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Guía literaria de Bogotá
Por Germán Izquierdo Manrique
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En este libro está la ciudad enana de
calles de piedra, de capillas, de señoras
rezanderas, de comida y cena y
postre de papayuela, y zaguanes y casonas
de tres patios, seis cuartos, sala,
comedor y un solo baño. Pero también
se encuentra una capital más grande
que terminaba en la calle 26, y la Bogotá
que ya se había tragado a Chapinero
y finalizaba en la calle 72. Se describe la
desbaratada ciudad de los años setenta
y ochenta, de tiendas amarillas, buses
echando un humo negro y taxis negros.
Una verdadera guía literaria de una
ciudad como Bogotá debe tener muchas
perspectivas, diversas visiones,
personajes, episodios memorables. La
Guía literaria de Bogotá, editada por
Aguilar, la Alcaldía Mayor de Bogotá y
Bogotá Capital Mundial del Libro está
conformada por una gran cantidad de
textos escritos por José Asunción Silva,
Antonio Caballero, León de Greiff, Ricardo
Silva, Alberto Lleras, Luis Fayad
y García Márquez, entre otros.
El libro tiene cuatro rutas temáticas:
atmósferas, andares, personajes y episodios.
En «atmósferas» se encuentran,
por ejemplo, los cerros de Monserrate
y Guadalupe descritos por Laura Restrepo
en su novela Delirio, la Sabana de Bogotá según William Ospina, las instrucciones
para lanzarse del Salto del Tequendama
de Daniel Samper Pizano.
En la ruta «andares» se describen la
carrera séptima, la peregrinación de un
viaje en tranvía según Lucas Caballero,
la caótica carrera décima vívidamente
contada por Luis Fayad en Los parientes
de Ester. En un escrito tomado de la
novela Sin remedio, Antonio Caballero
cuenta: «La carrera trece es un corredor
de agonía, un encajonamiento de
luces de neón surcado por los buses que
pasaban iluminados como altares en la
semana santa».
Los personajes son muchos y muy
variados. Están desde el chicharronero
(matador de cerdos) y el barbero lechuga,
peluquero de los virreyes, hasta
Camilo Torres y el Che Guevara.
También los episodios memorables
como el 9 de Abril, narrado en el libro
desde el testimonio del entonces estudiante
Gabriel García Márquez, o el
maravilloso relato de Alfredo Iriarte
sobre una insólita partida de ajedrez
jugada entre bogotanos y antioqueños.
Cuenta Iriarte: «[…] la condición era
que ninguno de los dos equipos viajaría.
Las partidas se jugarían por telégrafo
».