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El libro de las celebraciones (de 56 personajes)
Curadores y editores:
Jineth Ardila, Santiago Mutis Durán
y Juan Manuel Roca
Fundación Domingo Atrasado
Bogotá, 2007
278 páginas
Por Eduardo García Aguilar
En El Libro de las Celebraciones sólo aparece una foto: el retrato de Fernando González,
hecho por nuestro director,
Guillermo Angulo.
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Jineth Ardila, Santiago Mutis Durán y
Juan Manuel Roca, quienes siempre
están listos para emprender con generosidad
los proyectos más utópicos en
favor del arte y la poesía, lograron hacer
realidad el libro más bello y necesario.
Se trata de El libro de las celebraciones,
editado por la Fundación Domingo
Atrasado, y en el que los tres curadores
del proyecto convocan a más de cincuenta
autores colombianos para escribir
un homenaje personal a su figura
querida del arte, las letras o el pensamiento
de Colombia en el siglo XX.
En un país tan terrible como el nuestro,
donde la ley es el olvido y el ostracismo
para la gente que dedica su vida a
ejercer el arte, a enseñar, a amar, a cantar,
a cuidar la naturaleza, y donde por el
contrario se encumbra y se premia a los
pillos y asesinos, rescatar a esos hombres
y mujeres buenos —en el buen sentido
de la palabra «bueno»— era necesario
para que, desde el más allá o el más acá,
nos den energía renovadora para vivir en
estos tiempos difíciles.
Muchos de ellos brillaron al mismo
tiempo que llevaban una vida modesta
como maestros u oficinistas, sorteando
los dramas del exilio, la pobreza, la enfermedad,
el olvido o la incomprensión.
Algunos publicaron sus obras en ediciones
modestas, emprendieron proyectos
de revistas efímeras que hacían con las
uñas, dieron clase con pasión a alumnos
que los recuerdan, o lucharon contra
la injusticia del país como se lucha contra un monstruo invencible de mil
cabezas.
Sus voces se escuchan todavía
en cafés como El Pasaje, el Saint Moritz
o El Colonial de Bogotá. Esos viejos
nuestros caminan aún fantasmales por
la Séptima, del brazo de sus amigos o
sacudiéndose de la lluvia del siglo XX
—todavía por armar— con paraguas y
sombrero Stetson.
Cuando por fin me llegó el libro a
París, me senté a devorarlo en el café
Sarah Bernhardt, en la Plaza de Châtelet,
junto al río Sena y con los torreones
puntiagudos del Palacio de Justicia al
frente, mientras ardía el sol de junio.
Desde lejos y en ese lugar privilegiado
las palabras de la tierra me llegaban
mucho más dulces o más amargas, y
brotaban de las páginas con peligrosa
efectividad, como puñetazos de boxeador
o revelaciones angustiosas de ese
inmenso rompecabezas cultural que es
el siglo XX en Colombia.
Pasar revista a esas figuras entrañables
y verlas salir desde la humareda del desastre
renueva hasta al más escéptico.
Ahí están los retratos de quienes nos
dejaron hace tiempo, como Ciro Mendía,
Fernando González, León de Greiff,
Luis Vidales, Aurelio Arturo, Jorge Zalamea,
Leo Matiz, Alejandro Obregón,
Fernando Charry Lara, Manuel Zapata
Olivella, Jorge Gaitán Durán, Héctor
Rojas Herazo, Pedro Gómez Valderrama,
Enrique Buenaventura, Hernando
Valencia Goelkel, René Rebetez, Feliza
Bursztyn, Estanislao Zuleta, Ignacio
Chávez, R. H. Moreno Durán, Miguel de
Francisco, Jorge García Usta, César Pérez
y Andrés Caicedo, para mencionar
sólo a algunos.
Cada retrato es un mundo: ahí está
el viejo loco Fernando González fotografiado
y contado por Guillermo Angulo,
muy real, lejos del mito y la leyenda.
Volvemos a ver ese personaje lleno de luz que era Leo Matiz, convertido
ahora en celebridad mundial del arte
fotográfico, y además el hombre más
modesto y sencillo. Jaime Echeverri nos
cuenta un instante en la vida de un oficinista
discreto que tomaba tinto en El
Pasaje y se llamaba Aurelio Arturo. Juan
Manuel Roca nos habla de Alejandro
Obregón, ese otro generoso a flor de piel
y amigo que iluminaba todo a su alrededor
con afecto y whisky.
Nicolás Suescún nos presenta a Hernando
Valencia Goelkel, figura ponderada
que dijo lo que tenía que decir y es
ejemplo de rigor y ética intelectuales. Lisandro
Duque nos cuenta, con la maestría
narrativa y la vena humorística que
lo caracteriza, la vida de su amigo el cineasta
español José María Arzuaga, quien
vino a Colombia por loco y se quedó, malogrando
tal vez una gran carrera cinematográfica.
Y volvemos a ver a Ignacio
Chávez, el hombre abierto y tolerante que
recibió la estocada del infame régimen
actual como pago por una vida de entrega
a la palabra y a la amistad.
Entre los vivos Gustavo Álvarez Gardeazábal
nos presenta a Otto Morales
Benítez, una fuerza proteica que debió
ser presidente. Joe Broderick nos trae al
sorprendente Fernando Oramas, Ignacio
Ramírez a Antonio Samudio, y hay semblanzas
de Germán Espinosa y Teresita
Gómez, de Andrea Echeverri y Efraim
Medina, dos necesarios niños terribles de
la cultura colombiana en movimiento.
Pero el texto que más me conmovió,
por su belleza romántica, gótica y erótica,
y sin duda uno de los más logrados
del libro, es el de Patricia Restrepo, quien
nos entrega en carne viva los últimos días
y horas de Andrés Caicedo, ese ídolo de
leyenda que conquistó la eternidad por
su gesto de rebelión total, al suicidarse el
mismo día en que salió su primera novela,
Que viva la música, clásico de la literatura
colombiana.
Minuto a minuto vemos a esos dos
muchachos enamorados, iconos de una
generación desbocada cuyo fulgor en
los años setenta está por revisar, contar
y reactivar.
Los tenis rojos de Patricia en
el sepelio son el símbolo de la más absoluta
soledad de la generación de los
nacidos en los años cincuenta, quienes
se quedaron para sobrevivir, encanecer,
envejecer, engordar, cuando habían soñado
con hacer explotar el mundo con
arte, cine, poesía, rumba, sexo y ron.
Los jeans que Patricia se quita en el
estoico nido de amor, sus cuerpos desbocados en un lecho de piedra, la forma
peculiar y excéntrica de bailar la
salsa, las cartas de amor, las pataletas de
los enamorados, salen de esas pocas
páginas para quitarnos la respiración y
revelarnos el desastre generacional de
sobrevivir y envejecer en el caos de la
superboba patria.
En fin, en este primer volumen de El
libro de las celebraciones aparecen más
de cincuenta personajes que debemos
abrir y explorar para entender un poco
el hecho de ser colombianos y no morir
en el intento. Es un libro necesario
para tratar de entender la cultura colombiana
del siglo XX, con sus aristas,
sombras, destellos y desfallecimientos.
Ese siglo que en su crepúsculo nos dio
la sorpresiva voz mítica de Andrea Echeverri,
leyenda viva cuyo retrato, escrito
por su homónima Andrea Echeverri Jaramillo,
abre puentes entre dos generaciones
rebeldes. Este penúltimo texto
nos hace visitar la creativa Colombia
underground, donde vibra la fuerza artística que pasa de generación en generación
y se transmuta en el inmenso
dragón sediento de futuro.
En las nuevas entregas aparecerán sin
duda muchos más personajes que están
por contar, como Danilo Cruz Vélez,
Darío Mesa, Maruja Vieira, Meira del
Mar, Jaime García Maffla, Harold Alvarado
Tenorio, Fernando Denis y Ramón
Illán Bacca, entre muchos otros que nos
acompañan, y eso sin contar decenas y
decenas de los que se fueron y aún no
nos han revelado todos sus secretos.
Colombia arde en estas primeras
278 páginas de sorpresas inolvidables,
mostrándonos que el dragón de la
cultura colombiana está vivo: León de
Greiff, Fernando Charry Lara, Andrés
Caicedo, Alejandro Obregón y Enrique
Buenaventura, desde el firmamento,
nos incitan a seguir su camino para conjurar
la mansedumbre de estos tiempos
dominados por los peores asesinos y
bandidos disfrazados de padres de la
patria.