Casa de América premia a Juan Manuel Roca por su libro inédito Biblia de pobres
Entrevista para el olvido
El poeta Juan Manuel Roca
Foto Carlos Mario Lema
Juan Manuel Roca le respondió unas preguntas a Óscar Domínguez así:
¿Recuerda qué estaba haciendo el día de su nacimiento?
Hibernando. Alguien interrumpió mi sueño, lo que se volvió una pésima y reiterada costumbre a lo largo de mi vida.
¿Qué es ser colombiano?
El argentino más citado del planeta dijo que «un acto de fe», aunque en muchos casos resulte un acto de mala fe. Somos ciudadanos del país de Sísifo. Todas las mañanas subimos la piedra hasta la cima para verla caer, una y otra vez. Los bíceps de la paciencia, que son los de Sísifo, nos han hecho fuertes pero también nos han encallecido.
¿El mejor consejo que recibió de [Rubayata] papá Roca?
Lo dijo en broma, pero me lo tomé en serio. Un domingo, ante el dilema de hacer una tarea estudiantil o tomarme una cerveza, me dijo: «tómesela; uno no se puede dejar vencer de la fuerza de voluntad». He tenido que luchar contra esa divisa taoísta. ¿Y de mamá Vidales? «No leas por obligación».
¿Tiene muy alborotado el complejo de Edipo o del de doña Electra hay algo?
Ni lo uno ni lo otro, Freud mediante.
¿Si volviera a nacer repetiría el mismo libreto vital?
Mi libreto no lo hizo Fellini. No me molesta ser actor de un filme poco taquillero. Lo confieso: cuando dirigí el casting de la película de mi vida me hice el ciego y pasé por alto mi falta de apostura para un rol protagónico. En suma, haría más liviano el libreto y besaría a Jessica Lange antes de que cayera, definitivamente, el telón.
¿Mientras más conoce a los hombres más quiere sus poemas?
Más quiero los de Rimbaud. La poesía pone en duda la estupidez humana.
¿De dónde nació su devoción por la poesía?
De una insatisfacción con la realidad.
¿Qué es ser poeta?
Lo estoy averiguando.
¿Tienen alma los poetas?
Tienen alma, como César Vallejo, y enjalma como los cantores de nostalgias montañeras.
¿Se siente muy solo desde que hizo las paces con el poeta Jotamario?
Hacer las paces es derrotar los egos. No se necesitan, en el caso de quienes se dedican a la escritura, Ralitos ni Caguanes, ternurólogos ni comisionados.
¿Hay motivos para desconfiar de los poetas, esos mentirosos que siempre dicen la verdad, al decir de Cocteau?
También la verdad se inventa, decía Machado. Pero hay que merecer lo que se sueña. Por favor, recite la primera parte del poema de amor que más le guste. El último verso de Petrarca al morir su amada, Laura, me resulta bello y contundente: «En su rostro la muerte se hizo bella».
¿Le da miedo envejecer?
Me da miedo la postración. Estoy por el derecho a una muerte digna. Llegado el caso, espero que me envíen sin dilación al otro toldo.
¿Ha sido feliz?
Ver un cielo azul cobalto, una pintura que nos escudriña, un gesto de amistad; oír a quien no guarda servidumbres o viajar a un planeta llamado Nabokov son fisuras por las que he vislumbrado la felicidad.
¿Se ha enfermado de uribismo? ¿O son calumnias de la oposición?
Uribe es errático, autocrático y mediático. Su pacificación de Urabá a sangre y fuego, cuando fue gobernador de Antioquia, dejó una contrarreforma agraria antes de que hubiera una reforma.
¿Cómo dejará el país?
Ojalá sólo sean 8 años a bordo de sí mismo. [Y en su manifiesto de adhesión a Carlos Gaviria, complementa:] Repito, entre la civilización, o mejor, el llamado a una civilidad que encuentro en Carlos Gaviria, y el talante bárbaro de las realizaciones uribistas, el péndulo señala una hora infortunada de polarizaciones. Gaviria Díaz no niega que haya un conflicto armado. Uribe lo niega y sigue investido de una verdad sin asidero, como aquel reyezuelo al que los niños advertían que iba desnudo en su andadura por las calles, pero al que sus cortesanos le celebraban su atuendo invisible.
¿Qué se le ha quedado dentro del tintero vital?
Un lienzo bien pintado.
¿Qué hará en su próxima reencarnación?
Como dijo Jim Morrison: «cancelen mi suscripción a la resurrección».
¿Le da gracias a la vida, o no le ha dado tanto?
Le doy muchas gracias.
¿Tiene listo su epitafio?
Algo que me gustaría aplicar en vida: «No estoy para nadie».
¿Libro que está leyendo?
Poesía de Antonio Gamoneda, el más grande de los poetas españoles vivos.
¿El pecado que más le gusta cometer?
El de la desobediencia.
¿Defecto que más le gustaría tener?
El del olvido. Los lotófagos no sufren.
¿Los enemigos para qué?
Para darle rostro a lo que odiamos de nosotros mismos.
¿Persona que más ha influido en usted?
Juan Manuel Roca, cuando era niño.
¿Qué lo saca de quicio?
El arribismo. Lo dijo Michaux: «cuando los autos piensen, los Rolls Royces estarán más angustiados que los taxis».
¿De qué le gustaría morir?
De risa, como Julián del Casal, que por lo demás era un hombre grave.
¿Qué le gustaría olvidar?
Esta entrevista.
¿Por qué desea que lo recuerden?
Por algún verso.
Antología mínima del libro premiado de Juan Manuel Roca, Biblia de pobres o Biblia pauperum.
El hombre del proyector (Un réquiem por el cine)
En los barrios
el cine nunca fue mudo. En corrillo,
el hombre del proyector
contaba películas de Chaplin,
le daba a sus gestos una voz.
Afirmaba que los soldados nunca vencieron
a Jerónimo
y que tras la función de matinée
se levantaban los apaches heridos,
se sacudían el polvo,
montaban sus caballos de viento
y se iban a galopar por la llanura
en la función de vespertina.
No así los blancos, que caían flechados para siempre
cuando quería meter
su mano vengadora en el guión.
El hombre del proyector
juraba que al cerrar el telón
Billy the Kid seguía entrando y saliendo
en los salones de Texas
hasta hacerse un viejo bonachón
y todos los alguaciles morían abatidos
en un río de hiel.
En la pequeña pantalla de la almohada
Ava Gardner entraba al mar de sus sueños,
la más bella habitante de su piel.
El hombre del proyector
tuvo las manos de Orlac en su bolsillo,
guardó en un desván
el coche que rodó a sobresaltos los peldaños
de una trágica Rusia. Afirmaba que el niño
que iba en ese coche se hizo mayor
y que pudo huir del escorbuto, de la peste y de Stalin.
Hoy fuimos a su funeral.
Enterramos el cine de barrio
y apagamos para siempre el proyector.
La palabra invocada
A lo mejor venga coronada de frutos secos.
Quizá sea la enfermera que conocimos en la guerra.
La invocamos con labios partidos,
con voces heridas y banderas remendadas.
Quizá sea sorda como un monasterio.
De nada vale que la llamen sacerdotes y mendigos
ni los discursos que la nombran entre loas y dicterios.
A lo mejor lea un libro sin final
o duerma su ebriedad en un enyerbado cobertizo.
A diario la invocan moros y cristianos
y los hombres acosados le tienden un cordel
entre el vacío y la nada.
¿Y si fuera la moneda que pusimos al paso del tren,
la llave sin puerta que tiramos al mar,
la botella del náufrago que rompió la escollera?
Tal vez se hizo vieja y delira en un convento,
tal vez sufra de amnesia
y olvide las nueve letras de su nombre.
Acaso rasgó el mapa y no conozca el regreso
o beba a cántaros la leche amarga del olvido.
A lo mejor aparezca en un bote cuando nadie la espere,
cubierta de vendas y usando como remos sus muletas,
la malherida, la sorda, la maltrecha esperanza.
Memorial del provocador de sueños
La poesía es un sueño provocado,
un potro escondido en un bosque de niebla,
el niño que azota el agua con una serpiente muerta,
las terrazas de agua por donde viajan los salmones
/al desove,
un barco cargado de palabras
saqueado por monjes y escribanos,
una muchacha que toca el arpa de la lluvia,
la cava de tu voz untada de apio o de canela.
La poesía es un sueño provocado,
un ruido de pasos en las catedrales de la noche,
una mujer del desierto que inicia su danza
para espantar a los chacales,
un ganso perseguido por los perdigones del granizo.
La poesía es un sueño provocado,
un fantasma que cruza las fronteras como Pedro
/por su casa,
un gato, ese anarquista de los tejados
que duerme en un sillón su profundo Nirvana,
la primera noche del hombre salido de la cárcel,
un hombre que se niega a ir a su propio funeral.
La poesía es un sueño provocado,
alguien que regresa de las provincias del silencio.
Confesión del antihéroe
Nunca llegué a sitio alguno.
Cuando los altos viajeros
se deslizaban en un hondo silencio
y veían la tierra como una aldea perdida,
yo miraba en la oscuridad de los armarios
pequeñas lunas de alcanfor.
Muchos impacientes caían en combate
cuando era humillado en oscuras oficinas.
Los inventores de la máquina de sueños
cenaban con mujeres más bellas que sí mismas.
Una ración de orfandad me era servida
bajo techos que dejaban caer migajas de yeso en el mantel.
Nunca llegué más allá de la próxima esquina.
No fui el boxeador que sonríe a la penumbra
cuando en el altar del cuadrilátero
parece llamar a la oración la última campana.
No tuve agallas para disparar contra el tirano,
no monté en pelo el brioso caballo de la guerra
ni atravesé campos minados para salvar una aldea.
Me dediqué a masticar el pan sin levadura
/de todas las derrotas.
Algunas noches me pregunto dónde andarán
los que cambiaron de piel o de país
mientras oigo una canción que habla de visitar la lejanía.
Una generación (Grabado en Mezzatinta)
De tanto agitar banderas se fueron volviendo harapos.
Muchos, como Eneas, íbamos con el padre a cuestas
en lucha con su sombra y su talante.
El fantasma que recorría el mundo
se sentó a nuestra mesa y compartió
un pan hecho con la levadura del sueño.
Recordábamos a Louise Michel,
su manera de señalar que la misma madera
sirve para fabricar toneles o cadalsos.
A cada tanto recibíamos noticias de Patmos:
paisajes devastados y hombres desplazados,
lejos del más allá de las ciudades.
Se fueron poblando de vacíos las mesas del café,
de herrumbre los cubiertos del ausente.
El oscuro garitero repartía un naipe negro
y supimos que la muerte, como un corredor de fondo,
entrenaba en los estadios nocturnos y vacíos.
Siempre hubo mujeres lavando el agua,
dándonos a comer el pan de la alegría.
Despreciamos los pasos congelados de la estatuaria,
los caballos de bronce y los poetas de mármol,
las mutiladas Venus que desconocen el desperezo
/o el abrazo.
Una tertulia de sombras bebía el vino del destierro.
en ella estaban el que cerró la puerta,
el que fue mala noticia en una edición de la tarde,
el que jamás juró ser novio de la muerte.
A nosotros nos tocó aprender a nadar en un naufragio.
Biblia de pobres, o Biblia pauperum, viene de una alusión a los grabados en madera con breves leyendas, en latín o en alemán, que se imprimían en el siglo XV.