Poniatowska, Buñuel y los jotos [homosexuales, en México]
Escribo para pertenecer
Por Elena Poniatowska
[Fragmento]
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El pintor David Alfaro Siqueiros, preso político en Lecumberri en 1960 – Foto de Hector García
A raíz de la huelga ferrocarrilera de 1958, muchos trabajadores fueron encarcelados y entré en un mundo al que pude acceder gracias al periodismo: la cárcel, los opositores políticos; no otra cosa fueron Filomeno Mata, Demetrio Vallejo, Valentín Campa y los ferrocarrileros encarcelados, cuya vida descubrí tras los barrotes. De no estar presos, probablemente nunca se habrían tomado la molestia de contarme su vida y su lucha. También descubrí otro mundo, el de los homosexuales. Invitada por uno de ellos, quien escribió una obra de teatro: El licenciado ‘no te apures’, tuve el privilegio de acompañar a Luis Buñuel a visitar la crujía de los homosexuales. Dormían en un galerón que servía de dormitorio común y sobre cada una de las camas habían puesto una imagen de la Virgen de Guadalupe y una fotografía de ellos vestidos de mujer.
El mayor, o sea el encargado de la crujía, se llamaba Ramón y le decían la Mayora o la Ramona. Les permitían vestirse de mujer y maquillarse pero ese día, como iban a tener visita, los obligaron a usar el uniforme penitenciario y a uno que no quería despintarse, le tallaron la cara con un ladrillo y la tenía toda ensangrentada. Buñuel se acercó a los barrotes y le dijo: “Hay que obedecer, hombre hay que obedecer para que no lo lastimen a usted.” Repartió todos sus cigarros, preguntó por la calidad de la comida (en la cárcel, como había españoles, se hacía muy buen pan.) En ese tiempo también encarcelado, a Ramón Mercader o Jacques Mornard, el asesino de Trotsky, los presos le llevaban a componer sus radios a su celda atiborrada de alambres y de fierros. Le tuve mucho horror. Buñuel quiso que comiéramos con los presos de la crujía J, la de los jotos, y como dentro de mi caldo con arroz y verduras encontré un hueso de respetables dimensiones, un preso lo tomó entre sus manos, lo talló y a las dos horas, me entregó una preciosa Virgencita de Guadalupe. Nunca pensé que diez años más tarde, en 1968, en ese mismo negro Palacio de Lecumberri visitaría a los estudiantes presos por el Movimiento Estudiantil que terminó el 2 de octubre con la masacre en la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. A partir de 1958, les pedí a los militantes, a Dionisio Encinas, a Alberto Lumbreras, a Demetrio Vallejo que me contaran su vida. Para ellos la cárcel era algo inherente a su vida. Estaban acostumbrados al sufrimiento, a que las cosas no les salieran bien, al hambre, a la expulsión, a la huelga... creo que hasta a la muerte. Eran luchadores. Sonreían, reían con facilidad. Algunos decían que comían mejor en la cárcel que afuera. Tocaban guitarra en el corredor, al solecito, contaban chistes. Los líderes, mal cubiertos y peor comidos, habían ido a Moscú a ver a su padrecito Stalin aunque sólo lo vieran lejísimos en alguna manifestación. Por esa visión momentánea, padecían frío, hambre, incomunicación porque los camaradas allá no hablaban español. En México, Marx no estaba traducido y uno de los fundadores del PCM, Allen fue norteamericano.
(Mi madre no quería nada a Stalin ni a los rusos; decía que Stalin había llevado a su mujer al suicidio, que tenía cara de zorra y que desconfiar de los pelirrojos es una medida de seguridad.) Estos dirigentes mexicanos pedían incluso que los enterraran en su madre patria: Rusia. Eso fue lo que gritó Carrillo en el entierro de Julio Antonio Mella, el líder cubano. Los vislumbraba consumiéndose en su cajón de muertos sin una sola llorona mexicana. Fue mi primer contacto con una posibilidad de heroísmo y escuchaba incrédula sus relatos que recordaban a mis antecesores polacos que se aventaron lanzas en mano, a galope tendido contra los tanques, como lo relata Isaac Babel. El periodismo atrapa. “Cuando esta víbora pica, no hay remedio en la botica” decía un machete que tenía Guillermo Haro. Le llena uno la cabeza, una Poniatowska, Buñuel y los jotos [homosexuales, en México] Escribo para pertenecer trepidación interior lo pone a uno a sudar tinta. La publicación al día siguiente justifica el “ahí se va,” la mediocridad. Uno sabe que un artículo no es todo lo bueno que debería ser, pero vienen las felicitaciones, el reconocimiento. A los mexicanos les gusta mucho aparecer en los periódicos; el periodista es el vehículo. Vive uno entre teclazos, invitaciones a viajes, a cenas, a ceremonias oficiales, maquinazos, solicitudes, sonrisas, aplausos, connatos de poder, y entre críticas también, cartas de insultos. La primera llegó a Excélsior: en ella me decían que era una degenerada porque los Amor eran hijos de dos hermanos. En un baile de disfraces habían hecho el amor y al quitarse el antifaz exclamaron: “¡Ay!, hermana, ¡ay!, hermano.” El Papa los había recibido y el apellido Amor los absolvía.