Lo mejor de la tierra no puede expresarse de ningún modo, toda ella o cualquier parte de ella es lo mejor Walt Whitman Hojas de Hierba
Supe por primera de la existencia de Morada al sur a expensas de una conversación en la que creí que se trataba de Juan Rulfo. La verdad es que se habló de un hombre que era discreto y delgado, que lució por años un atildado traje para ejercer funciones en el oficio público y que también, en el día o en la noche —nadie sabe bien— escribió una breve, pero brevísima obra en cuya extensión, sin embargo, tocó una fibra elemental de la belleza y de una humana verdad, luego de lo cual guardó silencio. Ese hombre sí fue Juan Rulfo y también fue Aurelio Arturo, según supe.
Lo que también aprendí después, al leer Morada al sur, es que si acaso podría resultar impropio tratar de unir estos dos hombres en el mundo, no es absurdo, en todo caso, emparentar una cierta dimensión de la escritura de ambos, pues es verdad que la manera en que en Morada al sur el hombre y el paisaje se afectan mutuamente para descubrir la poesía de la tierra nos recuerda la poesía de los yermos, los despoblados de Rulfo, porque allí también la tierra era un destino para el hombre y, sobre todo, una verdad. Lo que sí supe con certeza absoluta es que en los versos de Arturo el paisaje es más que una estación visible, más que un decorado que seguramente los románticos habrían apreciado desde lejos.
En Arturo es la tierra misma la que habla en su lenguaje y desde dentro y hace entonces revelarse una inesperada lucidez: la del poeta que interroga el lenguaje mismo de sus cumbres y sus prados y por eso ve, por ejemplo, en la tierra y su rudeza una imagen de la fortaleza del hombre y en el ciclo de las agua la imagen otra de su inestable transcurrir, de su fragilidad. El paisaje de Morada al sur no es estático; es móvil. Cada cosa, pequeña o grande, está viva y avanza “como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan dulcemente, toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.” En cierto modo, la tierra revela para el poeta un saber porque éste le presta celosa atención, pues para él cada cosa, grande o pequeña, es por igual conmovedora.
En Arturo hay una visión de la tierra que es atenta y solidaria hasta con el “ruido levísimo del caer de una estrella.” La vida de Arturo, el hombre, estuvo atravesada por el tránsito entre un mundo y otro, como apuntan quienes fueron sus amigos; una cosa era el sur, la estepa verde y la hacienda de los padres; su tierra, ese resquicio del pasado, donde el siglo XIX se acabó despacio y dejó nodrizas negras, como la que tuvo Aurelio, una probable nieta de esclavos recién manumitidos, una mujer del color de la montaña en cuyo regazo Aurelio soñó la voz de un tiempo antiguo. Otra cosa fueron las grandes ciudades, Bogotá y Nueva York, desde donde su voz llamó el viento de su casa y exaltó a Saulo, que es el hombre que sabe arar el campo y que usa la fuerza para trabajar. Desde aquellas ciudades Aurelio añoró la tierra virgen, como diciendo que es ella la morada natural del hombre.
Me impresiona a mí, además, que el poeta de Morada
al sur no escatimara en susurrar que había
nacido en este país y no en otro, como si parte de
todo ese entender la voz del paisaje fuera ser capaz
de nombrar una Colombia cuyo rostro es apenas un
anhelo de que un día ella reconozca su belleza:
“Este verde poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, suroeste;
este poema es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes.”
[…] “los vientos que corrieron
por los bellos países donde el verde es de
todos los colores,
los vientos que cantaron por los países de
Colombia.”
Dijo Whitman, elogiando a la hierba que “la tierra
será cabal con el hombre y la mujer cabales y
estará estropeada o rota únicamente para el hombre
y la mujer estropeados o rotos.” Esto me viene
a la mente cuando pienso en que Arturo habló
de cantar la tierra como un bien ceremonial. No
sé lo que diría ahora de esta ruina de los campos
ofendidos y de los hombres sin morada. No lo sé,
pero apuesto por este verso suyo:
Quizás entonces comprendas, quizás
sientas,
por qué en mi voz y en mi palabra hay
niebla.
Todavía
Cantaba una mujer, cantaba
sola creyéndose en la noche,
en la noche, felposo valle.
Cantaba y cuanto es dulce
la voz de una mujer, esa lo era.
Fluía de su labio
amorosa la vida…
la vida cuando ha sido bella.
Cantaba una mujer
como en un hondo bosque, y sin mirarla
yo la sabía tan dulce, tan hermosa.
Cantaba, todavía
Canta.