Mis enemigos atribuyen la locura a la bebida, y no la bebida a la locura.
E. A. Poe
Ilustración cortesía de El Malpensante
Nació Edgar Allan Poe, ahora hace dos siglos (1809), de actores ambulantes y tuberculosos, quienes murieron cuando él aún era un infante. Acogido pero nunca adoptado por un rico comerciante, Mr. Allan, a quien Poe dirigiría, «por entregas», una larga carta al imposible padre, tuvo en la esposa de éste una primera presencia femenina tutelar, como tendría o buscaría otras más tarde. En las postrimerías de su existencia, cuando sus fuerzas se aproximaban al agotamiento y el arco de su sino parecía concluido, escribiría a su tía y suegra («madre»), ya viudo, extenuado: «Nunca he deseado tantísimo ver a una determinada persona como deseo ahora ver a mi queridísima madre» (14 de julio de 1849). Encuentro que ya no se daría, pues para entonces el poeta se hallaba, sin saberlo, enfrentado a las peripecias conclusivas de su vida (pues moriría a los cuarenta años, en 1849). Como dijera Andrés Caicedo, con su tono genialmente infantilizador de los temas de Poe: «¿Ganitas que me dieron de volver adonde mi mamá? No, ya era cuestión de destino, y bien cruel iba a ser».
La apertura del joven Edgar se vio marcada por dolorosas tentativas de asimilación: a la familia, aunque fuera ajena; al linaje del espíritu, que para él debía permanecer vetado; al amor, primero «ingenuo » y luego ya irrealizable. Tentativas firmemente rebatidas como un impulso espurio por mucho más decididos embates de su irrevocable singularidad. Se educó Eddie, en lo esencial, en la mentalidad sureña de la virginiana Richmond, en donde se conjugan alquímicamente tanto las expresiones populares más prístinas como la democracia originaria de la nación que le tocó en suerte: pues aun «los locos pertenecen a alguna nación», según la autorizada voz del detective y alter ego de Poe, C. Auguste Dupin.
Es así como al buen Edgar, que podría parecer tan ajeno al mundo de los emprendedores puritanos y siempre en vela de la Unión, le correspondería la ardua empresa de ilustrar, a costa suya y con lujo de detalles, la otra cara del sueño americano: la del aterrador insomnio. Esto es, detenerse abismado ante los pavores de la mente abandonada a su propia soledad (así en los relatos de horror y de misterio), y desplegar los dudosos honores de un intelecto que todo lo analiza, vale decir, lo descompone (como en los cuentos detectivescos, tan a su manera restauradores).
Tras sus años de escuela, que incluyen una estadía londinense (1815-1820) con los Allan, Poe asistiría a la universidad de Virginia, en donde se distinguiría por su interés en las letras «puras», pero a la vez, y como secreto contrapunto, por una actividad mundana que parecía asemejarse a la de sus compañeros, ricachones «hijos de» (jugadores cubiertos y duelistas de hojalata), aunque en realidad sólo venía a coincidir con la de estos. Allí acumularía deudas de juego a manos llenas, siendo el juego su pasaporte a la desgracia, vale decir, al destino individual. El juego hizo, en efecto, que fuese rechazado definitivamente por Mr. Allan, quien se negó a pagar sus deudas, con lo que el joven Edgar pudo quedar por fuera de toda vía de regular incorporación social. Ante él se abría, con ello, sin horizonte, la vida como capricho; una vida de armas (fue cadete en West Point) y de letras, reflejo de un mundo en últimas incognoscible o, lo que es lo mismo, la vida arrojada a su destino, como «honesto deseo del futuro» (a Lowell, 2 de julio de 1844).
Daguerrotipo de Edgar Alan Poe
Ilustración cortesía de El Malpensante
Atrás quedaban sus devaneos juveniles y se le ofrecía, amenazante e inhumano, el Maelström, el terrible remolino que todo lo devora —del que hablaría en uno de sus cuentos—, el incalculable abismo. Fue Poe, por ese camino, autor de relatos de terror, de misterio y policiales, entre otros subgéneros; inventor de la short story y del detective literario, así como creador al propio tiempo, como insistiera Borges, del lector respectivo. Fue también colaborador, editor y aspirante a fundador de revistas literarias, empeño que lo ocupó aun en sus últimos días, y ganó varios premios, tentado por la fama y necesitado de dinero hasta el final. Ofició como conferencista apasionado, y a su pluma se debe una infinidad de reseñas críticas. Infatuado declamador de sus propias obras, en ocasiones alabado en los salones elegantes, el día después debía estar dispuesto a replegar, por lo pronto, como voceador desesperado e impenitente de las mismas en locales de dudosa reputación.
Bebedor —además de opiómano—. Se dice que no bebía más de una copa, si bien como con rabia, y que eso le bastaba para pasar de la desesperación a la indiferencia, como un instintivo sabio que supiera dosificar al centilitro sus remedios: «Durante aquellos estados de absoluta inconciencia, bebía». Resulta singular que el desequilibrio final y definitivo de tan precisa economía le fuese propinado por agentes de la máquina democrática, que le embriagaron a muerte para captar su voto. Fue hallado semi-inconsciente y conducido al hospital, donde resistió tres o cuatro días más (hasta el 7 de octubre), antes de resucitar a nosotros, sus fieles, sus fantasmas.
A él se deben, además de los cuentos, tempranamente traducidos por el devoto Baudelaire, poemas «puros» que hicieron la pasión de Mallarmé, quien se midió con la reproducción en francés de sus versos.
Una de estas composiciones, El Cuervo (1844-1845), le daría inmediata celebridad y definiría el espectro del entendimiento de su obra, tanto entre la crítica como entre los lectores. La apreciación de su poema más conocido, de hecho, oscila entre su consideración como la magia más sublime, la transfiguración del sentido de lo real por la palabra y, de otra parte, su identificación como un producto «de efecto», logrado mediante una estratagema reiterativa de inspiración ya plenamente publicitaria. Pero, ¿cuál era el origen de semejante «confusión»? Allí donde, en los relatos de Poe, se suele ver un mundo onírico desbordado y sin control, cuando no lleno de ocurrencias buenas para seducir por igual, atemorizándolos, a los débiles de mente y a los carentes de sólida fe en el progreso iluminado, en realidad el terror nace de la intensidad insoportable de las sensaciones, de una sobrecarga de evidencias que el cerebro no acierta a procesar.
El resultado de conjunto de esa sobrecarga es la vaguedad; un anonadamiento de la conciencia que gira locamente en el vacío, una indeterminación universal de las facultades que horroriza: «Presa indefensa de un torbellino de violentas emociones, de todas las cuales el pavor era quizá la menos terrible, la menos devoradora» (Ligeia). Diría él mismo: «En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia» (Berenice). Es así como surgen los relatos policíacos, en donde el detective desenvaina la razón salvífica y despliega sus destrezas, se hace método, valiéndose, con arrojo, de la intuición: hasta someter (¡y someterse!) a la evidencia. A juzgar por los resultados, pareciera restablecido el hombre mismo en sus cabales, recuperada la feliz armonía entre las voces del mundo y las de la ciencia. Al «investigador del misterio», el detective Dupin, nada, diríase, se le escapa; y afuera queda, desterrado para siempre, el sonido de fondo del universo, el inquietante cosmos que amenazara ruina. De este modo, con la «invención» de Los crímenes de la calle Morgue Poe viviría una estación para él feliz, de éxito y reconocimiento, al fundar para tantos y explotar en primera persona la infinita veta de la inquietud abismal hecha susto controlado; objeto cultural, como cualquier otro, de consumo.
Nos ha legado Poe, igualmente, ensayos sobre la composición, y un poema cosmológico de tintes neoplatónicos, Eureka. En él alcanzaría nuestro Edgar, un año antes de dejarnos —a nosotros que entonces necesariamente no existíamos y ahora le sobrevivimos en exceso—, la visión extrema de una reconciliación universal: «Entretanto no olvidéis que todo es vida, vida dentro de la vida, la menor en la mayor y todas dentro del espíritu divino». Mas esta paz no lograría ser la suya, para él que había asistido —así en La caída de la casa Usher— a la entrópica disgregación de las esferas, al desmoronamiento de un mundo a partir de otro, hasta cumplir el círculo perfecto. Se entiende, pues, plenamente: «Desde que terminé Eureka, no tengo deseos de seguir con vida. No puedo terminar nada más» (7 de julio de 1849). Pues bien, al considerar el efecto de sus textos (incluido, no es preciso decirlo, el estético) hemos de tener en cuenta su difusión, antes que como obra, como fluido o flujo de conciencia que a todos nos habita, y recordar que más que sus meros sucesores temporales, en un sentido existencial mucho antes que artístico, somos sus continuadores, nosotros, sus efectos.
Traspuestos sus relatos en casi un centenar de películas, es decir, en escala industrial, la materia de su obra, como agredida por un ácido (¿o nitrato de plata?) al que nada se resiste, tiende a disolverse en el sinfín de imágenes ya vistas, propinadas a la decrépita imaginación del hombre contemporáneo por el cine: esa máquina vidente que ha sustituido, aniquiladora, todo sueño. Es que los horrores ya no suceden en románticos recodos iluminados a la luz de la vela, ni descienden al anochecer sobre las ciudades de la modernidad sombreadas por las lámparas de gas. Ya no es posible, como en Los crímenes de la calle Morgue, decir que «La negra divinidad no podía permanecer siempre con nosotros, pero nos era dado imitarla », prolongándola sin solución de continuidad. La fría luz de neón congela toda apariencia de misterio, la resuelve a priori, ya antes de nacer.
Annabel Lee
Hace ya muchos, muchos años
en un reino junto al mar
vivía una doncella cuyo nombre
conocerán como Annabel Lee;
y esta doncella no tenía
más otra cosa en qué pensar
que amarme, y ser amada por mí.
Yo era un niño, ella también,
en este reino junto al mar.
Pero nosotros nos amábamos con un amor
que era más grande que el amor
que se llamaba Annabel Lee,
Annabel Lee y yo;
un amor que los alados serafines del cielo
envidiaron, de ella y de mí.
Edgar Allan Poe, padre nuestro
Y esta es la razón por la cual,
hace ya muchos, muchos años,
en este reino junto al mar
un viento helado desde las nubes sopló, congelando
a mi bella Annabel Lee.
Luego parientes de alcurnia llegaron
y la portaron lejos de mí
y la encerraron en un sepulcro
en este reino junto al mar.
Los ángeles —no tan felices en el cielo—
tuvieron envidia de ella y de mí.
¡Sí! Ésta fue la razón —todo el mundo lo sabe
en este reino junto al mar—
por la que el viento nocturno descendió
helando y matando a mi Annabel Lee.
Pero nuestro amor era mucho más fuerte que el amor
de aquellos que tenían más edad que nosotros,
que eran más sabios que nosotros,
y ni siquiera los ángeles de arriba
o los demonios bajo el mar
pueden separar mi alma del alma
de la bella Annabel Lee.
Nunca brilla la luna sin traerme recuerdos
de la bella Annabel Lee,
ni las estrellas se alzan sin que sienta el brillo de los ojos
de la bella Annabel Lee.
Y así, bajo las olas de la noche, go al lado
de mi amada, mi amada, mi vida, mi novia,
En el sepulcro, allá, cerca del mar,
en su tumba junto al profundo mar.
Edgar Allan Poe
(Éste fue su último poema, publicado post mortem.)
Versión de Carlos Obligado