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La tierra éramos nosotros
La primera edición (1948) de esta novela de Manuel Mejía Vallejo estuvo bajo el cuidado de Balmore Álvarez, y la ilustración de la cubierta es del autor. En la solapa decía: «Valor del ejemplar para todo el país $1.80». Así empezaba el primer capítulo:
Las mañanas de mi pueblo no tienen gracia alguna. Sin embargo me gustan los amaneceres tranquilos de esta aldea. Las calles largas, solas, con la monotonía de los caminos quietos, sin escollos.
Cualquier parroquiano de ruana, inclinada la cabeza, atraviesa a paso lento y sin rumbo indicado la plaza sombreada por ceibas y guayacanes. Una que otra vieja, de manto negro y funda larga, con taconeo apresurado sale de la iglesia o va para ella.
En el camellón o en las calles silban los encerradores que traen vacas para ordeñar en casa de algunos señores. Porque aquí también hay gentes señoriles que discuten en el Consejo y van a misa mayor.
Enseguida de mi apartamento se oye el martilleo del zapatero que habla con su mujer sobre lo difícil de la vida. Al frente, el sastre y sus ayudantes cosen perezosamente los vestidos parroquianos. Si se pasa junto a ellos, miran, para volver a su tarea larga y monótona igual a un sermón de mediodía, de aquellos que en algunas parroquias sirven de canción de cuna.
Desde mi ventana contemplo la iglesia con sus torres altas que terminan en cruz. Es de piedra labrada e infunde respeto y oración. En el atrio, frente a ella, el sacristán, con figura de santo milagroso, bosteza de pereza o de frío después de tocar un doble o llamar a misa cantada: así, de inacción y soledad, bostezan las campanas en la iglesia.
Sí. Las mañanas de mi pueblo son tristonas. Esto debe ser como a ratos imagino el cielo: un lugar bellamente aburridor.
Soy amigo de todos los feligreses: desde el señor alcalde que en ocasiones se sale con la suya, hasta el labriego que saca al mercado el fruto de su trabajo.
El barbero, panzón de bozo romántico, es filósofo porque dijo:
—Este pueblo es como aquella ceiba vieja: le nacen hojas, envejecen y caen. Luego salen más y sigue, pero el tronco no cambia. Sí, padre, este pueblo es como aquella ceiba vieja.
¿Quién negaría su genio de filósofo? Y también es poeta de versos románticos a la antigua.
En cambio don Rubén, veterano de la última guerra civil, es político, pues dijo ante sus contertulios:
—Este país va decayendo porque no saben gobernarlo. El ministro de guerra es abogado; el de agricultura, médico. Estamos perdidos. Como si yo tuviera dolor en las muelas y llamara al fotógrafo; en trance de muerte y acudiera al dentista; en pecado y mandara por el veterinario. La patria, padre, se nos va muriendo porque no saben gobernarla.
¿Quién negaría su genio político? Pero no se detienen ahí sus aficiones y capacidades. Por ser veterano de la Guerra de los Mil Días, objeta el modo de dirigir en Europa las batallas; provoca discusiones y demuestra que los generales de esta hecatombe son mediocres. Los contertulios se convencen del genio militar de don Rubén. Acostumbrados a ese tono altisonante, se cruzan de brazos con indiferencia bonachona. Ellos saben que don Rubén siempre tiene razón.
Apenas se le pasa la euforia negativa y todos aprueban con gesto lento, exclama para sí:
—¡Si no hubiera sido por esa maldita bala que mató mi pierna!
Porque él en la última guerra perdió su pierna derecha, arriba de la rodilla.
§§§
Cada tarde hay reuniones en el establecimiento del barbero. Es tan cordial el ambiente, que con sólo abrir la boca van saliendo las palabras. Hablan de todo: historia, literatura, política. Resuelven los más importantes problemas mundiales, discuten sobre el progreso de la humanidad y ofrecen gratuitamente fórmulas para salvar la patria. Cuando se enredan en lucubraciones fundillonas y alguien —con el respeto debido a la sabiduría de don Rubén— se atreve a insinuar que el tema es muy complicado, el Gran Concejal pontifica en tono ligeramente condescendiente:
—Es un misterio, en realidad —y se guiñan un ojo como si sólo Dios y él estuvieran en el secreto.
Todos en el pueblo nos queremos, vivimos una misma vida. Sabemos si el sacristán se bañó el domingo o si mudó de camisa el zapatero. Si don Luciano trasnochó en el Club y si el peluquero da de azotes a su hijo menor o conserva la mujer encinta. Pasamos en familia llena de padres espirituales, un universo en pequeño. Las cosas del vecino son nuestras: alegrías y asperezas, oraciones y bravatas.
También aquí se aborrasca la política, pero casi todos son conservadores. Los liberales, como sus contrarios, luchan por su partido; católicos impertinentes charlan con el señor cura, oyen sus misas cada día de fiesta y comulgan los primeros viernes «o al menos una vez al año».
Las familias en su mayoría tienen vivienda propia y se defienden según Dios les ayuda; se ven acosos y trabajos pero nunca hambre. Somos una familia y todos nos queremos y ayudamos.
Pasan lentamente las horas, se tienden los días con la paz del Señor y la bienaventuranza aldeana sin que nada cambie. En verano se regocija hasta Marquitos el policía y toca las campanas el sacristán con alma e inspiración. En invierno todo aparece de luto. El agua va cayendo aburridoramente sobre las cosas, como sobre el adormecimiento del paciente caen las voces del barbero al tejer un chisme pueblerino. Que don Rafael murió, que don Manuel se va poniendo achacoso, que donde Las Rendones llora un nuevo niño... Sí; Valentín, el barbero-filósofo, tiene razón; somos imagen de la ceiba de la plaza. Caen sus hojas, nacen otras, pero el tronco no cambia.
Sabemos de ocurrencias en otros mundos por la prensa retrasada y la radio. Pero nada turba esta monótona paz de mi pueblo.