En el segundo semestre de este
año, la Alcaldía Mayor de Bogotá
y el Instituto Distrital de Cultura
y Turismo lanzarán la publicación
Bogotá, la ciudad narrada.
Se trata
de una guía que muestra la capital
en su real dimensión: con los cerros
de Suba, las calles empinadas
de la Candelaria, las bibliotecas
públicas, los parques, los centros
comerciales y financieros. Ciudad Viva publica uno de los
capítulos que la conforman, como
un abrebocas a lo que será
esta publicación.
El Mirador de Juan Rey, en San Cristóbal sur
Foto de Germán Izquierdo
Suroriente: la ciudad empinada
El suroriente de la ciudad se extiende desde la calle 27 Sur hacia los confines de los cerros surorientales; entre las carrera Décima y los límites con los municipios de Choachí y Une, en Cundinamarca. Incluye sectores de la localidad 5 ó alcaldía local de Usme. El suroriente de Bogotá es una de las zonas más nuevas de la ciudad, tanto física como demográficamente. Los barrios colgados de los cerco orientales, esos famosos «pesebres» de largas calles peatonales de cemento, que parecen perderse en la entraña de la cordillera, fueron poblados a principios de los años sesenta por comunidades venidas de otros lugares del país o por bogotanos pobres. Durante dos décadas, el suroriente fue escenario de la lucha de sus gentes por consolidar sus barrios y dotarlos de servicios, tras haber sido invasiones ilegales aisladas. Hoy, con una población de cientos de miles de habitantes, el suroriente es otro fragmento más de ciudad empinada, esa que no se pudo contener en sus límites planos y se trepó a las lomas.
Allí donde más se siente —en el paisaje y en las dificultades— el hecho de que la ciudad es andina, de montaña, de alturas. Tanto que sus habitantes se reconocen por sus mejillas rosadas de frío y altitud. Su vía artería, o columna vertebral, es la antigua carretera a los Llanos Orientales, en torno a la cual se fueron generando los diversos barrios. Vía ampliada, pero aún así de alta y difícil circulación, la ruta sube hasta alturas que alcanzan los 3 300 msnm. El visitante encontrará a lo largo de varios kilómetros el encanto de un bazar interminable, de un comercio popular vivo que ofrece todo tipo de productos dentro de la algarabía propia de las grandes barriadas. Poco a poco, abajo, la ciudad irá creciendo y el panorama aumenta hasta el punto de que en pocos «miradores» la vista de sur norte sobre Bogotá es casi completa. De allí se aprecia la magnitud de la urbe, sus diversos paisajes y estratos, las acumulaciones de ladrillo rojo y cemento y las grandes áreas verde. El suroriente es una atalaya privilegiada para escuchar el ronroneo sordo de la gran ciudad y extasiarse por largo tiempo en la observación del monstruo.
Al subir empiezan a pasar los barrios, comenzando por el de Guacamayas, cuya cuadrícula inclinada parece un plano matemático, aunque una vez adentro todo se desborda en el singular desorden de la vida diaria, ese que ama el paseante desprevenido que quiere palpar también las certezas de los pueblos y los intríngulis de la vida cotidiana. Más arriba está el barrio Diana Turbay; luego se pasa por Nuevo Chile, Altamira, Juan Rey, prácticamente hasta llegar al boquerón donde termina la falda más amplia del altiplano y se desgaja la vía al Llano en medio de bosques de niebla y el sentimiento de esa geografía vertical colombiana, que marca estos barrios alguna vez semirrurales, pero hoy corazón de mercados y remolinos de gentes. Sector esencialmente popular, el suroriente es también ya una identidad. La gente se siente de allí, se apropia de sus esfuerzos y sus luchas, y sobre todo ve la ciudad desde las lomas, no sólo en un sentido obvio, sino en la proporción del pensamiento y las emociones. Y esto se transmite al visitante que pasa entre cerros y barriadas por la dimensión sinuosa de esa Bogotá en expansión, empeñada en borrar fronteras.
La ciudad narrada desde sus entrañas
Los habitantes de Bogotá son hijos del tiempo.
En este sentido han heredado una ciudad que amalgamaron los cientos de generaciones que precedieron a la actual. Los primeros arquitectos imaginaron
una ciudad total pero siempre inconclusa. No por
esto llegaron a pensar que sus esfuerzos serán vanos, pues intuyeron que luego vendrían otros individuos a continuar su tarea. Fieles a ese legado, los habitantes de la urbe actual se esfuerzan cada nuevo día por hacer de esta ciudad una versión que responda a sus necesidades. Pero los deseos cambian con el decurso de los días, de modo que siempre se amanece en otra ciudad aquí se agregan o eliminan casas, plazas, parques; aquí se planta un árbol, allí un bulevar.
Un cementerio da paso a un parque, un barrio da lugar a un conjunto vertical de residencias, una plaza, cede su espacio a un edificio del Estado, a un museo, a un centro comercial… Las variaciones son interminables, pero su memoria persiste. La ciudad real no es la de las postales, tampoco la de los informativos de televisión. Su realidad persiste en la cotidianidad de sus habitantes, en el espacio urbano que comparte con la inagotable vegetación. Esta guía, que ahora el visitante tiene en sus manos, está narrada por un habitante de esta ciudad inconclusa.
Este hombre por haber habitado y sentido esta ciudad, la narra desde sus entrañas, desde la vida misma. Mas la idea que subyace en el fondo no es la ciudad que a diario puede palparse, sino la que tanto él como muchos de quienes la habitan quieren llegar a vivir. En medio de la expectativa y la sorpresa, una vez el viajero emprenda la aventura por esta inefable ciudad, esta Guía tal vez le sirva para que desde ya algo de Bogotá le acompañe en su corazón.