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Lo peor es la indiferencia
El opuesto de amor no es odio; es indiferencia.
El opuesto de arte no es fealdad; es indiferencia.
El opuesto de fe no es herejía; es indiferencia.
Y el opuesto de vida no es muerte; es indiferencia. Elie Wiesel, Nobel de la Paz, 1986
Por Otty Patiño
El día 24 de abril de 2007, el diario El Tiempo publicó
un largo reportaje sobre los horrores del
paramilitarismo bajo el titular «Colombia busca
a 10.000 muertos». Seis páginas que bien hubiesen
merecido figurar en la Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges. Allí se lee:
Los testimonios de paramilitares y los resultados
de los equipos forenses permiten concluir que
las Autodefensas Unidas de Colombia no sólo
diseñaron un método de descuartizar a seres
humanos sino que llegaron al extremo de dictar
cursos utilizando a personas vivas que eran llevadas
hasta sus campos de entrenamiento. Francisco
Villalba, el paramilitar que dirigió en terreno
la barbarie del Aro (Antioquia), en la que torturaron
y masacraron a 15 personas durante cinco
días, revela detalles de esos cursos hasta hoy
desconocidos. «Eran personas de edad que llevaban
en camiones, vivas, amarradas […] Se repartían
entre grupos de a cinco […] las instrucciones
eran quitarles el brazo, la cabeza...
descuartizarlas vivas», dice su expediente.
La revista Semana en su edición del 5 de mayo
publicó una encuesta realizada por Napoleón Franco
en siete ciudades, Bogotá, Barranquilla, Cali, Medellín,
Santa Marta, Valledupar y Sincelejo. Allí se lee:
La encuesta indagó acerca de las reacciones que
produjo un impactante informe publicado hace
dos semanas en El Tiempo sobre la existencia de
fosas comunes, las torturas que les hicieron a las
víctimas y la sevicia de asesinatos, que van entre
10.000 y 30.000 colombianos, y encontró que todas
estas prácticas macabras, cometidas por los
paras, eran conocidas por la opinión pública. A
pesar de lo anterior, las opiniones se dividen por
partes casi iguales sobre si esas informaciones
empeoraron la imagen de los grupos paramilitares
(42 por ciento) y aquellos para quienes siguió
igual (38 por ciento). Incluso para un inexplicable
9 por ciento, la imagen mejoró.
En un aviso de media página publicado en el diario
El Tiempo el domingo 13 de mayo de 2007, firmado
por el Movimiento de Presos Políticos y Desmovilizados
de las Autodefensas Campesinas, se puede leer
el siguiente párrafo:
Volvamos a Elie Wiesel. Él y su familia fueron capturados por las fuerzas nazis bajo el mando de Adolfo Hitler y llevados al campo de exterminio de Auschwitz, donde Wiesel vio morir a su madre y a una de sus hermanas. Más tarde, en el campo de Buchenwald, fue testigo de la muerte a palos infligida a su padre. Liberado a los 18 años, se radicó en Estados Unidos, donde se dedicó a escribir sus recuerdos del horror con una sola finalidad: evitar que vuelvan a ocurrir.
William Blake, 1794 (British Museum)
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Hay dos maneras de curar las enfermedades mentales: mediante el olvido o mediante la reelaboración de la memoria. Los choques eléctricos y los tratamientos que matan neuronas, generando olvido de aquellos acontecimientos perturbadores, han sido practicados por una buena parte de las escuelas psiquiátricas. Otras escuelas han criticado duramente este método o similares, argumentando que termina por generar depresión y estupidez. La reelaboración de la memoria es un proceso más arduo; supone una disposición del paciente para recordar, es la base del psicoanálisis.
Desde luego, este parangón entre desajustes individuales y males colectivos es válido pero no nos resuelve el problema entre memoria y olvido. El genocidio de la UP, por ejemplo, no puede ser olvidado con la justificación de que se trató de una reacción de carácter patriótico por la amenaza comunista de la combinación de todas las formas de lucha. Ese genocidio, la muerte de tantos dirigentes, así no compartiésemos sus puntos de vista, nos volvió más estúpidos y más depresivos a todos los colombianos. De modo que los choques eléctricos, la muerte de las neuronas, no son el camino para curarnos de nuestras anomalías.
Únicamente nos queda el camino de la cultura. Cultura del mal, cultura de la violencia, cultura de la ilegalidad, cultura del olvido, son nombres monstruosos por el antagonismo que suponen. Cultura es memoria, es civilización y es humanidad. A través de la cultura los pueblos construyen sus mitos edificantes, se reconcilian con su pasado y sustituyen las pesadillas por los sueños esperanzadores. En muchas ocasiones, lo que no logran las ciencias sociales lo alcanzan los buenos literatos, porque ellos no sólo descubren los acontecimientos; también encuentran la manera de que los relatos puedan ser escuchados sin horror. La fantasía se convierte en el remedio contra el olvido y nos libra del odio pero también de la indiferencia.
Parafraseando a Wiesel, podemos decir que el opuesto de cultura no es barbarie; es indiferencia.