Fui un devoto de Manuel Mejía Vallejo mientras
vivió. He preferido no volver a leer sus libros para que no me pase lo que a mi edad nos sucede a los lectores impertérritos. Leí con emoción El día señalado, la novela con que ganó a principios de los sesenta el entonces prestigiosísimo Premio Nadal. Tuvo que haberme impactado demasiado para que ahora, a más de cuarenta años de haberla tenido en esa edición empastadita de El Áncora y Delfín, la siga recordando con tanto afecto.
Mientras los años pasaron y yo dejé de estudiar química en la Bolivariana y me volví estudiante de letras en la del Valle, seguí aumentando mi devoción por Mejía Vallejo. Lo hice punto de mira de mis trabajos de universidad y cuando llegó el profesor Kurt Levy, traído desde la fría Toronto para que fuera profesor nuestro pagado por la Rockefeller, mi devoción estuvo a punto de volverse delirio. El doctor Levy era un especialista en la literatura antioqueña y un escudriñador de Mejía Vallejo. Tanto que consiguió tra-érnoslo en cuerpo y alma para que estuviera una mañana temprano con nosotros, modificando el horario habitual de la clase vespertina. Levy lo conocía tan bien que sabía que el Manuel Mejía de las mañanas era el novelista de La casa de las dos palmas y en las tardes era el de Aire de tango. Por supuesto no nos lo dijo y cuando con los años y la proximidad de la Biblioteca Pública Piloto la vida nos fue haciendo encontrar una y otra vez, entendí que el Mejía Vallejo sin media botella de ron Medellín era muy distinto al de las seis de la tarde.
Tal vez allí aumenté mi devoción por Manuel y, como siempre fui un provinciano mas inconveniente que él y no tuve ni la pasión ni la debilidad de las tertulias bohemias, terminé haciéndole en silencio el estandarte de esa batalla desigual que siempre pretendí darle al huidizo García Márquez, siempre tan mierda con Colombia, siempre tan distante, siempre tan comunista. Mejía entonces me parecía, y me sigue pareciendo, y me seguirá pareciendo hasta el último de los días, el gran novelista de mi época.
Por eso tal vez cuando Gloria Inés Palomino, la directora de la Piloto, me avisó que el viejo roble había caído y que su funeral sería al día siguiente en la sala de actos de la biblioteca, dejé mis oficios de gobernador del Valle y revestido de la intención de reconocer públicamente mi afecto por el novelista viajé a la ceremonia. Nunca creí que me tocaría presidirla. Antioquia, tan orgullosa de Carrasquilla, había hecho de Mejía Vallejo un ícono indestronable. Pensaba entonces que allí iba a estar el gobernador Builes y el alcalde de Medellín y el ministro de educación y Belisario honrando al más grande de los grandes de la literatura paisa. Pero, o se les olvidó o no entendieron quién se les había muerto, y yo, gobernador del Valle, a mucho honor y mucha gloria, presidí el exótico funeral en una sala abarrotada en donde las mujeres de Manuel, las que amó y las que procreó, sólo esperaban que su hijo, un imberbe sobrecargado por la responsabilidad de ser hijo del gran señor, apenas si balbuceara a nombre de una familia que, de verdad, no parecía haber existido sino a retazos, como las colchas viejas de la casas pueblerinas.
El funeral no tenía orden, y quien actuaba de maestro de ceremonias debió haberse tomado más de la mitad de la botella de ron que a esa hora Manuel ya se habría metido mientras dirigía el Taller de Escritores de la Piloto, porque se aburrió a la mitad de la ceremonia y todo fue saliendo espontáneamente en un rosario de homenajes de vida al muerto más ilustre de Antioquia.
Todos tenían derecho a hablar para reemplazar al sacerdote que estaba advertido de no oficiar. Todos tenían derecho a tocar su guitarra (una de sus mujeres con mayor sentimiento, obviamente) para contrarrestar la ausencia del coro gregoriano que podía haberle dado alguna connotación religiosa a la ceremonia. Cada voz era una experiencia, cada anécdota narrada en voz de sus propios actores una representación en pequeños fragmentos de la vida teatral que llevó Mejía.
La cascada de alabanzas y dolores no parecía tener fin; con creces había reemplazado el incienso con el que envuelven los cadáveres en las iglesias católicas, pero ya era demasiado. Le susurré a la directora de la Piloto que era el momento de mi actuación y que, como única autoridad allí presente, debía poner punto final a ese chorro interminable de intervenciones y dejar salir el cadáver para el cementerio. Ya casi anochecía y según mi pragmática forma de ver las cosas los entierros no eran nocturnos. Cuán equivocado estaba. Como una tromba salida del más allá fue entrando una mujer con aire de princesa húngara, aire de zíngara, pelo enroscado, suelto hasta mas abajo de los hombros, nariz de garfio y vestido de colorinches como los que usan las gitanas de las carretas en donde cuelgan la paila de cobre y las adivinanzas de la suerte. Traía en sus manos un gigantesco ramo de claveles rojos donde bien podían haber cabido más de ocho docenas. Caminaba con la gracia de un caballo de esos que arrastran las carretas del Rocío y, como la acompañaba un galán con más cara de alfil eunuco que de macho soporte, pero andaba vestido a la usanza andaluza, todos debimos haber creído que llegaba desde allende los mares.
Su perorata nos sacó de la ignorancia atrevida que permite ficciones. Venía del suroeste antioqueño, de la tierra donde había nacido Manuel Mejía Vallejo y, por lo que le gritaba al cadáver, no cabía la menor duda de que era otra de las mujeres donde el novelista había arrimado. Las tetas prominentes, que no doblaban la edad que ya se le notaba, parecían corroborar la impresión.
No sé cuanto tiempo pasó pero cuando todos creímos que iba a depositar los claveles rojos —ya asegurábamos que eran doce docenas— los apretó más contra su pecho y se quedó con ellos para entrar en un mutismo de viuda irredenta. Se perdieron entonces los miedos y lo que menos creíamos pasó. Un cura católico, revestido de prosopopeya pero sin los hábitos que Manuel habría escupido, hizo la oración literaria por el amigo. No fue capaz de repetir un salmo ni de elevar una prez en el idioma de los intermediarios de Dios en la tierra. Fue el silencio que yo esperaba y con un guiño de advertencia a Gloria Inés Palomino actué con la autoridad de gobernador para decir las palabras del corazón del novelista que enterraba a su estandarte. No me acuerdo qué dije. No necesito. Actué como lo que quería en reemplazo de un estado ausente, así viniera de otro lejano, y con la dignidad del ceremonial de ese aquelarre ordené cargar el cadáver mientras convocaba a un largo, sonoro e interminable aplauso que afortunadamente ahogó las guitarras y evitó los llantos.
Salí detrás del féretro. Bajé las gradas de la sala de actos de la Piloto y, guardando la compostura de los muchos entierros a los que he ido, quedé al lado del carro fúnebre esperando que arrancara para el cementerio. Pero la noche llegaba y nadie daba la orden. Sus deudos se acomodaban pelambres y bebidas y como ya el muerto era de ellos, no de nosotros, nadie dio la orden y el novelista se quedó allí en la puerta de la Biblioteca Pública Piloto como si no quisiera irse del hogar sustituto que terminó siendo para él ese recinto.
Me cuentan quienes siguieron el catafalco, media hora después, que cuando llegaron al cementerio ya estaba cerrado el horno crematorio y debieron agruparse en una salita a velarlo entre cánticos y alabanzas diminutas hasta que les cogió la madrugada. Yo me quedé en el cafetín de la biblioteca con todos los que exhaustos no creían que el funeral había terminado. Allí a mi lado estaba la gitana con las doce docenas de claveles apretadas contra su pecho. No cupieron encima del ataúd de Manuel Mejía Vallejo.
El Porce, junio de 2008
Se murió Manuel, mi amigo
Por Guillermo Angulo
Manuel Mejía Vallejo está muerto. Nunca he ido a un entierro más alegre. Sus hijas estaban bellísimas. Con las minifaldas más cortas y las piernas más largas posibles me dijeron:
—A mi papá le hubiera gustado vernos así.
El negro Willy cantó en el funeral un sentido negro spiritual con su voz profunda de Paul Robeson, y su mujer Dora Luz, a manera de despedida, le cantó con su bella voz ronca:
Todo lo que quise yo
tuve que dejarlo lejos,
siempre tengo que escaparme
y abandonar lo que quiero...
La finca donde Manuel descansa queda en el municipio de El Retiro (qué apropiado nombre para un lugar donde viva un muerto), allá en lo alto de la colina, como aquella desde la que contaron sus vidas los muertos de Spoon River y desde donde se ve el agua de un lago llamado La Fe. La casa lleva un venezolanísimo nombre: Ziruma, el cielo, como los indígenas guajiros llaman su barrio en Maracaibo, la que fuera nuestra tierra, la de Manuel y la mía.
Ahora ya muerto, Manuel sigue recibiendo visitas y añorando su querida tierra. Los amigos van a visitarlo, se sientan junto a su tumba, cerca del árbol abonado con sus cenizas. Y conversan entre ellos, pero como hablando con Manuel. Y a veces le derraman discretamente una que otra cuba libre (Coca-Cola con ron Medellín Vallejo) para alegrarlo. Cuando Manuel estaba alegre, ebrio de amistad y de ron, lanzaba un grito según él aprendido de un borrachito de su tierra:
¡A bueno morime, p’alquilar mi casa!
Cuando regrese a Ziruma le voy a escribir el epitafio que él mismo escogió en vida, a pesar de que lo estamos desobedeciendo: