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Dora Ramírez
Medio siglo en la escena cultural
Por Manuel Mejía Vallejo
Dora en escena, bailando.
Tal vez cuando sepamos qué es el arte
habremos descubierto al hombre en sus más altos impulsos. O le habremos quitado el más amable de sus misterios. Porque si se trata de convertir en palabras, por ejemplo, el arte de pintar, se desvirtúa su razón propia y se hace literatura. Una obra de arte está allí, es ella misma, dentro de sus leyes, a pesar de lo que sobre ella se diga: las palabras son simples a- proximaciones a las esencias, son pequeñísimas luces que tratan de alumbrar lo que de por sí es amablemente caótico; por eso debería prohibirse a veces la explicación de la poesía, de la música, de la pintura, pues su inexplicabilidad es uno de sus atributos.
Dora Ramírez ha vivido muy cerca de lo que entre nosotros llamamos cultura, desde su aprendizaje del oficio durante los años reglamentarios, hasta el estímulo a empresas que divulgan el arte y la literatura; ahí están sus carátulas para los volúmenes de La Tertulia y Autores antioqueños, su vinculación a Ediciones Papel Sobrante, sus tarjetas de color y sus cerámicas de una gracia firme y original.
Ahora, decir con palabras lo que ella dice con sus dibujos sería empeño vano. Que hay en su obra figuras de corte académico y distorsiones de orden subjetivo; que hay rayas y manchas y medios todos de un azar llevado de la mano, de un concepto que se desdibuja, de un impulso que halla su meta en no alcanzar el punto acabado; que de pronto pasa del ribete del corte clásico al poderío del sueño y los impulsos en una aparente dislocación... podría hablarse de cierta timidez o de cierta seguridad en la línea de un escrupuloso dibujo, o de un antidibujo desdeñoso de una rebeldía de la tinta frente a los barrotes de las escuelas del arte.
Pero, ¿dónde cabe la descripción de ese encanto que se encuentra en estas manchas de creación, de figuras para ser soñadas? Es imposible poner el arte en una página escrita, como fe de bautismo o un acta de defunción.
Aquí sigue su trayectoria, más firme de la mano y más desbrozado el derrotero, donde se transluce una generosidad de alma y una vocación pujante en este medio esquivo para actividades que poco o nada producen a tres meses de distancia.
Texto para una exposición individual en el Museo de Zea (actual Museo de Antioquia), 1967.
Los críticos hablan de Dora Ramírez
Marta Traba Nuevo mundo pictórico
¿Han desaparecido totalmente otras formas que tuvieron cierto éxito a finales de los setenta, como por ejemplo el realismo e hiperrealismo? No, no han desa- parecido completamente y hay artistas que logran revitalizar la fórmula del realismo... Una artista como Dora Ramírez en Medellín encaja, siendo ella precursora de todo lo que estoy contando, de estridencia, de gusto popular, del mal gusto de los colores de la rockola, por ejemplo en los temas de los Beatles con sus lucecitas. Ella está perfectamente a tono con este nuevo mundo pictórico, que desde hace mucho tiempo viene pintando, es decir, corresponde al desarrollo y trayecto de su obra.
Conferencia en la Cámara de Comercio, IV Bienal de Arte, Medellín, 1981.
Mario Rivero Dora Ramírez y la trascendencia de su lenguaje
Con su lenguaje abiertamente realista, Dora Ramírez nos dice de su interés por las vivencias auténticas, reales... en ella habla la valoración de una imagen llena de fuerza viva, mediante la cual quiere reflejar la época, el medio ambiente social, el hombre, pero siempre lo más cerca posible de la realidad, evitando conscientemente la anticuada zona de «lo bello» o el impacto de lo trascendental.
EnArtistas plásticos en Colombia. 1982
Richard Kathmann Dora Ramírez: un arte verdadero
Como todo arte verdadero, las pinturas de Dora Ramírez son gratuitas, en su creación no existe otro motivo distinto a un impulso generoso. La artista no esperaba recompensa alguna. Sus pinturas fueron simplemente dadas, entregadas, porque fueron realizadas y concebidas con un espíritu de copiosa y libre entrega.
Nueva York, 1971.
José Gómez Sicre Dora Ramírez: un homenaje a la vida
La obra de Dora Ramírez es un homenaje al vivir, es luz, afirmación, es alegría. Nada hay que la lleve a la descripción de anécdotas ni a consagrar situaciones sentimentales. Es pintura por sí, porque sí. Plana, de tonos crudos y bordes afilados, no pretende engaños visuales ni propone trascender en busca de filosofías. De ahí su claridad y su franqueza; esa aspiración a lo llano y a la verdad hace que se asocie con lo primitivo, pero Dora Ramírez no es primitiva...
EnClaroscuro, 1972.
Una obra de arte está allí, es ella misma, dentro de sus leyes, a pesar de lo que sobre ella se diga.
Manuel Mejía Vallejo
Marlene Dietrich, serie Mitos, década de los ochenta.
María Félix, serie Mitos, acrílico, década de los setenta.
Bolivar en el caballo de Rousseau, acrílico sobre lienzo, décadas de los ochenta y noventa.
Carlos Gardel, serie mitos, acrílico sobre lienzo, década de los setenta
Rodolfo Valentino. Serie Mitos, acrílico sobre lienzo, década de los setenta.
Pola negra, serie Mitos, década de los ochenta.
La libertadora del libertador, serie Mitos, década de los ochenta.
Las 6 de la tarde, serie las horas, acrílico sobre lienzo, década de los ochenta.