Dos mujeres en medio del conflicto: Plomo y ternura
Por Enzo Baldoni
Traducción del italiano de Guillermo Angulo
Es necesaria una cierta dosis de ternura para adivinar, en esta oscuridad, un trocito de luz […] Pero a veces no basta una cierta dosis de ternura: Es necesario agregar una cierta dosis de plomo. Subcomandante Marcos Declaración de principios del EZLN
Mi marido secuestrado
ILUSTRACIÓN: MARIELA AGUDELO
Pasa casi una hora. Sobre la carretera polvorienta el Dodge sigue dando brincos de saltamontes, como caballo de rodeo. Empiezo a sentirme cansado de tanto sube y baja, y la vida (extrema falla de los sentimientos humanos) ya no me parece tan sabrosa: tal vez porque en los dedos agarrotados a las barras de hierro se me empiezan a formar ampollas.
Por fortuna, el camionero se detiene de pronto, lo que aprovecho para gritarle: —¡Gracias, señor, yo me quedo aquí!. Se baja, viene a abrirme la compuerta, salto al piso, le doy las gracias y le estrecho la mano con cordialidad; él me sonríe, me da una palmada en el hombro y se aleja en medio de una nube de polvo.
Otra vez la espera bajo el sol. Pasan uno, dos, tres camiones completamente llenos. Finalmente, después de media hora, viene la solución: “Elemental, mi querido Watson: un taxi ” . Mejor, no un taxi, sino el taxi: es el taxi de Lelo, a quien llamo Lelito, el aprovechadito , un avivato bigotudo, que hace negocios con la guerrilla, con los civiles, con el gobierno, en suma, con todo el que tenga plata.
Le hago señas y él se detiene. Adelante va una señora con aire de intelectual, cabellos cándidos y anteojos, probablemente alemana. En la parte trasera una muchacha muy querida, con trenzas. Quién sabe si les produzco miedo, sucio y empolvado como estoy. Espero no despedir un desagradable olor a boñiga.
—¡Hola, Lelo! —saludo—, ¿me acercas hasta Los Pozos?
—Si la señora quiere…
—¡Claro que sí! Suba —dice la señora.
Finalmente voy a apoyar el culo sobre suave cojinería de cuero falso. Y la señora me dice:
—Usted es extranjero. ¿Alemán? ¿Francés?
—No, señora, soy italiano.
Ella suelta una carcajada y con marcada cadencia florentina me dice:
—Increíble: ¡encuentra uno italianos por todos lados!
La señora se llama Vanna y tiene setenta años. ¿Qué andará haciendo por acá, en el Caguán? Tiene aire de intelectual. Debe ser una socióloga o una profesora universitaria. Debe andar por aquí en alguna investigación.
Gozando bajo la lluvia
Imagínense lo que es estar lleno de polvo y sudor, después de dos horas de carretera, y en un camión lleno de estiércol de ganado. Imagínense que el cansancio es tal que basta tocar la cama para caer en sueño profundo, con la lengua pegada al paladar por el calor sofocante de mediodía, y sumergirse en un sueño incómodo, sudoroso, ininterrumpido, sobre una cama húmeda de sudor, en un cuarto cuyo techo de zinc se ha transformado en una especie de horno de vapor. Imagínense ser despertado súbitamente por un ruido sordo, como de cascada, y luego de unos momentos de estupor darse cuenta de que es un aguacero ecuatorial que está azotando el techo de zinc.
Imagínense el placer de salir completamente vestido, dejarse empapar la ropa ligera por la lluvia fresca y benéfica, enjabonarse, incluyendo el vestido, darse un champú, concederse el lujo soberano de enjuagarse los cabellos con una purísima agua lluvia —en lugar del agua fangosa de la alberca — un verdadero regalo del cielo…
Y, mientras tanto, los confines desenfocados del mundo que nos circunda, los montes lejanos, las palmeras, los bueyes de la llanura se vuelven más lindos y todo el mundo como que se hace más nítido.
Después de la muerte de Enzo Baldoni, su hijo, Guido, envió estas líneas a un sitio de Internet:
La pobreza genera muerte, ignorancia rabia y fanatismo. De todo esto nace el terrorismo que mató a mi papá. El Tercer Mundo es pobre, pero debe haber una manera de vivir sin dolor.
Enzo G. Baldoni nació en Città di Castello, Italia, y fue asesinado en la ciudad sagrada de Nayaf, Iraq, el 21 de agosto de 2004. Sus captores, el Ejército Islámico , pedían el retiro de las tropas italianas de su invadido país, y encontraron oídos sordos en el gobierno italiano. Su biografía más condensada la hizo pública el canal
Al Yazira, en un video en el que, mientras estaba secuestrado, el propio italiano decía en inglés: “Me llamo Enzo Baldoni, tengo 56 años, soy un periodista y colaboro como voluntario con la Cruz Roja.”
Los conflictos atraían a Enzo como un imán: estuvo en Cuba, en Timor Oriental, y había venido dos veces a Colombia. Sobre nuestro país se publicó en Italia su libro póstumo titulado precisamente Plomo y ternura.
La vida está hecha de pequeños y grandes placeres.
Dos mujeres bastante golpeadas
Sábado en la noche, hacia las siete y media. Desde hace rato está oscuro. Y yo estoy donde Carmen, saboreando con todas mis papilas una cerveza helada mientras leo la biografía de Marulanda a la luz de una bombilla de sesenta vatios. Los altoparlantes escupen música llanera y vallenata, a un volumen que creo insoportable para el oído humado.
Entran Vanna —la señora florentina de edad, que me rescató en mitad de la polvorienta carretera— y Florángela, la simpática periodista que la acompaña.
—Hola, ¿cómo están? ¿Por qué no se sientan? —las invito.
—Gracias, gracias.
— Oh, grazie —dice Vanna. Tiene aire de preocupación.
—Entonces qué: ¿todo bien?
—Sí, todo bien, todo bien —dice Vanna en tono de lamento— esta noche nos toca dormir aquí, en Los Pozos. ¿Cómo haríamos para volver a soportar esa carretera llena de huecos y polvo hasta San Vicente? No están equivocadas.
—Bueno, si van a pasar una noche aquí, ¿ya encontraron alojamiento?
—Sí, pero andamos perdidas —dice Angelita— no sabemos dónde es.
—¿Perdidas en Los Pozos?, ¿cuatro casas y dos calles? —Me parece muy extraño. Ambas parecen fuera de lugar y completamente desorientadas.
—Está bien: Vanna, siéntate y toma algo. ¿Cerveza? ¿Jugo de fruta? ¡Carmen! Por favor, un jugo para la señora. Mientras tanto Angelita y yo vamos a buscar el cuarto de ustedes.
Vanna me lanza una mirada extraviada. Le tomo la mano y está temblando. Le hablo con dulzura:
—Tranquila, Vanna, que yo encuentro tu cuarto en diez minutos. Yo ahora me siento en casa aquí en Los Pozos. Tranquila.
Florángela recuerda vagamente una casa amarilla donde alquilar cuartos y la está buscando en dirección a San Vicente, donde se acaba el pueblo. En dos minutos establecemos que sí, que queda donde se acaba el pueblo, pero en dirección opuesta. Y en cinco minutos la encontramos: son las infames residencias Los Pozos, donde no quise hospedarme cuando llegué.
—Vanna está casi histérica, porque le tiene miedo a la oscuridad y a las cucarachas —me dice Angelita— debo comprarle unas velas.
—Está bien, ahora te acompaño. Pero… ¿una vela en ese rancho de madera? Se van a incendiar. Mejor vamos a conseguirle una linterna.
—Claro, mejor una linterna —corrobora Angelita.
—Dime, Florángela: ¿qué está pasando? ¿Por qué las veo tan nerviosas? —Nada, nada. Sólo que Vanna está un poco fatigada por el viaje. La edad, ¿sabes?
—Tú no me estás diciendo la verdad, muchacha. ¿Qué hace Vanna, con ese aspecto de profesora pensionada, en el Caguán?
FOTO ENZO BALDONI
Regresamos y ordeno un poco de comer para las mujeres. Florángela come con buen apetito su pollo frito, con arroz y yuca. Vanna sólo toma un yogurt. Se ve conmovida. Con voz temblorosa se lamenta del viaje, del cuarto, de la cama, de las cucarachas, del polvo, de la música demasiado alta y, ¡dios mío!, de lo que pueda suceder mañana y… La pregunta me sale del fondo del corazón:
—Perdóname, Vanna, pero, ¿qué carajo viniste a hacer aquí?
Angelita baja la cabeza. Vanna, mirándome directo a los ojos:
—Excúsame, pero los comandantes me han prohibido decirlo.
—¡Coño, coño, coño! Está bien, Vanna, no quiero saber nada, pero si les puedo ayudar en algo, cuenten conmigo. Las puedo acompañar, servirles de escolta. Tranquilas, que con un hombre tan grande como yo nadie se les arrima.
Ella muestra una frágil sonrisa. Sus clarísimos ojos parecen casi perdidos, aguados.
—Gracias: eres tan dulce… Pero me basta con hablar un poco de italiano. ¿Sabes? Hace tanto…
—Sí, a mí también me da gusto. Aunque lo mejor de este sitio es que no hay italianos, pero a veces quisiera… Vanna, tu acento… Hablas un florentino urísimo, un florentino de otros tiempos. Me recuerda el de Indro Montanelli.
—¡Ay! Pobre Indro. Sentí tanto su muerte... Pero ahora sólo una cosa me importa.
La blusa entreabierta deja adivinar en el pecho una suave cicatriz, que le recorre el esternón.
—Buen machetazo —le digo con mi tradicional delicadeza. Sonríe mientras dice:
—Seis bypasses. El año pasado. No tienes ni idea…
Y conversamos un poco y descubrimos que en Bogotá tenemos amigos en común: Santiago García, Patricia Ariza, Gloria Zea. Vanna es de izquierda y ha hecho parte de la intelligenz de Bogotá. Su marido es colombiano… Se interrumpe un momento, suspira, mira al vacío. La miro a los ojos con intención. Ella sostiene la mirada. Luego baja la cabeza, se rinde y susurra:
—Pues sí.
—¿Mmmm?
—Ellos lo tienen.
—¿Desde hace mucho?
—Casi ocho meses. Tiene 72 años, es diabético y sufre del corazón. Ni siquiera sé si está vivo o muerto. Y se muerde los labios.
Dios mío, qué lástima. Esta señora tan frágil, ya en sus setenta años de una vida probablemente cómoda y tranquilla, se encuentra ahora gestionando una cosa tan gruesa desde el punto de vista emotivo. Mientras tanto, continúa la diaria banalidad: el lecho con un lado vacío, las chaquetas en el closet, las medicinas sobre la mesita de noche. Y las noches de insomnio, una tras otra, pensando y con miedo. Y llorando.
Le tomo las manos, huesudas y frágiles, con venas en relieve que atraviesan la piel casi transparente, y nos quedamos en silencio, con la mirada fija en el mantel.
Una mariposa revolotea alrededor de la bombilla de sesenta vatios.
Éste es un homenaje de Ciudad Viva a Enzo Baldoni, amigo de Colombia