Cuentos de Saki Sus cuentos son pequeñas obras maestras. Tienen la dosis exacta de humor, suspenso y fantasía. Hector Hugh Munro, cuyo seudónimo es Saki, logró construir una obra que no se parece a ninguna otra. Sólo a él se le ocurrían historias como la de un pintor que encontró el éxito pintando cuadros de animales posando en salones de baile y salas de refinados palacetes. Nacido en 1870 en la desaparecida colonia inglesa de Burma, hoy Myanmar, como muchos otros escritores Saki fue un niño enfermizo. Se inició en las letras escribiendo perfiles satíricos de personalidades en la revista Westminster Gazette. Dichos textos fueron compilados después en un libro cuyo título es The Westminster Alice. Se trata de escritos en los que el autor compara a varios políticos con los famosos personajes del libro de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas. En el prólogo de la antología de Saki ti- Dos nuevos títulos de: tulada La reticencia de Lady Anne, Jorge Luis Borges anota: «Con una suerte de pudor, Saki da un tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel. Esa delicadeza, esa levedad, esa ausencia de énfasis puede recordar las deliciosas comedias de Wilde». Acierta Borges al comparar a Saki con Wilde. Tal analogía no es una hipérbole, pues tanto uno como el otro lograron relatar historias macabras con tal elegancia y humor que al final de sus historias es inevitable que el lector dibuje en su cara una sonrisa. Así, por ejemplo, en La reticencia de Lady Anne Saki narra la historia de una mujer seria e inconmovible, que permanece rígida sentada en un sillón. Su esposo trata inútilmente de que Lady Anne cambie de actitud, hasta que advierte que su siempre reticente mujer está muerta. Entre 1910 y 1913 Saki escribió la mayor parte de su obra. En 1914, después de que comenzara la Primera Guerra Mundial, Saki decidió alistarse en el ejército, aun cuando ya contaba cuarenta y cuatro años de edad. En 1916, durante el ataque en Beamount Hammel, cayó muerto por las balas. Su última frase, pronunciada en la trinchera en medio del humo y los fogonazos, podría haber formado parte de alguno de sus relatos: «Apaga ese maldito cigarrillo».
Cuentos para releer Delicada y elegante. Así se puede definir la selección de los seis cuentos que componen el libro Cuentos para releer. No hay en esta antología un orden establecido, tampoco un tema en común ni una época. Se trata de historias cuya lectura siempre deparará una alegría, un suspiro de satisfacción. Los autores de estos relatos arrastran al lector, en sólo unas cuantas páginas, tenue y rítmicamente hacia finales inesperados. El primero de ellos es Horacio Quiroga, escritor uruguayo, maestro del cuento corto. Siempre hay algún cuento suyo en las decenas de antologías de relatos latinoamericanos que se han publicado. Su fascinación por la muerte hizo que lo compararan con Allan Poe. La selva fue protagonista central de muchas de sus obras, por lo cual también ha sido comparado con Rudyard Kipling. Katherine Mansfield, escritora neozelandesa muy influida por Anton Chejov, aseguraba que su única fuente de felicidad en la vida era escribir relatos. Las descripciones de Mansfield son escrupulosas y elegantes: «Estaba oscuro en el Viejo Muelle, muy oscuro; las barracas para la lana, los vagones de ganado, las grúas levantándose a tanta altura, la pequeña locomotora, todo parecía esculpido en una sólida oscuridad». La obra de Italo Svevo, nacido en Trieste (Italia), está fuertemente influida por sus lecturas de psicoanálisis y el comportamiento humano. El cuento que de él se publica toca un tema recurrente en su obra: la vejez. Su libro más importante se titula La conciencia de Zeno, y su argumento fue discutido con James Joyce, cercano amigo de Svevo. Según Borges, Eça de Queirós «Fue esa cosa un tanto melancólica: un aristócrata pobre […]. Cada oración que Eça de Queirós publicó había sido limada y templada, cada escena de la vasta obra múltiple ha sido imaginada con probidad». Durante su vida, su fama como escritor se circunscribió a su patria, Portugal. Con los años, las páginas que escribió Eça de Queirós han adquirido el valor que se merecen. «Las palabras tenían el aspecto de carbones apagados», escribió el autor en su magistral libro El mandarín. Sí, cada oración es un bocado de genialidad. Leopoldo Lugones, argentino, maestro de la retórica, es uno de los más grandes poetas latinoamericanos. De él se publica el cuento La estatua de sal, cuyo argumento está basado en el Génesis. El interés por los temas religiosos y bíblicos fue recurrente en la obra de Lugones. Del escritor nicaragüense Rubén Darío aparece un cuento sobre la infancia perdida, titulado El caso de la señorita Amelia.