(A propósito de Los laberintos insolados) Marta Traba, la argentina que se volvió colombiana con una novela
Por Juan Gustavo Cobo Borda
Grabados de Gustavo Zalamea
Estamos en Cartagena de Indias, en el tradicional barrio de Manga. En una de esas casas con columnas griegas y un jardín que semeja una selva llena de misterios. Allí un hombre resignado, quien se ha limitado a vivir la vida dispuesta por los demás, aguarda la llegada de un taxi que lo llevará al aeropuerto. En esos momentos en el pórtico repasa su existencia. Su madre, llamada Laura; su mujer, también llamada Laura; su hijo parece repetir sus gestos y sus viejos terrores infantiles ante esas buganvilias que ocultaban arañas.
Esta deserción le recuerda su perpetua molicie, su vida transcurrida entre siestas interminables, el ocio abrumado por el calor, la somnolencia aterciopelada de los cuartos penumbrosos, las huidas irregulares hasta la playa, a recordar el mar que no se ve nunca desde Manga.
Marta Traba estudiante en París
El plato en donde comió el presidente Rafael Núñez, en la vitrina; y una sensación de ruinas y decrepitud, impregnándolo todo, en esos personajes que huyen del sol para preservar la blancura clasista de su piel. En todo caso, el viaje que emprenderá hacia los Estados Unidos, sin finalidad aparente, sólo porque todos lo hacen y tiene dinero para hacerlo, lo alejará por un tiempo de esas férreas y determinantes raíces. «Se siente acometido de un súbito espanto por la obsesiva repetición de las cosas», dice en algún momento; y esos ritos invariables, ese sacudir el polvo a los mismos objetos sagrados de la rutina —un baldaquino, un espejo— sólo parecen haber tenido un momento de ruptura.
Cuando Laura, su mujer, ocupó la cama de Laura, su madre, convirtiéndose en «un misterio abierto ante sí explorable y terrible». «Laura derramada en los espejos, abierta, multiplicada, ocupando la totalidad del espejo». Con la aquiescencia de la madre, esta nueva Laura reanudará la estirpe, prolongará la ya dilatada caída: reuniones con las amigas, entre semana; almuerzo con los padres, el domingo; y el recurrente ir y venir entre Manga y el centro, el centro y Bocagrande, que esclarece el título de esta segunda novela de Marta Traba, Los laberintos insolados, que, publicada en septiembre de 1967, mostraba un cambio decisivo en sus intereses. Nacida en 1923, sólo en 1966, al ganar el premio de novela Casa de las Américas, en La Habana, con Las ceremonias del verano, había hecho pública la otra faz de su tarea expresiva: ya no la crítica de arte, atenta a un objeto exterior, óleo, grabado, escultura, sino atenta a ella misma, al ritmo de su respiración como escritora que, no lo olvidemos, se inició en 1951 con un libro de poemas: Historia natural de la alegría.
Ese contrapunto, siempre presente en ella, entre creación y reflexión, se materializaría muy pronto en sus planteamientos sobre la escritura, a nivel teórico. En su entrevista con Magdalena García Pinto, en 1983, dirá:
Yo no veo esa distancia ni ese enfriamiento en la escritura femenina tipo; por el contrario, es una narración directa, reiterativa, emotiva, más semejante a la tradición oral que el texto masculino. La escritura masculina es más especulativa, más capaz de armar un panorama general que englobe los detalles, más impúdica en la confesión de realidades humanas, más sexual (en la actualidad, claro). La femenina, paralelamente, resulta más emocional, mejor dotada para ver los detalles que la totalidad, más púdica (o romántica) para contar la relación amorosa; prefiere, sin duda, el erotismo a la pornografía.
Tal el clima que busca recrear en Los laberintos insolados, cuando ya en Nueva York el protagonista, llamado Ulises Blanco, conoce en el bar del hotel a Trizzie Baldwin, «treinta años, uno setenta de estatura », quien decide llamarlo Henry, «precisamenmarzo te porque es trivial», y hacerlo parte de su vida, en una peripecia un tanto inconvincente. Ella, culta, liberada, conduciendo un Jaguar y casada con un hombre que le dobla la edad, pasa sus vacaciones en la propia Nueva York, alojada en un hotel y redescubriendo la ciudad que transita todos los días. En ese esquema, Ulises-Henry será la figura exótica, de Colombia, África; el niño, un tanto perplejo, que descubre el Central Park y la ansiedad irreprimible de esta nueva relación. «Desearla, perseguirla, necesitarla, maltratarla hasta liberarse de su dominio o ceder a él por entero, incondicionalmente rendido, claudicante».
Este descubrimiento, entre las cuatro paredes de un cuarto de hotel en Nueva York, lo que hará en definitiva es revelar a los protagonistas. Ulises reconocerá su fidelidad a esos muebles de su casa, al nunca haber podido «abandonar completamente algo que ha sido mío. Cargo con todo y voy agregando piel sobre piel, hasta que el peso de tantas cosas me fatiga y me lleva a la inercia, al recuerdo».
Ahí es cuando Trizzie comprende que su amante sigue atrapado por su infancia, por el recuerdo de su madre, por la casa en sombras, y que ese eclipse que es el amor, «alucinante y mágico vacío donde el cuerpo levita y no sólo pierde al fin el acoso de ser él mismo y también los demás, sino que pierde su propio peso, se vuelve errático y deja de supeditarse, de ser doblegado y violentado por las cosas», le permite también a ella mirar de frente esa futura pérdida y enfrentar su propio vacío. Ella es Circe, la hechicera que reduce a cerdos a los caídos en sus redes, pero que también llora por ser como es. A partir de esa mutua indefensión se encuentran por fin unidos:
[...] entonces con un amor furioso trató de borrar en ella ese error de náufrago que también se apoderaba de él ante sus lágrimas y se amaron con igual ferocidad por abatir el indefinido, pavoroso oleaje, que los sacara de ese fondo sin vida al que habían llegado, que los eximiera de ese entrevisto exterminio de sí mismos.
El amor como destrucción. Como renacida ave fénix de las cenizas de nuestras incompetencias, cobardías y fracasos. Ruinas e indolencias. El amor, que en el éxtasis mayor, prevé su inexorable hundimiento. De ahí que los veinticuatro días que ha vivido con Trizzie, en su periplo de Ulises tropical descubriéndose a sí mismo, concluyan de golpe, abandonado en Nueva York y descendiendo a los infiernos «hasta que la posesión volvió a retomar su aspecto secular de carnicería sublime, de total autodestrucción». El bar L., el saxofonista negro, la sordidez de la covacha donde este malvive, y la intuición de la relación perversa de esa blanca con aquel negro.
Todas las relaciones resultaban trágicas, como lo señaló María Zambrano, citada por Marta Traba en la novela:
“Nadie entra en la nueva vida sin pasar por una noche oscura, sin descender a los infiernos, según reza el viejo mito, sin haber habitado alguna sepultura” y a él sólo le quedaba la fuga perenne. El huir a Francia dejando atrás esa Circe en pos de una paciente Penélope, con todo el peso a las espaldas de las cartas anodinas con que su mujer no le deja olvidar asuntos terrestres de restauración, decoración y cambios de mobiliaria. Como le había preguntado Trizzie una vez escuchó tales banalidades: “—¿Tú amas esos muebles?”.
La estadía en Francia, su encuentro con una joven colombiana que reside allí, Elena, y los paseos turísticos que emprenden juntos, a Versalles o Chartres, acentúan aún más lo irreal de este viaje, de esta odisea de bolsillo. El encuentro no se da; ella continuará tejiendo escarpines para el hijo de su matrimonio con un francés (ya lleva mil trescientos pares), y Ulises parece convertirse en un intelectual, leyendo el Retrato del artista adolescente de James Joyce, además de mostrar su conocimiento de la historia del arte, que atribuye a mirar álbumes de reproducciones, en su soledad de niño único en casa grande, pero que en realidad corresponde a la autora misma, debatiéndose con una materia narrativa cada vez más exigua. Este pasivo antihéroe no tiene el peso de los marginados personajes de Samuel Beckett. Pero esta fuga, este viaje a una Ítaca imprecisa, da nulos resultados.
Había algo de irremediablemente mezquino en ese recorte de la vida, recorte voluntario aspirando a una tranquilidad ficticia, hecha de ínfimas traiciones, de infracciones sin importancia.
Se comprende entonces como alguien fragmentado, parcial, incapaz de asumirse como totalidad; y en cierto modo excluido de todo contacto real, como se comprueba luego, en el crucero por el Mediterráneo de cuarenta y dos personas rumbo a Grecia, donde sólo el diálogo de un niño, que se siente capitán de barco y dirige las imaginarias maniobras, le restituyen su fascinación por el océano y sus sueños de infancia. «Entiende que el misterio reside en que todo lo que le rodea excede siempre su posibilidad de comprensión».
La casa y el viaje, el arraigo y la fuga; entre esas polaridades fluye la novela y se trasluce el carácter del personaje, Ulises Blanco, de 34 años, nativo de Cartagena y de profesión rentista. Como dijo Victoria Verlichak en su biografía: Marta Traba,una terquedad furibunda (Buenos Aires, 2001):
Los desplazamientos geográficos acompañan el más importante itinerario interior del personaje, que transita una asfixiante realidad y ansía huir de ella. El pesado recuerdo de su infancia, un presente incierto, pero deseoso de liberación, y un regreso sin gloria dan cuenta de este viaje de introspección psicológica.
Esta «fuga anhelante de sí mismo» hace que Ulises vuelva a Ítaca, despierte a su hijo Telémaco y recobre a su mujer, después de «haber recorrido el dolor lacerante de ser libre». Allí está la sólida mole de piedra y sombra del castillo de San Felipe, la modernización, en plástico y metal, de la vieja mansión; las sirvientas negras, y ese personaje disuelto, «al cual ha desarmado pieza a pieza». El final es igual al comienzo, en un círculo que se cierra. Sólo que al pensar en el pórtico donde empezó todo, sabe que este escenario antiguo había sido apenas el marco «para alguna tragedia que no había encontrado un héroe capaz de representarla».
Dedicada a Juan Rulfo y Alejo Carpentier, la novela había buscado armar una estructura de sentido que, con los referentes clásicos de la Odisea de Homero y el Ulises de Joyce, diera sentido a esas existencias crepusculares, presas de una borrosa tradición, ya desfalleciente. Por ello la renovada luz pondrá cada cosa en su sitio, aclarando función, nombre y destino. Mostrando las tensiones de clase y raza con los negros que habitan la casa del fondo y cumplen tareas domésticas en esta mansión resquebrajada.
Con su bella capacidad descriptiva, en tonos y atmósferas, en cambios de ánimo, en punzante agudeza poética, superaba lo esquemático de algunos planteamientos de índole existencial: «él había traicionado la penumbra y la quietud, había traspuesto los límites de la vida y detrás había hallado cosas espléndidas y terribles, de las que ya nunca podría deshacerse».