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No sólo brilla el oro
Por Santiago Mutis
Urna en cerámica (900-1600 d. de C.), encontrada en la zona del río La Miel.
Foto Juan Mayr, cortesía del Fondo de Cultura Económica.
Hace doce años el Museo del Oro mandó imprimir un catálogo de sus piezas maestras, y por casualidad de mi oficio de editor me tocó ver el espanto del ejecutivo de la imprenta al descubrir que, en el primer ejemplar impreso, en la página correspondiente a la pieza número trece no había nada, faltaba aquella figura y en su lugar brillaba el vacío, el vistoso fondo negro con que el Museo suele reproducir sus piezas de oro. Este agujero negro le erizó la espalda a nuestro hombre de empresa: devolución del trabajo, repetir la edición, pagar el daño, perder el puesto... fue el zapateo de los despiadados duendes que oyó en su torturada cabeza. Sí, ¡el número 13!, ese terrible número símbolo de nacimiento y muerte, luz y sombra de esta vida y la otra, principio y fin de todas las cosas, rueda de la fortuna puesta en movimiento, número sagrado de la astrología... en fin, un número que aun en nuestra incultura sigue atemorizando a la gente, por su mala sombra.
Ante la palidez del pobre hombre, una persona que estaba con nosotros en la oficina le dijo, acudiendo en su auxilio: «Qué te pasa, hombre, muéstrame la tragedia, a ver...», y tomando el ejemplar en sus manos se asomó al tal agujero... y quedó lívido, pero a él lo rescató una misteriosa alegría: «¿Sabes cuál es la figura que falta?¿Has leído?». Y nos leyó el texto que acompañaba la figura invisible. «La presencia muda de este hombre precolombino nos hace pensar en los enigmas de un pasado que nunca podremos develar».
Hoy lamento que la imprenta, y el Museo, hayan corregido este error, al cubrir ese insondable agujero negro y espantar aquel dios esquivo, aquel hermoso enigma, y que hubiesen cambiado la edición imprimiendo aquella figura número trece, domesticada y traída a las malas por un aterrorizado ejecutivo. Ahora nuestro dios invisible es sólo un montoncito de oro, brillando ante la codicia de los turistas.
Retrato de Eduardo Ramírez Villamizar al pie de su obra, Horizontal verde-azul, de 1958.
Pienso que gran parte de la gente que visita el Museo sólo admira o toma en serio el material, el oro, que como el número trece altera su atávico asombro, pero nada le dice la terrible o serena be- lleza de estas figuras. Es curioso un museo para un material; pero si hicimos un museo del oro, hagamos ahora otro del mármol, la piedra, la madera, el bronce, el museo del hierro, la arcilla... Así les devolveríamos la vida a tantas esculturas que están rodando tiempo abajo hacia la nada —que somos nosotros—; hay que hacerlas regresar a la vida, hacerlas visibles, y que las estudien, las disfruten, las odien o lo que sea, pero que vuelvan, y eso depende de políticas culturales y ministerios, de su respeto a los artistas y, sobre todo, a los escultores muertos, varios de los cuales, por cierto, están más vivos que muchos de nosotros, aunque se encuentren en el umbral de lo invisible: como la Eva en yeso pintado y rota, de José Domingo Rodríguez, que hoy tiene el Museo Nacional (una donación, claro) y que encontraron en un establo sabanero entre el olvido y las vacas. Y aprovechando el impulso y la repentina sensatez para hacer museos, seguir con los museos del grabado, el dibujo, la fotografía, la ilustración, la caricatura, la máscara...
No dudo que muchas figuras del Museo del Oro —¡las mejores son de cerámica! Quimbaya, tumaco, tolima, muisca...— son las obras de arte más extraordinarias que tenemos en Colombia; me refiero a la «figura humana», a aquellos cuerpos y rostros indígenas que dejarían atónita a esa bestia de libertad y cálculo que fue Picasso, de quien el Banco guarda uno de sus mamarrachos, uno de esos horribles monigotes que marcan hoy el calendario del mundo, y del siglo (claro que el Banco guarda también una deslumbrante obra suya).
Notables artistas modernos en Colombia, tal vez los más, como Wiedemann, Negret y por ejemplo Ramírez Villamizar, han aprendido mucho de su concepción del hombre, de su interpretación, de su originalidad y belleza, en estas piezas del Museo. Así lo dijo a los cuatro vientos Eduardo Ramírez: «En esta fuente he adiestrado con gran fervor mi sensibilidad».
Parece que esos caníbales, sodomitas, orgiásticos e idólatras hijos del Diablo eran unos deslumbrantes artistas, que más se parecen a nosotros en lo sodomitas, orgiásticos y caníbales que en lo de artistas, aunque no se comían crudas a sus víctimas, ni las torturaban, ni las dejaban sin empleo; ni abandonaban a su propia gente para que muriera a la puerta del chamán, ni la desterraban por millares, ni le robaban sus tierras, ni la desaparecían... Es decir, no eran tan mala gente como hemos llegado a serlo nosotros, los civilizados. Pero aún es tiempo de que aprendamos, como Wiedemann o Ramírez Villamizar, algo de su rica, compleja y visionaria tradición humana, a la que ha renunciado incluso nuestro arte contemporáneo, empeñado en arrancarse la máscara de Narciso, sin poder hacerlo porque no se encuentra la cara.
Su color y brillo llevaron a establecer una analogía con el Sol, disco dorado, padre del oro y poderoso símbolo de fertilidad.
Santiago Londoño Vélez a propósito del oro, en el libro
Museo del Oro, patrimonio milenario de Colombia
Nuestros agradecimientos
al Fondo de Cultura Económica
y al Museo del Oro del Banco de la República
por autorizar la publicación
de estas fotos.
Detalle de un collar (c. 200 d. de C.), encontrado en la zona de Palmira, Valle. Se trata de la flor de una passifloracea y, según María Victoria Uribe, es muy raro —¿un caso único?— ver representaciones de flores en las culturas precolombinas.
Nuevo libro el Museo del oro, patrimonio milenario de Colombia, editado por el Fondo de Cultura Económica, el Museo del Oro del Banco de la República y Skira.
Un nuevo libro sobre el Museo del Oro
El Fondo de Cultura Económica, en colaboración con el Banco de la República y Skira, prestigiosa editora de arte, acaba de publicar un libro de 272 páginas, titulado Museo del Oro, patrimonio milenario de Colombia. Sus ensayos, excelentes, bien presentados e ilustrados, hablan de los viajeros científicos tras la huella de Eldorado, la ubicación geográfica de las diversas culturas, el simbolismo y la estética en la metalurgia antigua de Colombia.
Extrañamente, el libro fue impreso en Treviso, Italia, siendo el Museo una institución nacional, que debería ayudar a nuestros impresores, entre los que hay algunos de extraordinaria calidad.
Las piezas del Museo, por otra parte, han contado con mejores fotógrafos como Hernán Díaz o Jorge Mario Múnera. Por ejemplo, la iluminación que Juan Mayr Maldonado hace del famoso poporo de la Loma de Pajarito es francamente deficiente.
De todas maneras, es un libro que vale la pena tener, sobre todo ahora que el Museo del Oro está cerrado por remodelación.
GAP
Pectoral muisca en forma de ave con figuras antropomorfas.
Pectoral mamiforme zenú. (200 a.de c. - 1600 d. de C.)
Colgante antropomorfo tipo Darién, quimbaya temprano
Colgante antropomorfo tipo Darién, quimbaya temprano.