Mi obituario es una carcajada que invita al jolgorio de vida,
lo infinito está aquí, hay que vivirlo eternamente.
Yo me quedo en la cuna donde nací, que quiero que sea mi ataúd
C. M.
Por Mauricio Laurens
Carlos Mayolo, Fotografía intervenida
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Carlos José Mayolo Velasco, caleño raizal, sobresalió como guionista nato y profesional empírico de los medios audiovisuales. Espectador crítico en el cine San Fernando, fundó el Cine–Club Universitario, instaló la revolucionaria Ciudad Solar y dejó punzantes comentarios en la revista Ojo al Cine de su amigo Andrés Caicedo. Dirigió y escribió aguerridos documentales, inolvidables cortos, dos interesantes mediometrajes y otros tantos largos de la era Focine. A finales del año pasado, recibió de Mincultura la distinción «Toda una vida dedicada al cine».
De vena sarcástica e irreverente, su locuacidad era envidiable y estuvo familiarizado con el delirio o cierto sentido de lo absurdo que se apropiaba de la pantalla en medio del barroco tropical por él mismo bautizado. Su obra, llena de altibajos, cubrió prácticamente los últimos treinta años aunque llevaba más de una década sin resultados a la vista. En compañía de Luis Ospina —codirector y editor— abarcó raíces vallecaucanas exacerbadas junto al dominio narrativo, las agudezas visuales y los detalles escenográficos.
Edificó entre 1970 y 1986 una sólida filmografía llena de ironías, provocaciones y sobresaltos; desplegó un humor negro casi anárquico y agradó con una madurez escénica que lo hizo inconfundible. Agarrando pueblo levantó ampolla y puso el dedo en la llaga del miserabilismo en nuestro cine. La pornomiseria saltaba entonces a la vista en el negocio lucrativo de quienes a partir del sobreprecio encontraron una veta para explotar —no explorar— nuestras miserias tercermundistas y sin escrúpulos exportarlas en cinta hacia los países del este europeo.
Abordó el virgen campo nacional del terror, en Carne de tu carne (1986). Bajo el contexto histórico de la dictadura militar, recreaba una incestuosa relación entre medios hermanos que desbordaría los atavismos impúdicos de familias tradicionales al fundirse con mitos populares de ultratumba. Es allí donde cuidadosas reconstrucciones de época años 50 convivían —junto a atrocidades cometidas por siniestros elementos del otrora naciente Frente Nacional— un realismo histórico vuelto auto sacramental al resucitar los viejos símbolos del poder. ¿Cuándo brotan los primeros síntomas de su espíritu burlón e iconoclasta? Con ¡Oiga, vea! (1971), por cuanto Ospina–Mayolo filmaron los Juegos Panamericanos de Cali detrás de mallas para demostrar que el pueblo no tenía acceso a las competencias de salón e interclubes. Así mismo se declararon al margen de los reportajes institucionales con dineros oficiales e hicieron mofa de la infraestructura y de un costoso tren habilitado para juegos infantiles en zonas periféricas deprimidas.
Adriana Herrán y David Guerrero, actores principales de la película Carne de tu Carne(1986), Dirigida por Carlos Mayolo en Caliwood
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Vale mencionar dos pequeñas ficciones que sobresalen frente a la incapacidad generalizada de relatar historias diferentes. En Asunción, una empleada doméstica se rebela contra las prevenciones de su patrona para desatar un jolgorio liberatorio de raíces buñuelianas, y en La hamaca expone el desquite de una campesina contra el zángano que la explota mientras pasa los días enguayabado. Mayolo plantea dos situaciones cotidianas de tierra caliente cuyos desenlaces son realmente perturbadores.
Su segundo largometraje vino a reafirmar una tendencia personal a sublimar aspectos ocultos de la realidad y elaborar puestas en escena con pretensiones oníricas. La mansión de Araucaima sigue siendo una conveniente adaptación del relato gótico de Álvaro Mutis, sembrado para la ocasión con un colorido estilo. Aún sorprenden sus bien delineados personajes —dos de ellos brasileños— la fuerza actoral de Vicky Hernández y la esmerada fotografía de Rodrigo Lalinde. ¿Cuáles son las características de Mayolo como autor cinematográfico, su estilo y personalidad? Respuesta de Ricardo Silva Romero, crítico de la revista Semana: «Mayolo reveló, en sus dos películas, sus mediometrajes y sus series de televisión, la decadencia de una sociedad que sólo cierto retorcido sentido del humor salva por poco. Fue un cineasta de verdad: ante La mansión de Araucaima y Carne de tu carne le queda a uno claro que pensaba en imágenes, que le dejó al mundo una extraordinaria forma de mirarlo. Detrás de sus encuadres está la actitud de una persona que no creyó del todo en lo que veía, que sabía que todos vamos a enloquecernos de un momento a otro. Una persona de verdad, un hombre entero, que hizo lo posible para que su máscara fuera idéntica a su cara en la intimidad, que fue leal hasta el último día y se fue haciendo niño con el paso del tiempo».s
Sandro Romero Rey, cineasta caleño y amigo de toda la vida, concluye: «Mayolo se murió porque estaba vivo y nada más. Mayolo se murió gracias al gobierno, gracias a las programadoras de televisión, gracias al alcohol, a la cocaína, a su corazón, que se le reventó sin pedir permiso. Mayolo no era capaz de morirse, entonces se mató lentamente, jodiéndonos a todos y demostrándonos que no podíamos vivir sin él».