Una argentina, que ha preferido permanecer anónima, mandó este texto a Ciudad Viva, sobre sus experiencias viviendo en la civilizadísima Suecia.
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Bandera, Acrílico sobre Lienzo de Ernesto Bertani
Ya voy para 18 años que estoy aquí, en Suecia, trabajando en Volvo, una empresa sueca. Trabajar con ellos es una convivencia que, como mínimo, debo calificar de interesante. Cualquier proyecto aquí demora dos años para concretarse, aunque la idea sea brillante y simple. Es la regla. Nuestros procesos globales, causan en nosotros aflicciones por lograr resultados inmediatos (cuando digo nosotros pienso en brasileños, norteamericanos, australianos, asiáticos) y una ansiedad generalizada, en tanto y en cuanto nuestro sentido de urgencia no se calme con éxitos en un corto plazo. Los suecos discuten, discuten, hacen numerosas reuniones, evalúan, ponderan... y trabajan en un esquema mucho más slow down. Lo peor es constatar que, al final, acaban siempre acertados en el tiempo de ellos, con la madurez de la tecnología y de la necesidad.
Y veamos esto:
1.- El país es del tamaño de São Paulo; menor que la provincia de Buenos Aires.
2.- El país tiene 10 millones de habitantes; menos que la Capital Federal Argentina, con 13 millones.
3.- Su mayor ciudad, Estocolmo, tiene 850 000 habitantes, la tercera parte de Curitiba, en Brasil.
4.- Empresas de capital sueco son: Volvo, Scania, Ericsson, Electrolux, ABB, Nobel, Biocare...
Nada mal, ¿no? Para tener una idea, la Volvo fabrica los motores propulsores para los cohetes de la Nasa. Digo para los demás grupos globales: Los suecos pueden estar equivocados, pero son ellos lo que tienen buenísimos salarios. Una latina residente en Suecia Una argentina, que ha preferido permanecer anónima, mandó este texto a Ciudad Viva, sobre sus experiencias viviendo en la civilizadísima Suecia. Entretanto, vale resaltar que hasta hoy no conozco un pueblo que tenga mas cultu-ra colectiva que ellos. Voy a contarles una breve anécdota solo para darles una noción de a qué me refiero: En mi primer viaje, para allá en los años 90, uno de mis colegas suecos me pasaba a buscar por el hotel toda las mañanas.
Era septiembre, mes de frío leve y neviscas, llegábamos temprano a la sede de Volvo y él estacionaba el automóvil bien lejos de la puerta de entrada (son 2 000 empleados, todos con coche). El primer día no dije nada, ni en el segundo, ni tercero... Después, con un poco más de confianza, una mañana pregunte: «¿Tienes un lugar asignado para estacionar aquí? Noto que, aunque llegamos temprano y el estacionamiento esté vacío, vos dejás el auto allá en el fondo...” Y él me respondió simplemente así: «Es que como llegamos temprano tenemos tiempo de caminar. Aquel que llega más tarde ya va estar atrasado, mejor que estacione más cerca de la puerta, así camina menos. ¿No estás de acuerdo?» ¡Se pueden imaginar mi cara! Esta fue la primera, pero... sirvió para que yo reviera bastante mis preconceptos...
Hoy hay un gran movimiento en Europa, llamado Slow Food. La Slow Food International Association —cuyo símbolo es un caracol— tiene su base en Italia. Lo que el movimiento Slow Food pregona es que las personas deben comer y beber lentamente, saboreando los alimentos, compartiendo su preparación, conviviendo con la familial, con amigos, sin prisa y con calidad. La idea es la de contraponerse al espíritu del Fast Food y a lo que él representa como estilo de vida. La sorpresa, entonces, es que ese movimiento de Slow Food está sirviendo de base para un movimiento más amplio llamado Slow Europe, como publicó la revista Business Week en su edición europea. La base de todo está en ecuestionamiento de la prisa y de la locura generada por la globalización, por el anhelo de la cantidad a tener en contraposición a la calidad de vida o la calidad de ser. Según Business Week, los trabajadores franceses, aunque trabajan menos horas (35 horas por semana), son más productivos que sus colegas americanos o ingleses. Y los alemanes, que en muchas empresas instituyeron una semana de 28,8 horas de trabajo, vieron su productividad crecer nada menos que un 20%.
Esa llamada slow attitude está generando la atención hasta de los americanos, apologistas del Fast (rápido) y del do it now (hágalo ya). Por lo tanto, esa actitud sin prisa no significa hacer menos, ni una menor productividad. Significa, sí, hacer las cosas bien y trabajar con mayor calidad y productividad, con mayor perfección, atención a los detalles y con menos estrés. Significa retomar los valores de la familia, de los amigos, del tiempo libre, del placer y de las pequeñas comunidades. Del lo local, presente y concreto, en contraposición a lo global — indefinido y anónimo—. Significa retomar los valores esenciales del ser humano, de los pequeños placeres de lo cotidiano, de la simplicidad de vivir y convivir. Significa un ambiente de trabajo menos coercitivo, más alegre, más leve o ambiente liviano y, por lo tanto, más productivo, donde seres humanos felices hacen, con placer, lo que mejor saben hacer.
En esta semana, me gustaría que pienaran un poco sobre esto. ¿Será que los viejos dictados de Despacio se va más lejos o si no La prisa es enemiga de la perfección merecen nuevamente nuestra atención en estos tiempos de desenfrenada locura? ¿Será que nuestras empresas deberían también pensar en programas serios de calidad sin prisa, hasta para aumentar la productividad y la calidad de los productos y servicios, sin perder necesariamente la calidad de ser?
Nadie tiene más, o menos de 24 horas por día. La diferencia es cómo y qué hace cada uno con su tiempo. Precisamos saber aprovechar cada momento porque, como dice John Lennon: «La vida es aquello que acontece en tanto que hacemos planes para el futuro».
Felicitaciones por haber leído hasta el final. Muchos no llegarán a leer hasta aquí, porque no pueden perder su tiempo en este mundo globalizado.