Desde 1985, cuando realizo su «Túmulo funerario para soldados bachilleres», temerosa de lo que pudiera ocurrirle a su hijo, el arte de Beatriz González se desenvuelve como un oscuro río de muerte y desolación. De llanto y congoja. Allí estará el perfil santandereano de Luis Carlos Galán, con su bigote, mientras su contorno amarillo navega sobre el violeta crepuscular de su agonía, en 1992. Allí estará también su «Autorretrato llorando», de 1997, donde el trazo azul de su cuerpo desnudo, y el sufrimiento de su rostro cubierto por las manos, se ofrecen entre las cortinas de un telón de fondo, como imagen abatida de expiación y denuncia. De casi fantasmal repudio.
Parecía haber dejado atrás sus juegos risueños con la historia del arte, y el sarcasmo burlón con las figuras de mando y poder (generales como verdes y rojos papagayos) para concentrar su fría mirada en las fotos anónimas de entierros, masacres y rostros ocultos por el desdén rabioso de la pena. Nada importaba, «Máteme a mí que yo ya viví» (1996). Torso doblado, hombros caídos, cabeza sin fuerza para levantar la vista: parecía natural que esos ángulos de corte y contraste, esa geometría marrón-rojiza de ataúdes superpuestos en perspectiva expresionista intentara trascender una fecha y un nombre («Las delicias») para alcanzar alguna significación. Pero la muerte no la tiene.
Un ademán artístico que nos redimiera de tanto olvido. Quizás por ello el último avatar de esa metamorfosis incesante de violencia y sevicia involucrará de lleno a la propia artista. Como una Verónica se haría fijar, en mascarilla fúnebre de blanco yeso, los propios huesos de su cara y los expondría sobre los lienzos rojos, azules o amarillos, desdibujados con el sudor que impregnó un rostro, en el Huerto de los Olivos.
Ahora, en esta nueva exposición en la Galería Alonso Garcés (2009), las sombras a punto de desvanecerse apelan a los Salmos, como otro recurso bíblico, y revelan el fin de lo que fue la vida en el campo y su compenetración con la naturaleza: la agricultura campesina, sembrando y arando. Los pescadores y las pilanderas, entregados a sus oficios, con ese inalterable paisaje de fondo, que es más encierro que horizonte, desvaneciéndose poco a poco dentro de una atmósfera de luto. A lo que asistimos, en realidad, es a la figura acrecentada de una líder comunitaria, Yolanda Izquierdo, cordobesa, asesinada por grupos paramilitares, que poco a poco, en el imaginario popular, adquiere dimensiones de santa. De mujer que expone, al pueblo mismo, los rasgados papeles de su utopía. Del recobro de la tierra expropiada.
La mujer que en un primer momento, con su dignidad y sus aretes, mostró sobre la tierra misma sus títulos, los verá rasgarse, con su muerte, mientras su figura ya icónica se repite incesante en la progresión de una secuencia artística digna de la emulsión de Scott, cada vez mayor, en su irradiación colectiva: «Ondas de Rancho Grande». Y que, finalmente, acogido por el periódico El Tiempo en sus páginas diarias, se convierte en un grabado popular, enmarcado en la cursilería fúnebre-floral del kitsch, típico de su arte; y en verdad cada vez más diminuta en el vértigo abismal de su olvido. El periódico de ayer.
Sólo que el proceso del arte es quizás el mismo de la Iglesia al canonizar una santa. Pruebas, estudios, debates sobre la validez de una opción: todos estos avatares son los que la exposición consigna con rigurosa minucia. Ya la obra no es suya. Los fieles la intervienen, la adornan con lentejuelas, le atribuyen cada vez más insospechados milagros, en el fervor ingenuo de la fe, como lo atestigua la «Carta furtiva» que recibió la artista al respecto. La santa se transfigura dentro de un icono dorado.
La santa se vuelve muchas sobre verdes aguamarinos, tierras pardas, amarillos resplandecientes. Ellos contribuirán a su culto. Su sombra crece, en la fijeza hierática del óleo, consignando, en el mismo mapa de sus títulos, cielos estrellados y costumbres milenarias. O con la sanguina y el carboncillo, esfumadas líneas que se disuelven de nuevo en la blancura del papel. Límite final entre el testimonio y el arte.
Pero la exposición no termina aquí en la galería, entre los muros de lo que fuera una iglesia protestante, sino que se proyecta en el Cementerio Central, en la interminable fila blanca de lo que son ahora osarios vacíos, señalados apenas por los peculiares signos del alfabeto, negro sobre blanco, de la artista. Siluetas egipcias o indígenas postradas en tierra. Bultos negros de bolsas de plástico transportando restos. Palos sobre hombros de porteadores, de los cuales cuelgan, como hamacas, las piernas y brazos del último cadáver. Algo que nos lleva a recordar, como origen del arte contemporáneo colombiano, el cuadro de Fernando Botero de 1952, «Frente al mar», segundo premio en el IX Salón Nacional de Artistas, el cuerpo de un hombre que otros dos llevan a hombros, amarrado de manos y pies a dos largos palos. La pareja de niños y el hombre con bastón que los acompaña acentúan la irrealidad de este duelo, tan solitario y tan impregnado de la atmósfera caribe. Inicio y ojalá postrer avatar de un ciclo, en la destemplada Bogotá de las tumbas, Beatriz González, a través del arte, insiste en hacer del crimen, indiscriminado y sin atenuantes, un rito en procura de exorcizar ese dolor sin paliativos. Un arte por fin, pleno de sentido. En las tumbas vacías halló la vida de la pintura. Su larga vida.
Beatriz González, a través del arte, insiste en hacer del crimen indiscriminado y sin atenuantes, un rito en procura de exorcizar ese dolor sin paliativos.
Juan Gustavo Cobo Borda
Estos cuadros fueron expuestos entre mayo y junio de 2009 en la Galería Alonso Garcés
Beatriz González frente al colomb ario donde irán sus lápidas.
Lápida para colomb ario, serigrafía sobre poliestireno.