolongado su vida»…
[…] Feliza Bursztyn tuvo que escapar de Colombia —como hubiera podido hacerlo el protagonista de El Proceso de Franz Kafka— para no ser encarcelada por un delito que nunca le fue revelado. El viernes 24 de julio de 1981 una patrulla de militares al mando de un teniente se presentó a su casa de Bogotá a las cuatro de la madrugada. Todos vestían de civil, con ruanas largas, debajo de las cuales llevaban escondidas las metralletas y estaban autorizados por una orden de allanamiento de un juez militar. Su comportamiento fue correcto, amable inclusive, y la requisa que hicieron de la casa duró casi cuatro horas, pero fue más ritual que minuciosa. Feliza y su esposo, Pablo Leyva, tuvieron la impresión de que eran unos muchachos inexpertos que no sabían lo que buscaban ni tenían demasiado interés en encontrarlo. Lo único que registraron a fondo fue la cama matrimonial, hasta el extremo que la desarmaron y la volvieron a armar. «Tal vez buscaban mis polvos perdidos», comentó más tarde Feliza con su humor bárbaro.
[…]
Se murió sin saber siquiera por qué, ni qué era lo que había hecho para morise así, ni cuáles eran las dos palabras sencillas que hubiera podido decir para no haberse muerto tan lejos de su casa.
La nota completa aparece en las páginas 269-277 de Notas de prensa, Norma. Este fragmento se publica con autorización del autor.
Histérica, Chatarra de acero inoxidable, 1968. Fotografía Ernesto Monsalve, Colección de Pablo Leyva.
Feliza soldando en el taller 1980. Fotografía de Rafael Moure, Archivo Pablo Leyva.
Feliza Bursztyn y obra. Fotografía de Rafael Moure (Circa 1979). Archivo Pablo Leyva.