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Baldomero Sanín Cano, cincuenta años después
Por Harold Alvarado Tenorio
El pintor Efraín Martínez, el poeta Guillermo Valencia y Baldomero Sanín Cano
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Nacido cuando el proceso de emancipación cultural de América Latina estaba en pleno ascenso, Baldomero Sanín Cano fue un agente del pensamiento progresista de finales del siglo pasado y uno de los críticos y voceros del modernismo. Ensayista, periodista y diplomático, durante más de seis décadas representó a esa clase de intelectuales para quienes el sentido de universalidad fue un imperativo espiritual y moral.
A finales del siglo pasado el cosmopolitismo fue una novedad que abrió las fronteras culturales, comerciales y económicas de un continente que había vivido aislado del resto del mundo. Para su generación, el interés por Europa, con sus ya viejas capitales —París y Madrid— como centros del mundo, pasaría a un lugar casi secundario al extenderse también hacia los acontecimientos que protagonizaban Londres, Nueva York, Estocolmo, Moscú y Berlín. En sus notas periodísticas, como en sus ensayos, evaluó el devenir del mundo cultural europeo creando una visión latinoamericana de esas culturas, a las cuales muchos rendían un culto acrítico.
Por ello representa al latinoamericano que, deslumbrado por Occidente, pausadamente, como había sucedido con Andrés Bello, fue eligiendo para nuestra manera de ser los elementos que mejor ayudarían a fortalecerla y a definirla. Influenciado por Enrique José Varona y Jorge Brandes, logró rectificar el descrédito en que había caído un género en el cual era habitual creer que para su ejercicio no se requería preparación cultural y menos aptitudes literarias.
En Varona aprendió la voluntad de investigar con método y seriedad antes de opinar, y la necesidad de tener un vasto conocimiento de la historia de los pueblos, en especial los latinoamericanos. Como Varona, a Sanín Cano también le interesaron la política, la pedagogía, la sociología, la literatura y la filosofía. Su afinidad con Brandes no sólo fue formal —ambos asumieron una postura irónica y escéptica ante el mundo de su tiempo— sino que debieron reaccionar contra las sociedades retardatarias donde habían nacido: contra la ortodoxia protestante danesa y el tradicionalismo católico colombiano.
Escribió sobre Taine, Nietzsche, Ibsen, Altemberg, Wordsworth, Marinetti o Eliot, sin olvidar a sus poetas preferidos: Silva, Darío, Lugones, Barba Jacob, Caro y Storni. Eva Klein sostiene que su estilo es ecléctico, pues toma un poco de diversos modelos sin adherirse dogmáticamente a ninguno, «desarrollando una crítica orgánica, fundamentada en la observación atenta del texto y en la investigación del temperamento del escritor. Se aleja así de la valoración superficial o impulsiva que los periodistas suelen practicar y supera también las limitaciones del impresionismo modernista.» Para Hernando Téllez, su prosa representa un ejemplo solitario de sobriedad y contención:
«Enjuta y austera, parecía una prosa de secano en medio de la viciosa abundancia y la inútil fertilidad. Su astringencia estilística desencantaba a todos cuantos se creyeron guardianes de una riqueza verbal que no era riqueza sino acumulación de retórica. No podían advertir en este último diseño, la secreta palpitación de un estilo despojado voluntariamente de toda vanidad y de todo accesorio.» Sanín Cano recopiló en algo más de media docena de volúmenes los trabajos que consideró más interesantes de su obra.
Libros más antológicos que monográficos donde recoge artículos de prensa y revistas, creando un cuerpo de ideas que ofrece al lector el vigoroso trazo de su pensamiento. Entre ellos figuran: Administración de Reyes, 1904-1909 (1909); La civilización manual y otros ensayos (1925); Ensayos (1942); De mi vida y otras vidas (1949); Tipos, obras, ideas (1949); El humanismo y el progreso del hombre (1955) y Pesadumbre de la belleza y otros cuentos y apólogos (1957). Su obra ha sido recopilada en Escritos (Bogotá, 1977) con prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda, y en El oficio del lector (Caracas, s. f.) con introducción y cronología del mismo autor. Natural de Rionegro, Antioquia, Baldomero Sanín Cano nació en 1861 y estudió en la Escuela Normal de su pueblo, donde recibió el grado de instructor en 1880. Trabajó como maestro durante cinco años en la Escuela Superior de Titiribí, en la Elemental de Niños de Medellín y en las normales de Antioquia y Caldas.
Fue superintendente del primer tranvía de Bogotá, secretario y ministro de Hacienda (encargado) y representante a la Cámara. Asistió a la Asamblea Nacional Constituyente y en l909 viajó a Londres como delegado de la Compañía del Ferrocarril de Girardot. Fue cónsul de Colombia en Londres y ministro plenipotenciario en Argentina, miembro de la Comisión de Cooperación Intelectual de Santiago de Chile y representante de Colombia en la VIII Conferencia Panamericana de Lima. En sus últimos años fue rector de la Universidad de América en Bogotá. Murió en 1957, hace cincuenta años.
El latín y el español: Bajo el signo de Marte
[Fragmento]
Por Baldomero Sanín Cano
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Se discute actualmente en Europa (muy especialmente en Inglaterra y en España) el tema de la educación secundaria. Los escritores madrileños que han estado excitando el pensamiento de sus lectores con esta remolida cuestión parecen cifrar su mayor empeño en que el estudio de las lenguas griega y latina y el de las matemáticas formen parte sustancial de la educación secundaria.
Para defender el griego, el latín y las matemáticas, se ha vuelto al viejo recurso de decir que el latín es necesario porque es la madre del idioma español y también porque la adquisición de aquel idioma clásico, aunque carezca de aplicación en el resto de la vida, envuelve una gimnasia mental, tan útil para el desarrollo de las facultades del conocimiento como la calistenia para el competente vigor de los músculos. Otro tanto se dice de las matemáticas.
Tal vez nunca le ocurrirá en su vida a un bachiller dedicado más tarde a la carrera del periodismo hacer uso de las tablas de logaritmos o de la ecuación de la elipse, pero el haber aprendido cómo se hacen las unas y cómo se deduce la otra dejó en su mente la capacidad de concentrar la atención y de hacer deducciones y comparaciones.
Cuanto que a la lengua del Lacio sea la madre del español, cabe hacer algunos reparos. Sin duda, la metáfora es inadecuada. Ninguna de las variadas formas de generación observables en las especies orgánicas es comparable a la formación de lenguas nuevas. La reproducción de los animales superiores supone la existencia de dos sexos y la procreación de seres en quienes se repiten más o menos fielmente los caracteres del padre y de la madre. Semejante cosa se observa en los vegetales.
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La reproducción por medio de estacas o ramas desprendidas de un vegetal no es propiamente reproducción; es una prolongación del individuo con todos sus caracteres. En ciertas formas de animales rudimentarias se da la reproducción fisípara, en la cual un fragmento del padre o de la madre se desenvuelve, adquiere vida individual y se repite en la estructura paterna o materna. Ninguno de estos procedimientos de la varia fecundidad de la Naturaleza es comparable al modo como se forman las lenguas. Gaston Paris formuló, sin duda muy atinadamente, la ley de la formación de lenguas nuevas, diciendo que no nacen de otras, sino que es la misma lengua hablada de otra manera, a causa de la diversidad de ambientes en que se propaga y de ponerse las gentes que se sirven de ella como medio de comunicación en contacto con otros pueblos.
El español es, pues, no una lengua hija del latín, sino latín hablado de otra manera. En un tiempo solía decirse que es latín mal hablado; pero no hay lenguas mal habladas o, mejor dicho, no es mal hablada la lengua por medio de la cual se entienden entre sí los individuos que forman un pueblo, un Estado o una Nación. La lengua que se entienda desde el Cabo de Hornos hasta los límites del Perú, por toda la costa occidental de América, es una lengua bien hablada para los individuos que habitan ese país.
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Podrá haber individuos que conozcan esa lengua mejor que otros, que posean un léxico o un frasear más abundante que sus coterráneos; pero en cuanto el idioma sirva de lazo al entendimiento de todas las gentes, no puede decirse que sea una lengua mal hablada; podrá ser otra lengua, pero es injusticia decir que esté mal el expresarse en ella.
Cuando el latín que hablaban los españoles del siglo X, pongamos por caso, era inteligible para los grandes grupos de pueblos peninsulares, aunque fuera distinto de la lengua de los romanos, había adquirido categoría de lengua y nadie tenía derecho de llamarlo latín bárbaro ni idioma mal hablado. Hoy se invoca la necesidad de aprender el latín de Cicerón, de Virgilio y Horacio para lograr un conocimiento cabal del idioma castellano.
Con todo el respeto que merecen aquellos autores, hay testimonios muy atendibles para afirmar que su latín era una lengua muy mal hablada; porque la mayor parte de las bellezas que hoy cautivan la atención de eruditos y sirven para afirmar el gusto literario de estudiantes no eran entendidas de la mayoría del pueblo romano. La lengua de los modelos clásicos era una de mandarines. Las gentes refinadas percibían todos los finos matices de la oratoria y de la poesía del tiempo; la mayoría, es decir, el pueblo de verdad, tenía sus modos de expresión más sencillos y probablemente más eficaces, según es el caso en las lenguas modernas. […]
Si algo ha enseñado el siglo XIX a la generación de testarudos del siglo XX es que, así en lo moral como en la esfera científica, como en las gentiles disciplinas, ha sido el autodidacta el baquiano de los nuevos derroteros.