Sobre Luis Caballero: otra estación en el infierno
Autorretrato de Luis Caballero - Plumilla
Por Marta Traba
[Fragmento]
En 1968, Luis Caballero ganó, en Colombia, el Primer Premio de la Bienal de Arte de Coltejer. A los veinticinco años se consagró mediante este episodio como el pintor colombiano más notable de su generación y el sucesor directo de Alejandro Obregón y Fernando Botero. Enteramente ajeno a la influencia de ambos artistas, su pintura descendía en cambio, de modo bastante directo, de dos ingleses: el pintor pop Allen Jones y el pintor neo–figurativo Francis Bacon.
A Jones lo unía un gusto definido por las formas en primer plano, recortadas, dispuestas con gran economía de dibujo sobre zonas cromáticas simples; es decir, lo unía un parentesco menor, si consideramos así la gramática formal usada por Jones con gracia y desparpajo para mostrar fragmentos de cuerpos. Con Bacon, en cambio, existía una relación más íntima y profunda. El propio Caballero escribe en 1973: “Bacon fue para mí, hace diez años, un gran choque y una gran influencia. El choque fue el descubrimiento de la pintura como comunicación, más allá del juego estético, más allá del cuadro bien hecho y sin necesidad de explicaciones al margen o de notas críticas.
Quise entonces apoderarme de su lenguaje, y con su lenguaje me vi obligado a decir lo que él decía y no lo que yo sostenía… Yo pinté como Bacon porque vi y sentí a través de él; pero la visión, el sentimiento y el lenguaje eran suyos, no míos. El uno implicaba el otro y en el momento en que me sentí distinto tuve que empezar a inventar mi propia pintura.” […]
Atadas, enredadas, sacrificadas más como reses que como hombres crucificados, las figuras de Caballero son, finalmente, el objeto de su deseo. Por eso la anécdota ha desaparecido gradualmente, al mismo tiempo que se ha eliminado la presencia femenina.
El cuerpo es el cuerpo del hombre, y éste es el centro de un universo estremecido y ardido de deseos, pero al mismo tiempo anegado por el escepticismo. La negativa de Caballero de conformarse con los deseos satisfechos, y su propósito de convertir el amor en un sacrificio, lo reinstala en la zona de los ritos, bajo los cuales oscuras corrientes circulatorias irrigan las imágenes. La exasperante intensidad de este último período no podía expresarse sino a través de formas manieristas, cuyas hipérboles sirvieron un drama muchas veces truculento.
La pintura de Caballero alcanzó, entre 1978 y 80, el punto que podría calificarse de auto–manierismo respecto a las figuras de los sesenta que hoy aparecen, en comparación, claras y pacíficas. Dado que el manierismo es un estado transitorio, una especie de secreción de la idea clásica que, pese a su indudable autonomía, no puede desprenderse del todo del concepto de ruptura y abierta provocación con el equilibrio precedente, creo que la pintura de Caballero ha culminado en el espacio fijado por su propia excitación y distorsión, pero que está en un difícil límite.
Sin embargo, es por eso que le debemos la experiencia profunda que significa el límite, que casi nunca se alcanza ni en el arte ni en la literatura. Le debemos la hipertensión, la agitada copulación con la muerte, el estupor de la grandeza no prevista y, sobre todo, la sacudida inmisericorde que nos arranca del mundo banal, en una época que ha hecho de la banalidad su consigna.
Bogotano
Por Luis Caballero
Usted nació en Bogotá en 1943. Allí pasó parte de
su infancia y de su adolescencia. Y cada año, desde
1968, usted va de vacaciones a Bogotá. ¿Qué representa esa ciudad para usted?
Bogotá es sórdida, gris y fría. La gente también es
gris y fea. Pero, a pesar de todo, a mí me gusta. La
belleza en Bogotá es algo tan raro que cuando
aparece emociona profundamente.
¿Se siente usted “bogotano”?
Naturalmente. Soy “cachaco,” como llaman
despectivamente a los bogotanos la gente de la
costa. Y siendo cachaco no soporto el calor ni los
mosquitos ni la familiaridad sudorosa y pegajosa
de la tierra caliente. Yo soy de Bogotá. De clima
frío...
¿Con todo lo que eso implica: carácter lúgubre,
melancólico, contemplativo?
Soy de Bogotá. Cachaco. No soy simpático ni
“chévere” ni divertido. No se por qué, en los
últimos años el Caribe se está devorando a
Colombia. Salsa y guayaberas. Yo no se qué es una
guayabera y nunca he bailado salsa. Yo no bailo.
Me gusta el verde tierno del pasto en la sabana de
Bogotá y el gris de sus eucaliptos. En la tierra
caliente no hay hierba y las palmeras no dan
sombra.
He vivido fuera de Colombia la mitad de mi vida.
Me siento completamente colombiano. Pero
cuando pienso en Colombia, siempre pienso en
Bogotá.
Textos cortesía de Beatriz Caballero
aparecidos originalmente en el libro Me tocó ser así.
Me tocó ser distinto. No porque lo hubiera decidido o escogido sino porque me tocó.
Y al tocarme ser distinto, tal vez me tocó ser artista, me tocó ser marica, me tocó ser como soy. Y no me arrepiento.
Luis Caballero Me tocó ser así
La publicación de las pinturas, dibujos y textos Luis Caballero fue posible
gracias a la amable autorización de Beatriz Caballero,
con la colaboración de Carlos Salas, director
de
Galería Mundo.
Sin título – 1 68 Óleo sobre tela – 1.94 X 1.25 m
1989 - Técnica Mixta
(detalle 75 X 55 cm)
Sin título – 1975 – Mixta sobre papel 55 X 75 cm
Sin título – 1975 - Mixta sobre papel – 56.5 X 76 cm
Sin título – 1968 – Óleo y lápiz sobre cartón – Ø 38 cm
Sin título – Circa 1978 – Óleo sobre tela – 1.45 X 1.13 m
Sin título – 1986 – Óleo sobre papel – 1.05 X 0.75 m