Hijo de educadores radicales dedicados a combatir los gobiernos de las hegemonías conservadoras a comienzos del siglo pasado, Luis Tejada (Barbosa, 1898) quiso hacerse maestro, pero, como era habitual en un país controlado por la iglesia católica más reaccionaria del mundo, fue expulsado y tuvo que dedicarse a la otra profesión familiar, el periodismo, en un diario de unos parientes donde se hizo el poeta de los prosistas colombianos.
Aun cuando sólo vivió 26 años, le tocó en suerte otro de los sangrientos episodios de nuestra historia. Entre el 18 de octubre de 1899 y el 21 de noviembre de 1902 los colombianos se enfrentaron por mil doscientos días en una guerra fratricida que dejó el país dividido, en ruinas, entre los cientos de millares de sus muertos, separado de una de sus más ricas provincias, con un largo período de oscurantismo por delante y a las puertas de la crisis económica mundial de los años treinta. Años que fueron, sin embargo, los del crecimiento de las ciudades, con la aparición de la vida urbana y proletaria.
Santa Fe se transformó en Bogotá, con sus nuevos edificios de acero y cemento diseñados por arquitectos norteamericanos, sus más de doscientos automóviles que exigían la pavimentación de las principales vías, y el desarrollo de la industria que para entonces ya producía el diez por ciento del producto interno bruto. Una ciudad que no volvería a tener sólo tres bancos, un café de verdad donde se servía el inevitable brandy Hennessy al terminar los negocios, y se oía apenas el grito apagado del postillón entre el ruido de cascos de las mulas del tranvía.
Unas veces por causa de las necesidades de sus padres y otras por las suyas propias, Tejada recorrió numerosos municipios antioqueños y luego las ciudades donde los movimientos obreros llamaron su atención o los servicios de su pluma. De Barbosa a Medellín, luego Yarumal, Pereira, Bogotá, Barranquilla, Circasia, de nuevo Bogotá y por último Girardot, la Colombia que crecía con los dineros de la indemnización norteamericana por el robo de Panamá, en la época conocida como la Danza de los Millones, inundando los bolsillos de los contratistas de obras públicas, generando flujos migratorios entre las capitales de los departamentos, dando auge a las nuevas distracciones obreras y de la clase media como el cinematógrafo, los viajes en avión, los teatros de variedades, la aparición de los nuevos ritos sociales, las vanidades públicas y las vidas privadas de la gente de bien y sus frivolidades.
Pero fue en los cafés, a imitación de París o Madrid, donde los propietarios de los medios de producción ideológicos, de alguna manera marginados de los poderes de entonces, de derechas e izquierdas, ya fueran periódicos, revistas, colegios o librerías, llevaron a puerto sus proyectos cosmopolitas, seculares y de independencia del catolicismo repugnante de la república conservadora de Caro y Núñez; la pluma de una generación de librepensadores, artistas y bohemios locuaces y melancólicos de sombrero de ala ancha, barbas, melenas y pipas conocida como Los Nuevos y de la que Tejada es figura señera.
El Windsor y el Rivière, donde se comía y bebía en abundancia al ritmo de pequeñas orquestas de jazz, situados a una cuadra el uno del otro sobre la Avenida Real del Comercio (carrera séptima), fueron los más frecuentados por ese grupo del que hicieron parte Alberto y Felipe Lleras Camargo, Germán Arciniegas, Germán Pardo García, Hernando de la Calle, Hernando Téllez, Jorge Eliécer Gaitán, Jorge Zalamea, José Mar, José Umaña Bernal, José Camacho Carreño, Juan Lozano y Lozano, León de Greiff, Luis Vidales, Rafael Maya, Ricardo Rendón y Silvio Villegas.
Portada del primer libro de Luis Tejada (1924). Dibujo y diseño de Ricardo Rendón
En marzo de 1924, seis meses antes de morir, fueron reunidas en Libro de crónicas, en una edición pagada por el autor, 47 de las cientos de crónicas que había escrito Luis Tejada. Se llamaba crónica a un comentario periodístico derivado del modelo de Les essais que Michel de Montaigne publicó a finales del siglo XVI, donde con una implacable erudición y sabiduría se ocupó de sí mismo, dejando el más descarnado retrato de lo que sería el hombre moderno. Tejada, que había leído en Baudelaire y Chesterton y estaba hecho de la madera de la poesía, hizo de sus textos vespertinos una suerte de bálsamo para el alma de los numerosos lectores que tuvo en una ciudad donde más del setenta por ciento de sus habitantes no sabía ni leer ni escribir.
Canto, cuento e ironía, sus crónicas celebraron los signos modernos de la vida citadina: el ruido, la belleza de las mujeres de entreguerras enfundadas en medias de seda, de cuellos rubios y morenos; la música de los barrios marginados de las capitales del mundo y la ausencia de esa vida en la capital de Colombia, donde no había vitrinas ni maniquíes como en los Campos Elíseos o la Quinta Avenida, ni se oían la música y las canciones de la Dixieland Jazz Band o de Maurice Chevalier a pesar de las miles de pianolas, ortofónicas y chucherías que comenzaban a llegar con los veinticinco millones de dólares de la indemnización por la pérdida de Panamá.
Tejada fue absolutamente moderno en el centro de la edad media colombiana. De allí su lirismo y eternidad, pues con una intuición tercermundista sintió la soledad y la angustia del hombre y las mujeres «acorraladas, emparedadas, momificadas» del capitalismo salvaje que retratarían Camus y Sartre. Y sus reproches a la literatura colombiana, apegada a un falso clasicismo («lo verdaderamente clásico es lo más opuesto a toda imitación servil; el clásico es más bien el creador»), sucedánea de meros efectismos de los imitadores de Rubén Darío, como sucedía con el peor Valencia y el mejor Barba, celebrando entonces a Vidales, Zalamea y De Greiff porque en «las épocas de intensa agitación espiritual, en los momentos de revolución, cuando todo se subvierte o se destruye, la gramática salta hecha pedazos, junto con las instituciones milenarias». Luis Vidales escribió en 1945: «Tejada tenía un poder magnético enorme. De su ser emanaba un fluido atrayente, verdaderamente maravilloso. [...] Él fue el centro de nuestra generación, el jefe nato, nuestro núcleo rumoreante e inquieto».
Murió en Girardot, tuberculoso y sifilítico, el 17 de septiembre de 1924. Dos años antes los intelectuales progresistas, de esa Colombia que se hundía en la debacle del imperio del capitalismo que produjo la más atroz de las guerras de la historia del hombre, le habían proclamado, malgré lui, «príncipe de los cronistas colombianos». Su obra completa, recogida en su totalidad por María Cristina Orozco y Gilberto Loaiza, permanece inédita entre los anaqueles de la biblioteca de la Universidad Nacional de Colombia.