De pequeño genio
a grande de la música
de todos los tiempos
Por Fernando Toledo
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Mozart, grabado de Johann Georg Mansfield, El Joven, Según Leonard Posch, 1789
Este año se celebran doscientos cincuenta del nacimiento en Salzburgo de Wolfgang Amadeus Mozart. De uno de los más gloriosos compositores de toda la historia del arte musical que trajinó los vericuetos de muy diversas formas melódicas para dejarle al mundo una obra, revolucionaria en su momento, de colorido, riqueza armónica, destreza rítmica y originalidad únicas.
Eso, sin contar con que fue un pianista excepcional, un brillante director de orquesta y, en una palabra, un superdotado para la música de quien se narran historias tan asombrosas como la ocurrida en Roma cuando, con sólo 14 años, transcribió de memoria, poco después de haberlo escuchado por primera vez, el Miserere, de Allegri, cuya ejecución no estaba permitida fuera de la Capilla Sixtina y cuya partitura no podía ser sacada del Vaticano bajo pena de excomunión. Los trabajos de quien comenzó su vida como niño prodigio gozan, en particular después de que en el siglo pasado se subsanó un cierto abandono decimonónico, de un singular favoritismo por parte de los públicos masivos y, desde luego, de la élite intelectual.
El propio autor dice en una carta que compone «para que le resulte ameno a los inexpertos y con las suficientes sutilezas para conseguir sorprender a los versados ». Y tiene razón: es difícil no dejarse llevar por una emoción casi corrosiva cuando en la penumbra de una sala de concierto, en un teatro o en casa, cualquier oyente se ve envuelto por la magia de la música de Mozart, en particular por aquella concebida en los últimos años de su vida en la que se evidencia una genialidad sin parangón. Casi todo en Mozart fue precoz, hasta la muerte que le llegó a los 36 años. De niño se topó en el palacio imperial de Viena con María Antonieta, la futura reina de Francia; antes de cumplir diez años recibió el homenaje en la corte de Versalles, de Luis XV y de los reyes de Holanda; fue aplaudido por Jorge III de Inglaterra y por los príncipes electores alemanes, y fue condecorado por el Papa siendo apenas un adolescente. Sus primeras obras datan de cuando tenía cinco años y empezaba a pisarle los talones la nombradía de ser un niño prodigio.
Es preciso registrar, sin embargo, que su mayor suerte fue, tal vez, su gran desgracia. El hecho de que su padre fuera maestro de capilla de la corte arzobispal de Salzburgo y hubiese escrito un tratado sobre el violín determinó una proximidad muy fructífera con la música, pero trazó un destino, en una paradoja, marcado por la inadaptación. Desde muy pronto se estableció entre ambos una relación de dependencia no exenta de recelo; a su turno, el progenitor exhibió al niño como a una curiosidad en un evidente aprovechamiento que implicó, amén de unos altísimos niveles de exigencia, el descuido de una educación sólida y la exposición a un exceso de adulaciones y de lisonjas que sentaron las bases de una adultez desbarajustada.
Después de una primera juventud sellada por el infortunio de haber dejado de ser observado como portento o quizás como rareza, y por el difícil trato con el Arzobispo Colloredo, a quien le sirvió como Maestro de Capilla, Mozart consiguió revelarse, encontrar los caminos de la emancipación, establecerse en Viena, casarse y, a pesar de una inestabilidad que le era consubstancial y del doloroso alejamiento con el padre, desarrollar su obra más significativa. No pocos vieneses fueron conscientes de su talento y entre ellos el emperador José II y otros personajes del mundillo aristocrático, alguno de los cuales determinó su ingreso a la masonería, siempre en busca de un equilibrio emocional.
Si bien la aportación de Mozart, incluidas las obras de infancia, es imprescindible, a partir de la Misa de la Coronación, de 1779, surgió uno de esos lapsos, que se dan pocas veces en el ámbito de la creación, en el que las inmensas posibilidades de un hálito genial se conjugaron para producir una obra que hace honor al nombre de “amado de Dios” con el que lo bautizaron y que incluye, entre otros portentos, la Sinfonía concertante; las últimas seis sinfonías; las grandes óperas, como El rapto en el serrallo, Las bodas de Figaro, Cosí fan tutte, Don Giovanni y La flauta mágica; varios conciertos para piano; la Misa en do menor; elRéquiem y numerosas composiciones de cámara.
No es entonces gratuito que con diversos actos y con una programación de sustancia —incluidos varios conciertos de la orquestas Filarmónica de Bogotá y Sinfónica de Colombia y un par de versiones de Don Giovanni realizadas por dos compañías nacionales de ópera— el mundo festeje el aniversario doscientos cincuenta del nacimiento de un fenómeno de la inspiración o de un milagro, cuyo legado permite, como pocos, vislumbrar la felicidad.