Un lápiz como un tigre entre las manos
Dice Pedro Alejo Gómez sobre la Casa de Poesía Silva y sus veinte años
I
Desde la vasta llanura de Nazca –inmensa entre sus vientos
que comenzaron hace milenios– con su araña colosal solo
visible desde la Gran Altura, y que es Orión entre los
hombres, hasta Tiahuanaco; desde Chichen Itzá hasta
Stonehenge con su certera disposición de reloj sin agujas,
los más sabios templos fueron observatorios.
Eran la Obra de quienes escrutando en la transparencia de
la Gran Noche como a través de una densa opacidad —que
apenas permite entrever vagas sombras donde hay nítidas
cosas mayores— indagaban el misterio portentoso de los
astros en la cambiante encrucijada de sus rutas, igual que
vigías asombrados en la más grande carabela, poblada de
selvas y ríos, de montanas y ciudades y de sentinas del
tamaño de cavernas.
Sus sílabas en piedra —fulgurantes de exactitud en la cifra
de la coincidencia— son la perdurable anotación con que
sus arquitectos daban cuenta de que hablaban el mismo
lenguaje del cielo. Desconocemos sus rostros y sus nombres
están más allá de toda conjetura, pero sabemos que
hablaban a la especie.
Esos templos -con su disposición de máquinas de ver,
abiertas a la intemperie bajo la bóveda errante de los cielos,
irisada con la pregunta centelleante de los astros— eran
como la cofa de mástiles de barco redondo y suspendido en
el universo. Y la noche era el mar de sus navegaciones y el
crepúsculo —que era su alba— daba como una orilla a Sirio,
a la Cruz del Sur, a la Vía Láctea, a las constelaciones al
alcance del ojo.
II
Plotino dijo que “el ojo no podría ver el sol si no fuese en
cierto modo un sol”. El razonamiento puede multiplicarse
indefinidamente: tampoco podría ver un pájaro si no fuese
en cierto modo un pájaro. Y así sucesivamente. Si ello es así
el ojo es un universo y los hombres son territorios y sus
recuerdos son sus fronteras.
Esta casa es otro observatorio. Su asunto es el Hombre, la
vida con todo su esplendor y toda su miseria. La poesía es
el rastro de otras observaciones. Otra es la arquitectura de
quienes con lápices y plumas buscan dar forma entre los
hombres a la dura materia del tiempo. Otra es su huella: es
el relámpago imperecedero que queda cuando las palabras
hablan el idioma de la verdad.
Igual que a los astros los hombres están sometidos a la otra
intemperie de sus pasiones.
Otros son los planetas que aquí se observan: el amor de
Dante “que mueve el sol y las demás estrellas”, la tristeza y
el odio, el tedio, el miedo con sus sombras al alcance de la
mano, la sensualidad, el júbilo con sus relámpagos.
Si hay tempestades en la naturaleza, si hay cataclismos de
astros, ¿cómo no va a haberlos en el corazón de los hombres?
Todos los nombres de la tempestad le caben a las pasiones:
desde las galernas hasta los vientos huracanados que
levantan de dolor los recuerdos de sus lugares de siempre.
En los templos se invoca a los dioses. En esta Casa al
Hombre. Quien reflexiona ora por los hombres. La poesía es
una plegaria por la dignidad del Hombre.
III
Quien quiera que vaya a edificar una casa comienza por
escoger su lugar: esta Casa está edificada en el tiempo.
Escoge luego los materiales. Esta Casa esta hecha de
poesía, lo dice su nombre.
Esta casa es más amplia que sus dos patios a la vista. Solo
sumando recuerdos se puede dar idea de su tamaño.
Esta Casa ha desbordado sus linderos: es visible desde
muy lejos como las torres de las ciudades que anuncian a
los visitantes la proximidad o como las insignias en lo alto
de la arboladura de los barcos que arriban a puerto.
Varias son sus travesías: fue a dar hasta la Casa del poeta
López Velarde en México; en Venezuela apareció en la Casa
Pérez Bonalde y en Perú llegó a la Casa Eguren; y luego,
cruzando el mar, alcanzó tierra en España, en la Casa de
los Poetas de Sevilla. Todas ellas reproducen su modelo.
Parte de su historia es singladura. Su sello es el de una
manufactura de recuerdos.
IV
Todo es Troya con sus ciudades al fondo.
Ayer no más, aquí en esta Casa, un hombre que habría de
morir a los 31 años sin un solo libro publicado, asomado a
un recuerdo comenzó a escribir: “Una noche,
Una noche toda llena de murmullos, de perfumes
y de músicas de alas,
Una noche…”
La transparencia es el otro nombre de Troya.
Esta casa, lo digo otra vez, está edificada en el tiempo.
V
Aristóteles en la Poética declaró que “la poesía es algo más
serio y merece más nuestra atención que la historia,
porque mientras la poesía concierne a verdades universales
la historia trata de hechos particulares”.
Hay razones y motivos. Esa es una razón para siempre.
La sangre es el precio con que la historia paga su deuda a la
poesía. Hemos visto torrentes.
Siempre será cierta la admonición del poeta libanés
Adonis: “El futuro será poético o no será”. Ahora inquieta
más que nunca.
VI
El Zohar —El libro del esplendor— afirma que “Las palabras
no caen en el vacío”. Es irrelevante si su autor fue
Simeón bar Yohai o Moisés de León, en Granada hacía
1305. La incertidumbre sobre el hombre detrás del libro le
da a la línea su acabado sentido.
“Estamos en el bosque y la noche cae” —dijo Jean–Baptiste
Botul en la selva del Paraguay—. “Una noche sin fin nos
amenaza si nuestros cantos no despiertan la aurora”.
Hace más de dos mil años se oyó bajo la noche constelada
de Atenas la voz plural del coro decirle a Edipo: “Los dioses
que te hirieron te levantarán de nuevo”.
Era la voz misma de la poesía.