Laura Restrepo (la mujer victoriosa
de la literatura colombiana) en el Hay Festival
Por Ana Aurelia Roda
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FOTO: CARLOS DUQUE, CORTESÍA DE ALFAGUARA
El Hay Festival dio para todo: para que la radian
te Cartagena se llenara durante cuatro días de buena parte de la fauna que gravita alrededor de los libros; para que el teatro Heredia srecuperara el antiguo esplendor y toda la gracia de sus palcos llenos; para que estudiantes de todo el país, e incluso de otras latitudes, rompieran su rutina durante estos cuatro días de gracia: para ver, en vivo y en directo —y sorber y sopesar sus gestos, sus palabras, sus silencios— a grandes figuras de la literatura actual; para hablar de cine, de periodismo, de humor, de poesía; para reunir —y no siempre alrededor de temas estrictamente literarios— a los escritores con sus lectores, sus críticos, sus colegas; para lo sagrado y lo profano; para que las librerías tuvieran su cuarto de hora y los asistentes se forjaran nuevos planes de lectura. Pero sirvió también para derrumbar mitos. Y este capítulo corrió por cuenta de Laura Restrepo.
Luego de un año largo de ausencia, Laura se presentó tan airosa y vital como siempre, dispuesta a dejar su huella literaria, política y humana. Y eso hizo. Estuvo en todas partes, no sólo en el intimidante escenario del teatro Heredia, frente a los cuatro pisos abarrotados de público ávido. Pasó por la radio, la universidad, la calle, diciendo —como le gusta— sus verdades. Y fue uno de los siete invitados a cerrar el festival. Con un encargo: hablarle al público sobre su libro favorito. Muchas obras salieron a relucir en esta velada del fondo del corazón y los recuerdos de los escritores. Una se destacó: La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, que fue la reliquia que tres de los siete escritores trajeron para legarle al público cartagenero. Para alegría de los colombianos, salió a la arena La Vorágine, y no fue un colombiano el que la lanzó de nuevo al ruedo. Y estuvo también Pinocho.
Laura aceptó el reto, pero lo hizo a su manera: «Yo escogí hablar de los [libros] que menos me gustaron (No de los que no se deben leer: esos no existen, porque todos, todos se deben leer).» Así empezó. Y se abrió camino entre la sorpresa del auditorio contando que Heminway, quien era aficionado al toreo, solía decir que aprendía más de ese arte observando a los toreros malos que a los buenos, porque los buenos lo encandilaban con su magia, mientras que los malos dejaban al descubierto los trucos del oficio. Por lo tanto, ahí estaban, sus malos.
Empezó con Corazón, de Edmundo de Amicis. Hubo movimiento en las sillas, posiblemente entre aquellos que se iniciaron, como tantos, con esta que Laura calificó como una verdadera máquina para torturar niños con sus historias de padres y madres que no se tienen, y si se tienen se pierden para siempre o, si se encuentran, resultan crueles. Luego saltó a un libro de adolescencia: el Werther de Goethe. Aquí hubo silencio. Si entre los asistentes había algún antiguo adolescente que lloró al unísono con el joven Werther los terribles sufrimientos del primer amor, no lo hizo notar.
Pero Laura se explicó. Enamorarse perdidamente de alguien que no te quiere, es algo que sucede hasta en las mejores
familias. Pero morir de amor, literalmente morir de
amor por alguien que ni siquiera se entera de que
andas en esas, es cosa desatinada y melodramática más allá de conveniente en cuanto a resultados literarios. Y siguió retando a los adolescentes empedernidos: nos espetó que El lobo estepario, de Herman Hesse era un catálogo de frases grandilocuentes «que para colmo nos aprendíamos de memoria y andábamos esgrimiendo a diestra y siniestra.» Quienes hemos estado en contacto con adolescentes de nueva generación, sabemos que esa confusa alegría metafísica sigue alegrando la confusión metafísica de muchos jóvenes. Los tocados, de una u otra manera, sonreímos.
En seguida le tocó el turno a Cervantes, con sus Novelas ejemplares. Habló de su dureza descarnada y leyó el fragmento terrible en que un violador le dice a su víctima que guarde silencio, pues sus gritos serán pregón de su deshonra. Y lo dejó así, para que cada cual hiciera su balance personal. Luego habló de identidad y de América Latina. Pasaron al estrado La araucana y Huasipungo. La primera, porque para hablar de las gestas de los indígenas americanos no encuentra heroísmo propio. Los grandes luchadores precolombinos son copia de los mitológicos héroes griegos —dijo Laura— su grandeza es la de los personajes de La eneida. Pero entonces viene Icaza, y nos da otra versión de los antepasados: personajes sarrapastrosos y miserables. Ninguno de los dos modelos, en su opinión, da una luz sobre quiénes fueron esos indígenas gloriosos y vencidos.
Y, adentrándose en las lecturas de madurez, Laura dejó caer estruendosamente a Proust. No disfrutó —y lo dijo con todas sus sílabas— En busca del tiempo perdido. Y se tomó la libertad incuestionable para explicar sus razones: «Por la primera no se puede culpar a Proust, y es que su novela ha dividido al mundo en dos: un selecto grupo que la ha leído, y una inmensa mayoría que no, muy despreciada por el selecto grupo. La otra sí recae en el autor, y es su inexplicable fascinación por una nobleza a la cual no pertenece.» Las discusiones rebasaron el ámbito del teatro Heredia y se prolongaron en los cafés. Sus colegas en el estrado se mantuvieron imperturbables.
El espíritu combativo de Laura llegó hasta el final y se metió con la Biblia: El Apocalipsis. Aunque reconociendo que está lleno de imágenes poderosas, poéticas y espléndidas, lo calificó como el feo libro de la venganza; de la venganza como razón de ser; de la venganza soñada y buscada con obsesión. En medio del Nuevo Testamento, que es el libro del amor, el Apocalipsis es el libro del odio y la venganza. D.H. Lawrence dijo —recordó Laura— que el Apocalipsis es el diablo que se cuela en el Nuevo Testamento. Y, aunque estaba hablando frente a un público literario, aquí recibió su perdigonazo. Pero fue un perdigonazo disparado desde el palco de la teología. Luego de este «pinchazo sentimental,» dirigido a evitar el endiosamiento de libros y autores, Laura se sentó. Le habían pedido su opinión y, pedagógicamente, la había dado. Finalmente su público era, en su mayoría, un público de lectores.