Olga de Amaral es única entre los artistas latinoamericanos contemporáneos. En el fondo de esta singularidad yace el hecho de que su obra es, en esencia, inclasificable. Por ejemplo, ¿se trata de arte o de artesanía? El llamado «renacimiento artesanal,» que aconteció en Gran Bretaña y luego en los Estados Unidos durante finales del siglo xix y los primeros años del xx, no tiene lugar en la historia del arte latinoamericano. Tampoco hay mucho que corresponda a una posterior fase de interés por lo arte-sanal, que afectó a los círculos artísticos estadounidenses durante los años sesenta y setenta, tras la guerra de Vietnam. En América Latina, la artesanía —los franceses utilizan la expresión les métiers d'art — es parte de la tradición folclórica.
Olga de Amaral, quien realiza algo que vagamente puede describirse como tapices y textiles, es sin embargo reconocida universalmente como creadora artística importante y por completo individual.
Dadas estas circunstancias, se hace necesaria una mirada más amplia a los antecedentes. En primer lugar, uno debe recordar que los pueblos precolombinos se contaban entre los más inventivos de todos los tejedores. Muchas de sus técnicas eran completamente desconocidas por fuera del continente suramericano. Circunstancias afortunadas —condiciones de extrema sequedad o frío, o una combinación de ambas— han hecho que se preserven varios de estos tejidos para nuestra admiración actual. Lo que impresiona es que tales tejidos poseen toda la certeza estética de las grandes obras de arte. Por contraste, los tapices europeos —del Renacimiento en adelante— tendían a depender más y más de diseños proporcionados por pintores, es decir, por gente que se distanciaba del proceso artesanal. Lo que muchas veces admiramos de tales resultados es simplemente el ingenio con que los tejedores salvaron la brecha entre dos mundos estéticos diferentes y, en cierto modo, incompatibles.
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Gran parte de la producción de Olga de Amaral ha estado relacionada con el oro, pero en su obra no hay equivalentes con la arqueología precolombina. No obstante, uno siente que tales objetos deben existir por lógica, que ella ha suplido una carencia.
Diego Amaral Ceballos escribe sobre Olga, su madre
¿Quién me señaló el amarillo del banano, aquel azul de Suesca, quién el rojo de mi sangre? ¿Quién me nombró?”
Sospecho que para nadie son extraños ni el resplandor de la nostalgia ni la presencia magnética de momentos en nuestras vidas que yacen como guijarros de oro bajo el manto de la memoria. La búsqueda y transformación de esos instantes impregnan estas páginas y todas sus texturas.
Esta labor tiene su cara oculta. La cercanía permite tocar un cúmulo de experiencias comunes de infancia, y aún de madurez: el derroche permanente de fibras y colores, los telares y su incesante son; la mirada constante de padre y madre hacia lo misterioso en la naturaleza y lo sublime de la creatividad humana. Sin embargo, estos lazos imponen también un umbral de percepción: el cuerpo que habito, el país que recorrí, los colores que veo fueron una vez uno solo y el mismo; ahora son otros, y quizás por eso la nostalgia. ¿Quién me señaló el amarillo del banano, aquel azul de Suesca, quién el rojo de mi sangre? ¿Quién me nombró? ¿Cómo ver desde afuera cuando estoy por dentro? ¿Son mis ojos los que ven?
Preguntas sin respuesta. Mientras más vamos río arriba, más indescifrable es la respuesta y más clara resulta su esencia: somos todos los que vemos, somos todo lo que vemos. Ya en el páramo, bajo el fulgor de los astros, se distingue la terrible y sublime unidad de la vida. En mente: se manifiestan imágenes de nosotros mismos; en útero: células astrales. Surgen imágenes paralelas: un embrión humano, gemelo visual de un cataclismo celeste percibido por el telescopio Hubble a millones de años luz, a millones de años tiempo. ¿Y dónde se inscribe lo que pensamos? En el trazado de las estrellas, en el cruce de la fibra, en todo lo que vemos, en todo lo que hacemos.
Las texturas de Olga son mitos que guardan pensamientos y huellas para otros ojos. Son nostalgias depuradas de artificio; son cordones que nos conectan con culturas de asombro, en las cuales el misterio y la veneración por las fuerzas ancestrales de la vida eran los que tejían el destino humano. Espero que estas páginas inscritas en textos y colores sean fieles mensajeras para los que vislumbran, detrás de este mundo de ciencia y determinismo, la presencia de lo innombrable.
Expectantes, aún buscamos en las estrellas nuestras responsabilidades como hijos del universo.
Esta travesía toca apenas la multiplicidad de influencias que sensibilizan a un ser creativo. En el camino quedaron otras invisibles, algunas desaprovechadas y otras más apenas germinando, gravitando alrededor de un atractor extraño.