Se llama La Pila y sus dimensiones lo convierten, de hecho, en el barrio más pequeño de Bogotá: tiene 43 metros por el norte, 39 por el sur y el occidental, y 42 por el oriente. Ubicado en la localidad de Santa Fe, en la inclinada carrera 3ª Este con calle 3ª. Este lugar que, aunque oficialmente no figura como barrio, ya se ha autoproclamado como tal: No hace parte de El Guavio —un pesebre gigante que echó raíces en una loma unos metros al oriente— ni del barrio Lourdes, situado al occidente. Los pasos que recorren el camino–vericueto que conduce a él todavía huelen a barro pisado y ladrillo fresco. Olor que viene desde 1930 cuando, en el territorio donde hoy tienen cimiento las 22 casas de este barrio, funcionaba un chircal. A unos metros de los charcos y los hornos estaban los ranchos de adobe de los obreros que amasaban el barro con los pies y luego lo convertían en tejas y ladrillos. En 1971, el chircal desapareció para dar paso a una avenida: la 3ª Este. Con ese recuerdo aún latente, José Ignacio Roa cuenta cómo su abuela, Rosa Pineda, le enseñó a trabajar en ese oficio cuando él apenas era un niño. Fue por aquellos días, en los años 60, cuando este hombre de 56 años supo que allí pasaría el resto de su vida viviendo, soñando, amando y, sobre todo, luchando por mejorar su condición.
Hoy viven 50 personas en estos terrenos que, aunque no son grandes, les ha brindado inmensas alegrías. La nueva generación de La Pila, antes niños dedicados a jugar en esas polvorientas calles, hoy adultos con hijos y cónyuge, construyó las nuevas casas. “Compramos ladrillos de segunda, de la demolición del antiguo barrio Santa Bárbara, y con eso echamos los cimientos de nuestros hogares,” cuenta José Ig- Historias de un pequeño barrio Localizando nacio. Ocho casas se levantaron y, 35 años después, suman 22, donde viven 25 familias. Al comienzo fue duro vivir allí: No tenían luz, agua, ni teléfono, ni tampoco escrituras. Sólo contaban con sus manos y con la fuerza que Dios les dio para trabajar. Así, pidieron al Estado servicios domiciliarios, y se los fueron dando de a poquito. Lo primero que llegó, a falta de acueducto, fue una pila comunitaria. La administración local les dió materiales y asesoría técnica, y ellos pusieron la mano de obra.
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Fue entonces cuando bautizaron al terruño con nombre propio: “Este barrio se llamará La Pila,” en honor a esa fuente de agua, que todavía está en la memoria de los más viejos. Cuatro personajes que nacieron, se criaron y crecieron allí, mandaron la parada en la comunidad: Hernando Moreno, Carlos Herón José Ignacio Roa y Álvaro
Parada (quien ya murió). A ellos los asesoraron algunas entidades como el Cinep (Centro de Investigación y Educación Popular) sobre cómo conseguir las escrituras de sus casas. Así, recientemente la Caja de Vivienda Popular les legalizó sus tierras.
Son casas que hoy tienen tres y hasta cuatro pisos, con salas ordenadas y pulcras, baños impecables y cuadros de sus héroes de carne y hueso, como la foto del Che Guevara que vigila, con noble mirada, a quienes entran al hogar de Roa. Los triunfos cívicos de La Pila se deben a su siempre solidaria junta comunitaria. Es una cofradía de vecinos que no desampara su barrio ni de noche ni de día: se ayudan si alguien necesita echar pañete o pintar sus paredes, o vaciar una plancha para aumentar un piso. Los ladrones no se atreven a robar allí. “Lo bueno de La Pila es que todos estamos en todo y todos nos ayudamos a todos,” explica doña Isabel viuda de Molina. Cercanía entre vecinos, solidaridad, muchos años de convivencia y familiaridad, son algunas las ventajas de vivir en La Pila. Eso lo saben los más jóvenes: “Somos como una gran familia. Si alguien está mal, hay que ayudarlo porque acá nacemos y crecemos juntos,” afirma Willington Ortiz, de 22 años. Claro que no todo es color de rosa en un barrio pequeñito: “Lo único malo es que si uno hace algo, todos se enteran ahí mismo” –risas– dice Sonia Sáenz Fagua, una joven que nació en La Pila, donde conoció en su niñez a Leonardo Roa, su esposo y padre de Santiago y Samuel, sus retoños.
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Los domingos retumban al son de una ranchera o un vallenato, de fondo a jocosas tertulias vecinales, que siempre requieren una fría para mojar la palabra. Es que no hay que salir de La Pila para divertirse: ahí está la tienda La Pila, donde no faltan esas buenas agrias que reparten doña Isabel y su hija, Dora Molina —la dueña— y un negocio sin nombre, que montó en su casa José Galindo, donde venden las dos pes: pola y pelanga.
Así transcurren los días en este mini-barrio que respira alegría, paz, fraternidad y camaradería, en el que no hay viciosos ni ladrones, y sobra el ambiente guapachoso, las señoras que ríen a carcajadas y los niños que corren por las recortadas esquinas de un sector donde, con seguridad, envejecerán después de muchas luchas y alegrías.