Aprendo del sonido y el ruido de estos años que se han sucedido en la prolongación de una gota en el eje transversal que ha cruzado mi generación: la guerra.
Mi padre sacó de la casa a Caperucita Roja para hablarme en voz alta de sus propias noticias y contarme en presente el momento histórico.
Mi madre me mostró cuánto peso y contenido hay en una palabra a través de los tangos; y mis hermanos, perdidos en la decencia de la docencia, jamás me preguntaron por qué no quise ser maestra de escuela como ellos.
Ese silencio me permitió torcer los esquemas impuestos en las familias tradicionales del pueblo don-de nací y buscar en otras esencias la ventana para reconocer en mis amigos qué tan bueno es a veces estar.
Desde que mis hermanos pintaron con carbón un radio en un poste del patio de la casa y bailaron, supe que no tendría ninguna carencia para sostenerme y éste, mi país de confusiones y gritos de independencia en los carnavales de la traición, se convirtió en un gran cimiento de imágenes para mi trabajo creativo.
Leo en lo humano, en sus obras a escritores y poetas colombianos que aportan al desarrollo de mi búsqueda poética; de ellos conservo, con ellos observo.
Vuelos, últimos segundos del fuego
Hace nudo ciego a sus pasos.
Es la bailarina que se cambia
sus zapatos en mi casa
y me deja instantes últimos de ciudad.
Mientras el cordón marca
el centro de su pierna
desarma el piso que le habla
en la música de sus rodillas.
Cuando se levanta es definitiva:
las botas en contravía.
A veces, me pregunto si volverá mañana
a decir del piso firme
en los puntos suspensivos
de la función que apenas comienza.
Días de gloria
Preguntas por el miedo a la puntilla
que besa mariposas en tu garganta.
Comes el último helado de la medianoche
y aún la tierra no despierta en el arco de tus pies.
El regreso
Una extraña atmósfera le determina la vida. Un olor denso y pesado, nunca antes presentido, se cuela por el vestido y se esconde entre el ombligo.
Sí, sacaron al muerto, pero su olor se instaló en las axilas de la noche, en los pliegues del pañuelo en desuso; se mantuvo ocho días entre las subidas y bajadas de los inquilinos. Tal vez, Dios también utilizó el ascensor inhalando su propio sabor. Es la costumbre de dormir entre el incienso.
Lugar tres
Recostada sobre su brazo derecho, en el borde de las cosas, ve pasar razones de papel. Una mosca lee su pierna izquierda, ella construye pedales para sus horas de quince sueños. Se mece, no puede decidir para dónde dejarse caer: a lado y lado la esperan monstruos que vomitan la sangre de las orquídeas.
Suerte del silencio
Los homicidas de un suicida tienen fortuna. Nunca se sabe de sus rostros, aunque se hacen necesarios para el concierto de culpas. Al Estado no le importan los suicidas, la Iglesia los destierra. Los suicidas se llevan las mejores conclusiones.
Desierto
Las puntas de la lluvia en mis ojos.
Apacible, entre el olor a sudor de caballo,
y gotas que aplastan la tierra rojiza
reconozco el duelo.
Desafío el miedo centímetro a centímetro
y la tormenta me devuelve las imágenes
cuando intentamos el vuelo de los sueños.
La oscuridad es perfecta, la soledad amplia, larga la distancia.
El disparo no despertará a mamá.
Encuentros
El teléfono timbra, pienso que es Dios y siento miedo. Una sombra azul cierra la puerta y evita la salida. Otra vez, el bramar de la muerte. Observo la grieta interior: es mi padre que se revuelca en mis entrañas y me hace pedirle perdón. Una sábana verde oscurece la esquina, donde los suicidas retuercen sus sogas de luto. Un hombre pasa y me mira en desconcierto, cree que son vacas y no ánimas las que tengo de rodillas. En un escupitajo vuelco sus palabras, mientras aprieto su cuello hasta sacarle la lengua. Vuelvo a la afonía de las respuestas. Una porción del cuerpo que me palpo es subastada en el purgatorio de causas inconclusas.
La hora larga
Cuántas muertes tiene que pagar entre sus piernas, lleva tres meses sangrando, mientras relata sus condenas al entrevistar. Sabe bien que es una puta menos en el cielo y es feliz sintiéndose encerrada por subvertir. Su viejo tía no tiene unidad temática en el horno, ni a ella le hacen falta tres poemas para pedir perdón. Simplemente se resume en una gota cuando se trata de ayunar entre cuerpos malolientes.
Salmo
Saco el último vestigio en alas de mariposas.
Enjabono y tuerzo.
Al tacto del viento con mis manos
un olor confuso se aproxima por la acera izquierda.
Lo guardo,
trato de meterlo en la taza del baño,
pero en remolinos es vaciado a mi boca.
Tiento,
palpo cada pliegue del pecho.
Hace falta mucho detergente
cuando mi país hasta en la ropa duele.