Giangrandi:
«Pertenece a
aquel tipo de
artista
comprometido
profundamente
con su época y
su nombre está
intimamente
ligado a la
introducción y
difusión de la
gráfica en el
país»
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Carrera 12
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Bodegón
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CUERPO ES X CENARIO
Desde su llegada a Colombia, en 1966, Umberto Giangrandi ha estado integrado activamente a la plástica colombiana. Giangrandi pertenece a aquel tipo de artista comprometido profundamente con su época y su nombre está íntimamente ligado a la introducción y difusión de la gráfica en el país, cuyos aportes como artista y docente contribuyeron a configurar uno de los momentos más coherentes del arte colombiano: el desarrollo del grabado entre 1965 y 1975.
Dueño de un espíritu inquieto, Giangrandi se involucra de forma decidida en la vida cultural y política del país, cuyos paradigmas dominan gran parte de la década de los 70. Es el momento de las grandes discusiones en el arte, en cuanto a su participación y compromiso en el ámbito social, mediante una continua autocrítica en el papel del artista y su responsabilidad social, en su doble compromiso ético: el desarrollo de unos lenguajes y estrategias estéticas eficientes y su función ideológica en la arena de lo político y lo social: la obra gráfica fue el vehículo más expedito para dicho propósito y Giangrandi —junto a Rendón, Zárate, Arango y Granada— le otorgó su necesaria dimensión.
Pero los tiempos cambian y con él los paradigmas y referentes estéticos. El hito testimonial y de compromiso del artista entra en crisis. Los acontecimientos que durante los años ochenta suceden en el país sobrepasan las expectativas del arte. El ambiente se torna confuso. De la utopía revolucionaria que tiene lugar en el espacio público se pasa a la exacerbación del individuo, en el ámbito privado de la era del mercado y del neoliberalismo. El país se torna más complejo y los paradójicos acontecimientos que lo transforman decididamente cambian por completo el panorama socio–cultural del país.
La obra de Giangrandi registra plenamente estos cambios. Se podría argumentar, grosso modo, que su obra transita desde el espacio social hacia el espacio privado, donde trascurren los grandes dramas del individuo. El elemento aunador de este proceso es el espacio plástico. Así, desde la extraordinaria serie Espacios Vecinos (1968 – 1973), donde a partir del lavadero comunal ejercita una poética del espacio urbano marginal, se transforma luego en el espacio abierto del paisaje, la calle, la plaza; lugares donde acontece la protesta y beligerancia política. En esta dinámica del espacio exterior e interior, paulatinamente el espacio público va cediendo lugar al espacio arquitectónico intimista. Es allí donde el erotismo, la locura y las pasiones humanas tienen lugar. No es un intimismo burgués plácido y contemplativo: el suyo es dramático, claustrofóbico y decididamente marginal.
En este punto, Giangrandi accede a la pintura utilizando el monotipo como fundamento gráfico, en el cual el gesto y el color al ser impreso produce calidades pictóricas inusitadas. Aquí, su obra se emparenta con la gran tradición del siglo XX que registra la disolución del individuo en su intimidad (Bacon) y con el paso inexorable del tiempo y su huella definitiva en el cuerpo (Picasso).
En climas casi siempre nocturnos, sus personajes actúan en un espacio teatral, en el cual su existencia transcurre mostrándonos el drama íntimo de amor y dolor, deseo y desolación, narrándonos sus grandes conflictos y sus pequeñas historias. Figura y espacio dialécticamente relacionados predominan en la obra de Giangrandi durante muchos años.
Ajeno a las tendencias y modas que suceden en el mundo del arte, Giangrandi realiza su propia transformación. La legible estabilidad con que se entrelazan las figuras y espacios comienza a ceder, y con ella la unicidad de la lectura de la obra.
Explora entonces el espacio en sí mismo, cuando los cuerpos no ocupan un lugar seguro y el espacio es afectado por elementos ajenos a su ámbito, alterando así la lógica de la representación. Textos, letras, y otras imágenes intervienen el espacio, a manera de collage, para fragmentarlo y desestabilizarlo y así dar lugar a lo inesperado, lo paradójico que propicia otras posibilidades de lectura e interpretación.
En realidad estos recursos no son nuevos en la obra de Giangrandi: ya están explícitos en las obras de aquella legendaria exposición suya en la Gallerie de Bogotá en 1976. Ahora, sin embargo, la obra gráfica cobra otra vigencia. después de una corta temporada de residencia en Barcelona (1998), la gráfica adquiere otros giros ocasionados por los nuevos recursos de procesamiento de la imagen y de la fotografía como instrumento directo de captación de la realidad, lo cual confiere al artista la posibilidad de explorar ampliamente en la constitución de una imagen antes de ir al cliché definitivo.
Nuevamente aparece el espacio urbano, cuya información visual al ser transferida de la fotografía al papel de grabado es manipulada libremente. El proceso de fragmentación del espacio es aquí evidente. Sucede en la acción física de recortar fragmentos que a manera de partes de un todo se sustraen y se disponen libremente como en un juego de órdenes compositivos diversos. Giangrandi subvierte no solamente la unidad compositiva, sino también el carácter serial único de la obra gráfica. Nuevamente la ciudad y los espacios.
La figura es ahora imagen con su potencialidad significativa, interactuando en el espacio, no habitando en él. Un nuevo reto y otras expectativas. Los espacios actuantes de Giangrandi están al orden del día.