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A las maestras y los maestros en su día
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La palabra maestro, por su etimología, significa el que está más alto que los demás y, por lo tanto, puede enseñar. Su palabra opuesta es ministro, el que está abajo y, por lo tanto, debe obedecer o servir. Sobre esto último no quiero comentar nada porque no hay en Colombia un Día del Ministro, afortunadamente. Ustedes ostentan ese título: el de maestra o maestro, el más distinguido en la sociedad.
Con motivo de la celebración de su día, quisiera invitarlos a reflexionar sobre la tremenda responsabilidad que tiene un pedagogo, quien no es sólo un transmisor de información y conocimiento, sino el que propone a la sociedad un planteamiento ético para la convivencia digna, y para la reconstrucción de la misma cuando ha sido rota por los conflictos, como en muchos sitios de Colombia.
Hablo de que el maestro debe ser también un gestor de procesos de reconciliación. Y su enseñanza debe ser bella para que sea acogida; para que no sea, como dicen los jóvenes, una «mamera», una pesadez, un fardo que hay que soportar, y sí alas para gozar y conocer la vida, para mejorar su calidad, para imaginar futuros con alegría y confianza. De modo que el conocimiento, la ética, la estética, van cogidos de la mano, porque cuando no es así se produce en los alumnos desconcierto, desconfianza, rechazo y agresividad, con las tristes, desafortunadas y preocupantes consecuencias que hemos vivido en algunos colegios recientemente.
Las políticas públicas de educación y cultura tienen que encontrar un punto de convergencia que proponga respuestas, desde los dos frentes, a la pregunta tantas veces formulada: ¿qué tipo de ciudadano es el que queremos formar? Con todo el respeto que me merece su vocación de pedagogos, me inclino a proponer un ciudadano culturalmente activo que, además de las competencias básicas del sistema educativo, tenga un conocimiento de sus deberes frente al cumplimiento de la norma legal, social y moral; una clara conciencia de la titularidad de sus derechos y los de sus semejantes, y que además esté dispuesto a ser y a hacer parte de lo público.
También seres que gocen y hagan gozar la vida para que vean y hagan ver su belleza, la puedan recrear en el reconocimiento de que todos somos o podemos ser artistas, artesanos o intérpretes de la armonía que nos hace parte de un todo. Sujetos democráticos autónomos, responsables y fortalecidos. Qué preciosa responsabilidad la de liderar procesos educativos y culturales de esta naturaleza.
Debo confesarles que me produce una sana envidia el ejercicio del oficio del pedagogo. Ese oficio al que ustedes le apuestan con el alma, llevando de la mano a un millón de niños, niñas y jóvenes de Bogotá a descubrir que en las matemáticas hay mucho más que números; que la literatura es perderse en historias maravillosas, más allá de memorizar protagonistas y autores; que los conflictos se resuelven con el diálogo, y que las plantas y las flores son más hermosas si las tocamos y las olemos en un rincón del Jardín Botánico.
Ese oficio del maestro y la maestra que todos los días nos ayuda a construir, en esta gran escuela, una Bogotá sin indiferencia. En estos tiempos en que la cordura parece haber abandonado a muchos seres humanos, para ser remplazada por los lenguajes de las armas y la insensatez, el recurso de la palabra toma un valor sustancial, y son ustedes, señores maestros y maestras, los principales encargados de despertar en los alumnos el amor por la palabra, la que se dice, la que se escribe y la que se lee.
Aprovechemos conjuntamente el escenario de Bogotá como Capital Mundial del Libro en 2007 para hacer visible el derecho cultural de acceso libre al conocimiento, a la responsabilidad y a la belleza, a través de ese gran instrumento que es el libro.