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Colombia en Cannes
Por Mauricio Laurens
A la racha de buenas noticias culturales para Bogotá y Colombia se suma el hecho de que nuestro país haya sido invitado a Cannes, el festival de cine más importante del mundo. La tercera edición de Todos los Cines del Mundo, una de las secciones paralelas y no competitivas del mundialmente famoso Festival de Cannes, mostró el pasado 24 de mayo lo más selecto de la última producción colombiana. Así mismo, la oficial y bastante prestigiosa Quincena de Realizadores, en su versión 39, presentó en estreno mundial PVC-1, del joven director greco-colombiano Spiros
Stathoulopoulos, aspirante a la Cámara de Oro para óperas primas de autores debutantes.
Por tercer año consecutivo, la muestra denominada Tous les Cinémas du Monde «permitió que cinematografías nacionales sin posibilidades de ser seleccionadas en las muestras oficiales y paralelas, destacaran su producción y tuviesen un encuentro con el público especializado de Cannes», según Gilles Jacob, director del festival. Nuestro país tuvo entonces una excepcional plataforma internacional junto a India (en la celebración de los sesenta años de su independencia), El Líbano, Polonia, Eslovenia, Argelia y otras tres naciones del continente africano.
¿Qué pueden tener en común tales obras de la más reciente cosecha nacional? Resultado directo de la Ley de Cine, salta a la vista en primera instancia la juventud de sus realizadores con un promedio no superior a los treinta años. De estilos heterogéneos que no se matriculan en fórmulas antes probadas, y cierta inclinación hacia el llamado cine de géneros, la violencia se encuentra implícita en todas ellas con la recreación de una abrumadora realidad que sobrepasa el narcotráfico propiamente dicho, y en algunos casos contiene elementos picarescos del talante de nuestros compatriotas.
La sombra del caminante , dirigida por el cesarense Ciro Guerra, expone en blanco y negro la extraña empatía generada por dos hombres marginales de las céntricas calles bogotanas. Su visión particular se dirige hacia las ventas ambulantes y el rebusque propio del empleo informal, en los que cada habitante porta su historia secreta y un cierto afán por sobrevivir en medio de la indiferencia general. Guerra esgrime con espíritu vanguardista y sentido humanitario los sentimientos ocultos de personajes anónimos que deben sortear toda clase de infortunios.
Soñar no cuesta nada , segundo largometraje emprendido por Rodrigo Triana, es la cinta más taquillera del año pasado, que puso en evidencia las habilidades profesionales de su productora Clara María Ochoa. A partir del sonado caso de la guaca encontrada por un grupo de soldados en plena selva caqueteña, Triana recrea el curso de los acontecimientos con no pocas paradojas, el valor del dinero en medio del aislamiento topográfico. Abarca tanto las actitudes irracionales de los miembros del ejército como una picaresca propia que envuelve a cada uno de sus protagonistas.
Bluff , dirigida y escrita por Felipe Martínez, con dirección de fotografía y producción general de Alessandro Angulo, logra fundir dos géneros en uno: la comedia sentimental de enredos o malentendidos, y la trama derivada de un crimen ficticio que involucra a dos detectives. Sus actores gozan de prestigio en la pantalla chica y las situaciones que ellos representan provienen de universos impregnados de agencias publicitarias o toques faranduleros. Al igual que en el ejemplo anterior, se consolida una llave entre sus principales técnicos y los empresarios, que deja satisfecho al público.
Al final del espectro , con un equipo creativo encabezado por el antioqueño Juan Felipe Orozco, retoma el impacto de una conocida cinta japonesa de terror para reproducir aquellas escenas claustrofóbicas o de efectos sobrenaturales que desbordan la pantalla. Aunque su trama no tenga un asidero dentro de la realidad nacional, el interés psicológico parece ir de la mano con sus pretensiones escenográficas. En efecto, un apartamento vigilado por un circuito cerrado de televisión abre las puertas a una versión de Hollywood bajo las presuntas riendas de Nicole Kidman. ¡Amanecerá y veremos!
PVC-1, escrita y fotografiada por Spiros
Stathoulopoulos
, implica una audacia técnica por cuanto la cámara digital sostiene sin interrupciones el hilo dramático durante cerca de noventa minutos. Semejante plano-secuencia, apenas superado por El arca rusa , relata un caso terrorista de extorsión que estremeció a la opinión pública, el de la señora Elvia Cortés, madre campesina de cuatro menores que debió someterse a la infamia de un collar-bomba. Filmada en Villeta (Cundinamarca), se constituye en atracción inmediata de un cine latinoamericano que no renuncia a su memoria.
El cortometraje Hoguera (17 minutos de duración) también fue seleccionado dentro de su categoría por la célebre Quincena. El caleño Andy Baiz, quien recrea las incidencias de una gigantesca fogata para celebrar una fiesta de cumpleaños, hace poco estrenó en simultánea Satanás , a partir de la novela homónima de Mario Mendoza. Al traducir un malestar que se apropia del entorno capitalino como si fuera una maldición, este nuevo y talentoso cineasta participó en una experiencia vital que no aparece todos los años para efectos de consolidar el buen momento atravesado por el cine nacional.
Así, pues, el cine colombiano empieza a ser tenido en cuenta internacionalmente, pues cada vez las producciones nacionales son de factura más cuidadosa, de fotografía más cercana a los estándares internacionales, de ediciones congruentes y de sonido en el que los diálogos se entienden. Un verdadero progreso.