Mito, que dio su nombre a una generación, también hablaba de cine
La revista Mito, fundada por Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel, acompañados de intelectuales como Pedro Gómez Valderrama, Jorge Eliécer Ruiz, Jorge Luis Borges, Eduardo Cote Lamus, Fernando Charry Lara, fue, sin duda, la publicación cultural más importante del siglo XX. Es conocida su posición de izquierda, de verdadera liberalidad, a pesar de que algunos de sus más importantes colaboradores estuvieran afiliados al partido Conservador. El Comité Patrocinador era una nómina de lujo: Borges, Aleixandre, De Greiff, Paz. Publicó Mito, completo por primera vez, El Coronel no tiene quién le escriba y el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, de Gabo.
La principal característica de Mito es haber estado en contacto con lo más adelantado de su tiempo, y reflejarlo en Colombia, sin dejar pasar su desprejuiciada posición frente al sexo, que causaba cierto escozor en la pudibunda sociedad bogotana de entonces, que ellos ayudaron a transformar. Fue tan importante Mito que, sin proponérselo, acabó prestándole su título a toda una generación, que hoy proclama con orgullo su nombre.
En 1962, en su último número dedicado a los nadaístas (una muestra más de su apertura intelectual), se publicó la siguiente nota:
Jorge Gaitán Durán, fundador y director de esta revista, murió el 21 de junio pasado. Sus amigos y sus compañeros de Mito intentaremos, en el próximo número de la revista, dar testimonio de su memoria y su presencia.
Ese homenaje, prometido muy a la colombiana, nunca se llegó a imprimir, porque la revista murió con Gaitán Durán. Pero los nombres de Gaitán y de Valencia Goelkel, los fundadores de Mito, nunca se han olvidado.
G. A.
Jorge Gaitán Durán, fundador —con Hernando Valencia Goelkel— de la revista Mito. Foto de G.A. intervenida por P.A.B.
El Mito del cine en Mito
Por Juan Gustavo Cobo Borda
Los cuarenta y dos números de Mito, publicados entre 1955 y 1962, fueron indudables pioneros en la historia de la crítica de cine en Colombia. Fiel a su tradición cosmopolita, Mito miró al mundo y prestó atención inteligente a este nuevo arte. Destaco, en primer lugar, el homenaje a Chaplin en su número cuatro, donde Jorge Gaitán Durán escribe sobre Tiempos Modernos, Hernando Salcedo sobre Monsieur Verdoux y Candilejas y Antonio Montaña repasa toda su trayectoria. Luego, su interés por el neorrealismo italiano y la nouvelle vague francesa, con su punto más alto en el luminoso ensayo de Hernando Valencia Goelkel sobre Hiroshima, mon amour de Alain Resnais, con guión de Marguerite Duras. Pero no se trata sólo de eso: su director, Jorge Gaitán Durán, viajero por Europa, reseñaba La strada de Fellini; Francisco Norden, desde París, hablaba de René Clair; y Guillermo Angulo, después de estudiar en Cinecittà, se preocupaba por traer a Colombia lo que significaba Los 400 golpes de Truffaut, y el conocimiento del gran guionista del neorrealismo, Cesare Zavattini, de quien tradujo un delicioso cuento: «Cine». Gretel Wernher, por su parte, se internará en los Secretos de mujeres de Ingmar Bergman.
Acompañándolos, en varias ocasiones «el padre» Hernando Salcedo Silva reseñará los libros más recomendables para el estudio del cine, como lo eran la historia de Georges Sadoul y el clásico de Kracauer, De Caligari a Hitler, en torno al expresionismo alemán. Sin olvidar en ningún momento su devoción por el musical, las películas del oeste y de gangsters, en su inclinación por el cine norteamericano, como lo atestiguan sus notas sobre El hombre del oeste y Horizontes de grandeza, de Anthony Mann y William Wyler, con los legendarios Gary Cooper y Gregory Peck, respectivamente. Devoción en la cual lo acompañaría Hernando Valencia Goelkel, entusiasmado con Shane, de George Stevens. También vale la pena señalar que en 1955 Hernando Salcedo Silva comenta el Robinson Crusoe, de Luis Buñuel. Tendremos así un panorama variado y sugerente del cine contemporáneo de entonces, en una revista no dedicada específicamente al cine sino a la cultura en general. A esto se añade que el primer director del Cine Club Colombiano sería Luis Vicens, un catalán importador de libros muy unido a Mito, y luego promotor de cine en México.
Mito, que dio su nombre a una generación, también hablaba de cine
En tal sentido, Mito también dio batallas contra la censura cinematográfica del momento, que prohibió, en 1958, la exhibición de Rojo y Negro, basada en la novela de Stendhal. El Siglo apoyó la censura al decir que la novela estaba en el Index y que la película había sido financiada por los comunistas. Gaitán Durán dijo al respecto: «Colombia es un país que ha escogido la inmovilidad». Y vio encarnar en ciertos ídolos personales sus sueños y aspiraciones. Tal la hermosa nota que Jorge Gaitán Durán escribió en El Espectador sobre Gerard Philippe, a raíz de su muerte, el 20 de diciembre de 1959: «Fue de cierto modo todo lo que nosotros hemos querido ser; nuestro esfuerzo desesperado por superar la corrupción y el terror de la vida moderna [...]. Nos impresiona que esta pulcritud, esta fogosidad, esta ambición, este esplendor, hayan sido vertiginosamente aniquilados por la absoluta miseria humana que es el cáncer».
¿No estaría la verdadera modernidad de Mito en haber hablado a tiempo de Hollywood y Visconti, de Cesare Zavattini [de quien se publica un relato a continuación], de Brecht y el cine, en haber traducido los diarios de filmación de Fellini en Las Romanas y en señalar cómo la forma de hablar de Cantinflas era la imagen más fiel de la oratoria política colombiana? Tal el acierto de Mito al referirse al cine.
De Relatitos
«Cine» Por Cesare Zavattini
Traducción de Guillermo Angulo
Pintura de Cesare Zavattini
Mis hijos no lo olvidarán tan pronto, quizás a causa de mi aullido. Estábamos sentados el sábado en la noche en el comedor. Primero vimos Al zoológico, un cortometraje sobre el zoo; luego uno cómico. La niña corrió hacia mis brazos mientras reía, y yo también reía por infinitas razones. Claudio montó la tercera de las películas que habíamos alquilado en el negocio de siempre. Antonio gritó: «Un momento». Corrió a la cocina y regresó masticando un gran bocado. Se sentó cerca de su padre. Ahora estaba feliz. Nada en el mundo habría podido aumentar su felicidad. Julio hacía desaparecer el siete de diamantes ante los ojos de Rosana, mientras Rosana preguntaba: «Mamá, ¿cómo hace Julio para ser dios?». Sobre el muro blanco aparecería en pocos segundos la imagen de una nave. Claudio había leído en voz alta Pesca en el norte, el título escrito en la lata. Todos miraban el muro. Se apagó la luz. Yo también estaba feliz. ¿Tengo la culpa si soy feliz? Un muerto, dijo el confesor. No basta, repuse. Cien muertos, insistió el confesor.
A causa de su mal aliento yo tenía que permanecer alejado de la reja del confesionario. Él decía cosas maravillosas, que me pasaban por encima como el agua sobre el mármol, porque tenía mal aliento. Tres millones de muertos, dijo. No, no, yo soy feliz. Soy feliz por aquel trozo de pan mordido por mi hijo, por la cabellera de mi mujer que se platea cuando su cabeza roza el cono de luz que atraviesa la estancia, por el crujido de la silla, por mi posición: reclinado en un mueble de nogal —esta noche su precio es tan alto que no empobreceré mientras viva— hay posiciones a las que entramos como en un molde que nos espera; basta desplazar el brazo un centímetro para dejar de ser feliz. «El comerciante se equivocó», dije. «No es Pesca en el norte»; se ve un salón lleno de espejos. Un hombre se desnuda rápidamente. Los niños empiezan a reír. Aquello oscuro detrás de la espalda del hombre era una cortina que se abría y dejó ver una mujer desnuda.
Cesare Zavattini en su estudio en Roma. Detrás, autorretratos de pintores contemporáneos.
El hombre, en un abrir y cerrar de ojos, se quitó los calzoncillos y la mujer le abrió los brazos. Yo grité. Sólo durante aquel grito los ojos de mis hijos no vieron nada. También mi mujer se había levantado y gritaba. Sus manos pasaban como murciélagos delante de la pantalla. Mientras tanto, el hombre le había agarrado un seno a la mujer. «Pare, pare», gritaba. Yo podía morir, arrojarme por la ventana, todo el mundo suplicar de rodillas junto a mí, pero aquel hombre no se habría podido detener. Diez fotogramas más y habríamos visto, en primer plano, la parte de aquella mujer hacia la cual la cámara, como una boca, andaba. Le di una patada a la mesa. Antonio encendió la luz, el proyector se había caído y humeaba... Con el cobertor del sofá me lancé sobre el proyector, pero no era necesario. Antonio miraba el proyector. Lo tocaba para buscar si se había dañado. Yo habría querido hacer cualquier cosa hasta el amanecer, y no sabía qué. Todos me miraban. Mejor una lengua de fuego, los muebles y las cortinas en fuego, correr a llamar gente, poderse lamentar del incendio; qué necesidad de hablar de cualquier cosa, de sentirse adolorido, como un incendio o una enfermedad, en presencia de la gente. «Mañana le pego al comerciante. Le meto el sombrero hasta la garganta, lo ahogo en su mugrosa brillantina ».
Si hubiera estado allí lo habría estrangulado, porque no habría sabido hacer o decir otra cosa. Vi que Antonio y Claudio se ocupaban de la manivela del proyector. «¿Se puede arreglar?», pregunté. Mis hijos no respondieron y yo no osé preguntar por segunda vez. Mi mujer se había retirado con la niña. Yo pensaba: «¿Sería posible hacer algo para que aquello que sucedió no hubiera sucedido?». No era posible. Había sucedido para siempre, contando mis días, más contando los de Claudio, más contando los de Julio, más contando los de mi mujer, más contando los de Rosana. Sonaron las once. Empezaba una vida larga, muy larga, venían deseos de sentarse, de terminar sentados, con tal de no dar siquiera aquellos pocos pasos que me separaban del dormitorio.
Del libro Ipocrita 1950 de Cesare Zavattini, publicado por «All’insegna del pesce d’oro», Milán 1954. Aparecido en la revista Mito, número 13, correspondiente a los meses de marzo, abril y mayo de 1957.