El Parque Nacional: 75 años... y sigue tan campante
En 1934 el presidente Enrique Olaya Herrera inauguró uno de los escenarios lúdicos más importantes del país. Setenta y cinco años después, este parque sigue siendo un punto de encuentro para familias y deportistas de Bogotá.
Por César Augusto Prieto
Periodista IDRD
Foto: Fred Solis/Idrd
La ley 50 de 1931 dio vida jurídica al Parque Nacional, después de integrar los parámetros urbanísticos del Plan de Regularización promovido por el experto arquitecto austriaco, Karl Brunner, a quien la ciudad le debe notables obras que se han preservado hasta nuestros días.
Tres años después entró al servicio de la ciudad y lentamente fue adquiriendo sus actuales características: en 1936 se estrenó el Teatro El Parque; dos años después se construyó la denominada Torre del Reloj; en 1940 se inauguraron el Monumento a Rafael Uribe Uribe (polémico en su tiempo), elaborado por el escultor Victorio Macho, el relieve gigante de Colombia y, un año más tarde, las cinco fuentes ornamentales que todavía se encuentran en el sector histórico del recinto.
Con el paso del tiempo comenzaron a funcionar canchas deportivas, juegos mecánicos y un pequeño zoológico, para completar el universo lúdico del Parque Nacional.
Así, se fueron deshojando calendarios con varias ampliaciones en el sector ambiental del parque, hasta alcanzar el epílogo del siglo XX, cuando declinó su belleza para darle paso a la suciedad e inseguridad. A partir de 1995 la Administración Distrital inició una completa recuperación y restauración de sus monumentos, se construyeron baños públicos, la alameda de la carrera séptima, la escultura-instalación «Rita 5:30» (año 2000), la zona de juegos infantiles y las canchas de tenis y voleibol encima de los tanques del acueducto (sector norte).
En el aspecto ambiental, el parque cuenta —después de tres cuartos de siglo a cuestas— con una extensión de 283 hectáreas, de las cuales 14 comprenden el sector urbano y el resto son una importante reserva forestal y ambiental que sube hasta los cerros orientales, incluido el mítico Monserrate.
Reflejo de la ciudad
Foto: Fred Solis/Idrd
El parque se construyó para uso nacional, pero se fue transformando en algo tan bogotano como la chicha de La Perseverancia o el tamal con chocolate de Monserrate. Como parte integral de la urbe lo hemos transitado, con lluvia o bajo el picante sol sabanero, casi siempre de afán y por la acera de la carrera séptima, distinguida por sus faroles de antaño y la fuente que parece haber estado ahí toda la vida.
Levantado al borde del antiguo camino hacia Chapinero y el entonces alejado pueblecillo de Usaquén, ha observado transitar carretas y coches halados por equinos, los primeros autos con motor a combustión y, actualmente, la alocada vía que sirve de pista al transporte público en plena «guerra del centavo ».
Pero también acudimos a su sombreado interior o sector histórico, en donde encontramos sus fuentes, sus once monumentos, el reloj donado por la comunidad suiza residente en Colombia, la enredadera y demás elementos mágicos que le han dado personalidad al parque, pariente de distinguidos vecinos como el río Arzobispo, el barrio La Merced y la Universidad Javeriana, entre otros. Eso para no hablar de los tanques de helio con el globo travieso que aun amarrado se quiere escapar en busca del cielo, las mazorcas untadas de mantequilla, los pinchos de carne sacada de los expendios a orillas del Tunjuelo, el fotógrafo anacrónico dotado con cámara análoga y maletín y toda esa parafernalia de villa suramericana que le agrega un especial encanto pueblerino al lugar. Bajo un ambiente similar, pero con el recato de los cachacos de sombrero y paraguas, nació en 1934 el Parque Nacional, más tarde denominado Olaya Herrera, en memoria del presidente de Guateque, quien tuvo el honor de inaugurarlo en pleno auge de la hegemonía liberal.
Foto: Fred Solis/Idrd
En ese entonces, el escenario se localizaba en el extremo norte de la ciudad, muy cerca de las adineradas quintas chapinerunas y para acompañar, en la noble misión de recrear a los citadinos, a otros parques como el de La Independencia, El Centenario y el Lago Gaitán.
El invaluable museo al aire libre del Parque Nacional sigue vigente en pleno siglo XXI, adornado con la vitalidad de los oficinistas que pasan por allí siempre afanados, los enamorados que echan raíces en sus prados, las familias que lo pueblan en distintos horarios, los aeróbicos de los fines de semana y la importancia de ser uno de los escenarios más representativos de la bogotanidad, no sólo por su antigüedad sino por retratar de cuerpo entero una ciudad.