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Téllez, escritor de escritores
Por Guillermo Angulo
Sombra nocturna (fragmento). Acuarela. Andrew Wyeth, 1974
Hernando Téllez no es precisamente un escritor desconocido ni mucho menos olvidado, pero sí parece que su fama no está hoy a la altura que se merece. Podríamos decir que se le ha relegado a ser una especie de escritor para escritores (admirado por Gabo, citado por Roca, querido por Cobo), lo que desde luego no es derogatorio, al contrario; pero Téllez merece una mayor difusión, sobre todo entre los jóvenes.
Hernando Téllez nació en Bogotá hace cien años, precisamente en el mes de marzo de 1908, y murió en 1996. Fue ensayista agudo, sensible cuentista, oportuno columnista, colaborador de las publicaciones más importantes de su tiempo: la revista Universidad, de Germán Arciniegas; El Tiempo, donde publicaba la columna «Espejo de los días»; fue subdirector de El Liberal, director dela antigua revista Semana,y colaborador de Mito (la revista fundada por Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel, a la que Téllez llamó «el antimito nacional»). Llegó a ser senador y diplomático ocasional, pero sus pasiones eran la lectura y la literatura. También fue traductor y crítico literario. El escritor costeño Germán Vargas Cantillo lo calificó como «ser excepcional, pleno de irreverencia», y lo citaba cuando decía que la crítica literaria en Colombia debía ser «objetiva, veraz, impersonal y, en cierta manera, implacable».
En la edición de sus cuentos publicada por El Áncora Editores, Marta Traba, la gran crítica colombo-argentina, escribió lo siguiente:
Téllez describe sus personajes: Rulfo los sufre. Téllez cuenta la historia desaprensivamente, ano- tando su monstruosidad sin calor, sin tomar partido, como un hecho externo a él, que a lo más le inspira una piedad inteligente. Rulfo se consume junto con los hombres que caminan buscando la imaginaria tierra que les han dado. Por eso, porque padece en carne propia, acusa a la sociedad capaz de tal horror, mientras Téllez no se pronuncia al respecto. Se limita a registrar el hecho sin señalar los culpables, dejando al lector el trabajo de reaccionar. No hay desgarramiento en los cuentos de Téllez: su superficie, lograda tan laboriosamente por el equilibrio forma-contenido, es increíblemente tersa. Podría ser tomada por formalista, si no supiéramos del ataque que este formalismo sostiene contra las estructuras establecidas...
El mejor retrato de su personalidad —parcial pero no por eso menos diciente— lo hizo el mismo Téllez, cuando escribió:
[…] no tengo y, por consiguiente, no practico ningún hobby. No soy deportista, ni filatelista, ni coleccionista de nada. No pinto, como Alberto Lleras, ni dibujo como Enrique Caballero Escobar, no colecciono cuadros, ni folletos, como Juan Lozano, no juego bridge, ni tute, ni ajedrez. Ni siquiera practico el entretenido juego de la oca, no soy fanático del fútbol, detesto las corridas de toros, no soy pescador en río manso o revuelto, no soy cazador de palomas, tigres, elefantes o mariposas, no colecciono pipas, ni ceniceros, ni bastones, ni sombreros, ni retratos. Tampoco practico el hobby de guardar las copias de las cartas que escribo, ni los originales.
En 1950 publicó Cenizas para el viento y otras historias, un libro de cuentos que se abre con «Espuma y nada más» —obra maestra ya publicada por nosotros— y del que tomamos el cuento que hoy les ofrecemos a nuestros lectores, para que lo gocen. Tiene una característica muy bien manejada por el autor: está narrado en primera persona, y la persona que lo cuenta es una mujer.
Tiempo de verano
Por Hernando Téllez
En el vergel. Acuarela y lápiz. Andrew Wyeth, 1974.
Cuando llegamos a la orilla del río, Roberto me dijo:
—Quítese el vestido. Nadaremos en la parte más honda.
Recuerdo —de eso hace veinte años— que el calor era sofocante, y que el aire brillaba, estremecido, a través de los arbustos. Yo estaba empapada en sudor, pues habíamos corrido los últimos cien metros del camino. Roberto era un muchacho terco y dominante, de grandes ojos misteriosos, de fuertes manos, de cabellos oscuros que le caían, en mechones, sobre la frente. Volvió a decirme:
—Desvístase, si nos demoramos se hará tarde, y papá dijo esta mañana que regresaría temprano del pueblo.
Se miró la muñeca, donde faltaba el pequeño reloj de pulsera que había olvidado, dijo una grosería para lamentar ese olvido, y soltó con un gesto nervioso la hebilla del cinturón que le ceñía el cuerpo. Luego empezó a quitarse los pantalones que, poco a poco, cayeron, hechos un lío, sobre la hierba húmeda. El calor aumentaba. Yo quería refrescarme, miraba el agua con deseo de zambullirme, de sentir un poco de frescura en la piel que ardía y estaba como sedienta. Pero, a pesar del afán de Roberto, y de su voz imperiosa, no me atrevía a quitarme el vestido. Me daba un poco de miedo y de vergüenza.
—Marta ¿qué hubo? Volvió a decir, fastidiado.
Yo seguía sentada en el suelo, mirándolo desnudarse. Le faltaba tan sólo desanudar sus zapatos, que usaba, como yo, sin medias. Era hermoso, Roberto. Y desnudo, parecía más alto. Teníamos, sin embargo, la misma edad: doce años.
—Olvidamos los vestidos de baño, dije.
—No importa. Mamá no me habría dejado venir, si le hubiera dicho que llegaríamos hasta el río. Pero dese prisa, Marta.
No respondí. No sabía qué decirle. Pero una secreta angustia me invadía.
—Échese al agua, le dije.
Roberto obedeció. Lo vi avanzar unos pocos metros y luego detenerse un instante al borde de la corriente. Hizo una ágil flexión y oí, con incomparable sensación de frescura, que caía al agua. Seguí oyendo después el rítmico, el acompasado golpe de las manos y de los pies.
Empecé a desnudarme. Sentía el aire tibio más cerca de mí. Al quitarme el vestido, miré el sitio donde nadaba Roberto. Venía en dirección a la orilla.
—Ya voy, le grité, para que no saliera aún.
Y corrí hacia el agua. Recuerdo que un espino, al pasar, me hizo daño y que la sombra de mi cuerpo se proyectaba muy bien sobre la hierba. Caí cerca de Roberto, quien se había parado sobre el lecho de la corriente, para verme avanzar. El agua estaba tibia, pero a su delicioso contacto, el cuerpo probaba un exquisito placer.
Roberto empezó, de nuevo, a nadar cerca de mí.
—Está deliciosa, ¿no es cierto?, dijo.
Le respondí que sí, y seguimos braceando casi paralelamente. El sol, ya oblicuo en el horizonte, alcanzaba a tocarnos en la espalda y en la cabeza, al deslizarnos sobre el agua.
Diez minutos, un cuarto de hora pasaron así. No sentía ya temor ni vergüenza. Es cierto que en las pausas del ejercicio, Roberto se quedaba, por instantes, mirándome el pecho. Y a mí me parecía que de pronto iba a tocarme con las manos húmedas. Sin embargo, resistía a sus miradas y, ahora lo comprendo, deseaba que me tocara.
—Vamos a descansar un instante, dijo, y yo asentí. Salimos del agua.
—Aquí hay un buen sitio, Marta, dijo Roberto, señalando con la mano un lugar en la sombra. Fuimos allá. Roberto se extendió en el suelo. Había poca hierba, y el piso estaba ligeramente húmedo. Me tendí a su lado. El silencio era completo. No, no era completo. En su seno caliginoso resonaba la invisible orquesta de los insectos y se percibía el paso cauteloso de los lagartos por entre los rastrojos. Además, el río seguía descendiendo y descendiendo, sonoro, por entre las piedras.
—Papá dice que es peligroso por este lado porque hay culebras, dijo Roberto, sentándose.
—Entonces, vámonos ya, le respondí, sentándome también.
—¡Boberías!, dijo Roberto. Aquí no hay culebras. Y me puso la mano en la cara, para obligarme a que me extendiera de nuevo. Tenía ya seca y caliente la mano. Traté de resistir, pero, con más fuerza, insistió. Cedí al impulso y entonces vi sobre mi cara la cara de Roberto. Le caían los mechones, aún húmedos, sobre la frente y los ojos, sobre sus misteriosos ojos. La dura y caliente mano seguía oprimiéndome la cara.
—Suélteme, Roberto, que me hace daño.
La presión cesó por un instante. Pero la mano empezó a descender, sin prisa, suave, fina, deliciosamente, por el cuello, por el pecho, por el vientre. Sin ningún esfuerzo yo me había quedado inmóvil, quieta, muda; había cerrado los ojos. La mano seguía un viaje maravilloso por el continente de mi piel. Y Roberto no decía nada. Yo oía, con perfecta claridad, el cauteloso deslizarse de los lagartos entre los rastrojos y la orquesta invisible de los insectos. Oía pasar el viento, cálido, ardiente, por encima de mi cabeza...
***
Roberto me dijo cuando regresábamos:
—Marta, ¿venimos mañana otra vez?
No le respondí. Estaba confusa, avergonzada y satisfecha al mismo tiempo. Pero una vaga congoja me inquietaba. ¿Diría Roberto a alguien que su mano había pasado sobre mi cuerpo desnudo? ¿Y yo confesaría a alguien que el paso de esa mano había despertado en mí una extraña sensación de miedo y placer?
—Marta, dijo Roberto, cogiéndome del brazo, ¿podríamos venir todos los días? Papá sale temprano para el pueblo.
Seguí callando.
—¿Podríamos besarnos, Marta?
—Sí, tal vez.
—¿Ahora?
—Ahora no.
—¿Mañana?
—Sí. Mañana.
La ruta desembocaba por fin en la carretera. Roberto había arrancado una rama y con ella golpeaba las zarzas y las hierbas que crecían en los bordes. Se divisaba la casa entre los árboles. Debíamos separarnos. Se hacía tarde. El calor disminuía con las primeras sombras.
—Bueno, adiós, Marta.
—Adiós.
Echó a correr. Vi cómo saltaba por encima de la pequeña puerta pintada de verde, cómo atravesaba a saltos el gran prado gritando: ¡Mamá, Mamá!
Empecé a andar, camino de mi casa. Y súbitamente sentí deseos de llorar.
Este cuento se publica por cortesía de Editorial Norma, con autorización de Hernando Téllez hijo.