Jorge Luis Borges en 1919, veinte años después de su nacimiento.
No hubo otro como él. Desde niño, con la aquiescencia entusiasta del padre, supo que iba a ser escritor. Desde niño también, como el padre, intuía que se quedaría ciego: era un mal de familia. Pero si algo lo caracterizó era una suerte de airoso estoicismo. No era elegante quejarse. Pertenecía al siglo XIX. A esa Inglaterra de clubes donde un caballero como Phileas Fogg aceptaba dar la vuelta al mundo, sólo por honrar una apuesta.
Pero él encarnó en un criollo argentino, consustanciado con una patria épica que atravesaba los Andes para terminar con el dominio español. Cargas de caballería y “malones” para exterminar a los indios. Pertenecía a la aristocracia de estos remotos países: a la del coronel Suárez, vencedor de Junín. A la de Francisco Narciso de Laprida quien huye de la turbamulta y se encuentra, por fin, “el íntimo cuchillo en la garganta,” con su destino sudamericano.
Pero él no alcanzó ese paraíso de guerreros. Tuvo que revivirlo. Tuvo que soñarlo, en las sagas nórdicas. En la novela que escribió su padre, titulada El caudillo. Su padre, profesor de ética y lector de William James. Pero la decisiva fue, como siempre, la madre. Aprendió con su marido a leerle a los ciegos y dominó a su hijo con la
férrea mano del amor. Cada vez que éste salía a la confitería con alguna muchacha desparpajada de Buenos Aires, llamaba a su madre para informarle donde estaba. Madre, quien le ayudó a traducir el Orlando de Virginia Woolf y Las palmeras salvajes de Faulkner, suavizando alguna brutalidad sureña. Madre que firmó sus propias traducciones de William Saroyan, Katherine Mansfield, Herbert Read y Aldoux Huxley. Eran ingleses, victorianos del alma, pero el hada rubia, Eva Perón, fue quizás quien aprobó meterla en la cárcel, algunos días, por cantar el himno nacional en la calle Florida.
Sin embargo, con la herida y el trauma, con la humillación y el fracaso, con la incertidumbre y el miedo mismo de quien tantea en las sombras, Borges forjó una perdurable alegría. Esta se llama poesía. Allí subsisten, como no, sus laberintos, retruécanos y emblemas, su eficaz retórica de tigres y espadas, de compadritos y guitarras. O de indecisos manuscritos perdidos en el incendio de la biblioteca de Alejandría. Sólo que los deparaba a manos llenas: en el Magazine Multicolor de los Sábados o en la Cultural Inglesa, la Dante Alighieri o el Goethe Institut, sin olvidar la Alianza Francesa y su cátedra en la Universidad de Buenos Aires.
Veinte años después
Hace exactamente 20 años, el 14 de junio de 1986, murió en Suiza de un cáncer en el hígado —ya casado con María Kodama y sin haber recibido nunca el merecidísimo premio Nobel de literatura— quien había sido llamado al nacer, en 1899, Jorge Francisco Isidoro Luis, hijo de Jorge Guillermo Borges y de Leonor Acevedo Haedo.
En una falsa nota biográfica, escrita por el propio Borges para una enciclopedia aparecida en Santiago en el año 2074, se lee: “Le agradaba pertenecer a la burguesía, atestiguada por su nombre. La plebe y la aristocracia, devotas del dinero, del juego, de los deportes, del nacionalismo, del éxito y de la
publicidad, le parecían casi idénticos. Hacia 1960 se afilió al Partido Conservador, porque (decía) ‘es indudablemente el único que no puede suscitar fanatismos.’” Juan Gustavo Cobo Borda, quien fue su amigo personal, escribió estas líneas sobre él.
Era un conferencista asiduo, para sobrevivir, que recordaba a Baruch Spinoza en la Hebráica. Ese filosofo judío de Ámsterdam, que pulía lentes y escribió también una Ética, y sobre el cual no pudo concretar aquel libro que en dos o tres ocasiones anunció como su proyecto más querido. Típico gesto generoso suyo para obligarnos a imaginar como pudo haber sido. Nos dejó en cambio su Evaristo Carriego y su Leopoldo Lugones, su Pierre Menard, autor del Quijote, su Nueva refutación del tiempo y sus Nueve ensayos dantescos. Parcos volúmenes que en limitadas ediciones hoy pueden llegar a valer seis mil dólares.
En la viaTornabuoni de Florencia, y por sólo 450 euros, acabo de toparme con su Libro de las visiones, publicado por Franco María Ricci en italiano en 1980. El libro de las visiones de un ciego, con su Apocalipsis y su Quevedo, con el volcán de fuego y ceniza que tornó inmortal a Pompeya, sigue reescribiendo, con letra de hormiga, su cuaderno infinito.
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Lo recibí en la Biblioteca Nacional, en Bogotá, y los jóvenes sabiamente derribaron las pesadas puertas de la calle 24 sólo para quedar mudos ante su voz quebrada que devanaba versos y versos. Celebramos que Enrique Banchs hubiera sido abandonado por una mujer: gracias a eso, a ese don, pudo escribir un soneto inmortal. Luego, en Buenos Aires, y a partir del 83 y hasta su viaje a Ginebra, a morir en el 86, cenábamos los sábados en el Hotel Dora, raviolis y de postre, el preferido de policías y porteros: “vigilante” (queso y dulce de batata), con José Bianco —traductor de Henry James y Ambrose Bierce— el legendario secretario de redacción de Sur. Reunidas estas cenas en mi libro Lector impenitente, las repaso incrédulo: ¿Me senté a su lado, lo escuche reír, compartimos un tiempo, presumiblemente inmortal? En su orbe todo es ficción.
Pero aún en ocasiones escucho su voz, escandiendo algún poema de Rubén Darío: Yo, Rufo Galo, fui un soldado que durmió en el lecho de Cleopatra, la reina. Parodiando a un líder sindical: conmigo o sin migo. Borges: la posesión póstuma, de Juan Gasparini; El gremialismo intelectualen Jorge Luis Borges, de María Elisa Fernández; Borges: desesperaciones aparentes y consuelos secretos, editado por Rafael Olea; Borges con Lacan; Un pase discursivo, de Bejla R. de Goldman; Borges y la matemática, Borges y el tango, Borges y la ciencia ficción, Antiborges de Martín Lafforgue. Repaso mi biblioteca y sonrío: más de mil libros de y sobre Borges. Él, gentil, los hubiera agradecido con un “usted me ha inventado, usted me ha enriquecido,” para añadir, al margen: “ En realidad, no existo. Soy una invención colectiva. Una superchería, que un día será descubierta y denunciada, sin piedad alguna.”
Mientras tanto, disfrutemos a nuestro primer inmortal, ese ser único llamado “momentáneamente” Jorge Luis Borges.