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La Constitución del 91, un libro vivo
En Colombia hay tres maneras de asumir la Constitución Política de 1991.
Hay quienes han decidido desconocerla en términos absolutos y
rebelarse contra ella [...].
Otros [...] pretenden reversar los avances y
desconocer los alcances de la Carta del 91. Creen en el centralismo,
el autoritarismo y muchos rasgos que, de una u otra manera, van
haciéndole perder los espacios democráticos que desarrolló [...].
Y quienes estamos plenamente comprometidos con un Estado Social de
Derecho, la defensa de la Constitución del 91 y su desarrollo.
Luis Eduardo Garzón
Discurso de posesión
como alcalde mayor de Bogotá
Por Otty Patiño
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Este 4 de julio la Constitución de 1991
cumple 16 años de haber sido promulgada.
Durante ese tiempo Colombia
ha sido gobernada por cuatro presidentes
pero ninguno de ellos asumió plenamente
la instauración del mandato
fundamental, la construcción de un estado
social de derecho. Por el contrario, incómodos
por los alcances democratizadores
del mandato constitucional, promovieron
reformas, impulsaron leyes y firmaron
decretos que derogaban, mutilaban,
aplazaban o negaban la aplicación de
la Carta Política. Fue así como en el año
pasado, durante la celebración de sus
quince años, ya se contaban 22 enmiendas
constitucionales. Pese a ello, la Constitución
de 1991 sigue siendo un libro vivo.
Un libro vivo gracias a la gente que
ha hecho valer sus derechos fundamentales
usando instrumentos como la tutela.
Miles de colombianos y colombianas
permanecemos con vida porque, constitución
en mano, pudimos exigir a las
entidades de salud el cumplimiento del
deber sagrado con la vida. Miles de colombianos
y colombianas han podido
cursar la educación básica porque evitaron
la expulsión o la exclusión del sistema
educativo valiéndose de la protección
constitucional. Miles de colombianos y
colombianas han podido evitar los abusos
de los más poderosos porque se han
amparado en el derecho a la igualdad
efectiva que garantiza la Carta del 91.
También un libro vivo por los mandatarios
locales y regionales que han demostrado,
constitución en mano, que
en Colombia se puede gobernar y gobernar
bien, que la Constitución del 91
no es una constitución para ángeles; le
viene como anillo al dedo a los hombres
y mujeres solidarios, con voluntad de
paz, justicia social, democracia, que somos
la mayoría en esta nación.
Y es un libro vivo gracias al reconocimiento
que hizo de la diversidad y de la
pluriculturalidad en nuestro país. Sectores
y poblaciones antes desconocidos o
excluidos hicieron presencia en los espacios
públicos y en los espacios institucionales.
La Asamblea Constituyente misma
fue un mosaico que reflejaba ese país con
más fidelidad que ninguna otra expresión
representativa.
Los pueblos indígenas
contaron, en la elaboración de la nueva
constitución, con tres merecidos escaños;
sacaron adelante reivindicaciones
políticas aplazadas o negadas por 500
años de dominio colonialista. El mito de
un país bipartidista se empezó a derrumbar
con la fuerte presencia de otras expresiones
políticas. Personajes de la vida
nacional como Álvaro Gómez, un conspicuo
representante de las ideas conservadoras,
tuvieron la osadía de rebelarse
contra las fuerzas tradicionales, fundaron
movimientos nuevos y demostraron
que ni siquiera ellos, los elegidos, cabían
ya en el marco de las viejas instituciones
partidarias. Gracias a la revelación de
nuevas opciones religiosas y a las posturas
laicas, la Constitución del 91 le dijo
adiós al país confesional de la Constitución
de 1886.
La Constitución del 91 es un libro
vivo pero amenazado por la hoguera
que han encendido quienes todavía
añoran el estado de sitio, el centralismo,
la supremacía de las razones de estado
sobre los derechos de las personas, el
desconocimiento de las diferencias y de
la diversidad ideológica y cultural de los
habitantes de Colombia. La Constitución
de Núñez dejó una impronta, una
tara cuyos efectos no son fáciles de sobrepasar;
hemos vivido un país constreñido
culturalmente, agredido psicológicamente,
sometido políticamente y
estratificado socialmente. No es de extrañar
entonces que la violencia no haya
sido erradicada por los acuerdos de paz,
los continuos desarmes ni el clamor por
la reconciliación.
Y es que la violencia colombiana no se expresa solamente en
lo que se ha denominado el conflicto
armado; es amargo pan de cada día al
interior de hogares, barrios, municipios
y gobiernos. Fuimos maleducados, desde
la izquierda y la derecha, desde el conservatismo
y el liberalismo, desde la
creencia religiosa y la rebelión atea, con
el fantasma omnipresente del enemigo
interno; el odio, el temor, la desconfianza,
impidieron o dañaron los tejidos sociales.
Somos un país pobre porque, pese
a nuestros recursos naturales, no hemos
podido construir capital social.
Por ello, la Constitución del 91, más
que un ordenamiento, sigue siendo un
desafío, una aspiración, un programa de nación.
Una nueva cultura de derechos,
una nueva cultura política, una nueva
cultura ciudadana tienen que abrirse
paso, se están abriendo paso como
anuncio de que hay una Colombia naciendo,
renaciendo.
Contradiciendo el postulado marxista
de que «la violencia es la partera
de la historia», la Constitución del 91 es,
en Colombia, la partera de un nuevo
país. Es un libro vivo. Por eso toca leerlo,
aplicarlo y cuidarlo, porque es de
todos y de cada uno, como los buenos
libros. Así lo ha demostrado Bogotá en
estos 16 años. No extraviemos el camino
andado.